Domingo, 6 de Julio de 2008

En estos tiempos de buenrollismo galopante, paridad genérica, ministras por el coñ la cuot sus evidentes méritos, simplificación del vestuario con ahorros enternecedores de energía y presidentes del Gobierno intentando batir el record de los eufemismos, a mí me haría falta ayuda química para entrar en el estado de éxtasis general, sigo aborreciendo las arrobas (y los asteriscos) en las palabras para evitar el sexismo, me parecen analfabetos funcionales y/o vocacionales (incluyendo en este caso a los analfabetos de sexo femenino, o sea, a las analfabetas) quienes se han enzarzado en la búsqueda de la palabra y el palabro estúpidamente correcto, espero con terror el día en que los ministros y altos cargos decidan vestirse como un guiri de vacaciones por aquello del calor y la falta de aire acondicionado, con sus bermudas, sus camisas floreadas desabrochadas enseñando pechos flácidos, peludos y blancuzcos y las sandalias luciendo calcetines o, aún peor, dedos como percebes y, cada vez que escucho al tonto de nación presidente del gobierno articular trabajosamente discursos evitando pronunciar la palabra crisis, me acuerdo de lo del nombre de la rosa (del diálogo de Julieta, no de la novela de Eco, claro). Pero, con todo, lo que más me molesta (aparte de que mi vecino debe de haber suspendido flauta, porque estamos a seis de julio y sigue martirizando(me)) es haberme pasado la campaña de la renta explicando que lo de los cuatrocientos euros todavía no tocaba, como extra, con lo difícil que es explicar muchas de las cosas del irpf que disfrutamos, y ahora, día sí, día también, tener que explicar a los unos que si te retienen cero euros te devuelven cero euros, no doscientos, y a los otros que el trabajador no les está costando más, aunque en la nómina vean otros números. Espero que la próxima vez, puestos a comprar votos, lo hagan decentemente y a la antigua usanza, sacando de una bolsita de judas las monedas prometidas cuando el vasallo presente la papeleta correcta. O que sea Solbes el que lo explique, que igual eso sí sabe hacerlo, y de paso le relevamos de cuidar del dinero de las pensiones (aunque para eso tal vez ya sea tarde).
Claro que igual lo de mi misantropía en aumento es porque no me gusta el fútbol, que si me gustase, además de haberme alegrado que la selección española (lo único español que queda, y el único sitio donde los que no son fachas pueden sacar banderas) ganase, ahora sería una ciudadana absolutamente feliz y sin preocupaciones.
Y si fuese votante socialista, sabría que, de haber algo que me preocupase, la culpa sería de Bush, que ha diseñado la crisis, aunque la crisis no existe. De esta última revelación tiene la culpa una cena-encerrona de anoche que me encontró desprevenida y con las orejas puestas. Y la aparente contradicción entre que algo no exista pero que de su existencia sea responsable el demonio supongo que será salvada estudiando con detenimiento el pensamiento político de algún insigne intelectual, tipo Pepiño, pero aún no me he puesto a ello; en cualquier caso, siempre se puede creer haciendo un acto de fe. Laica, por supuesto.
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Domingo, 1 de Junio de 2008

No tengo niños ni relación con la enseñanza, así que en general sólo tengo la impresión de que ésta es peor que cuando yo estudiaba por el número de faltas de ortografía que veo cuando la gente escribe (de hecho, he quitado del navegador lo de veinteminutos porque me dolían los ojos de ver las noticias y los comentarios de ágrafos sin fronteras), o por las dificultades de comprensión lectora que observo a diario, en gente que se supone que sabe leer pero es incapaz de descifrar un párrafo con instrucciones sencillas.
ninoflautista.JPGPero, en este último trimestre, y gracias a mi vecino de abajo, sé que hay cosas que no han cambiado: en los colegios se sigue obligando a los niños a tocar la flauta. De las cosas que yo estudié en su momento hay varias que jamás he logrado saber para qué servían: las derivadas, las integrales, los límites, y tocar la flauta. Habrá más, pero en este momento no las recuerdo. Supongo que lo del instrumento será por hacernos sensibles a la música y tal, y que una flauta es más manejable y barata que un piano o un violín, y espero sinceramente que con mi vecinito logren rápidamente el objetivo que persiguen, sea cual sea, ya que llevo un trimestre escuchándole ejecutar (stricto sensu) algo que con imaginación puede ser el himno de la alegría. No entero, claro, sino un breve, brevísimo, fragmento repetido sin desmayo. Sin desmayo del niño, quiero decir, el cual no tendrá unos dedos ágiles ni medida con los soplidos, pero desde luego es tenaz (o tiene unos padres preocupados), aunque de mí no puedo decir otro tanto: mis dedos son más ágiles aunque sólo sea porque entrenan desde hace más tiempo (no con la flauta, eso es cierto) y aún no no tienen artritis ni artrosis ni cosas de esas, soplo con habilidad aceptable y con mesura, y, aunque no soy propensa a desmayos, pienso en lo oportuno que sería sufrir uno cada vez que, durante mis plácidas y nunca suficientes siestas diarias, escucho el incansable y arrítmico fu, fuu, fufufu, fufufufu, fufufuufuuu lejano, separado de mis orejas por mi suelo y su techo. Sólo espero que apruebe la asignatura, porque no quiero ni pensar en esas noches de agosto que obligan a abrir las ventanas, para ver si en algún momento una corriente despistada refresca el horno en el que se ha convertido la casa durante el día, con el niño preparando su examen de septiembre de flauta. Ahí sí que no podré responder de mí, me enteraré de quién ha sido su profesor o profesora durante el curso y me transformaré en Apolo. Y si no, que no le hubieran mandado deberes para casa.

Sábado, 24 de Mayo de 2008

Creo que el mundo y yo estamos peleados. Como atenuante sólo puedo decir que no he empezado yo, en mi descargo que soy pendenciera combativa por naturaleza y en mi favor que estoy intentando cambiarlo, pero mientras llega el momento de la metamorfosis (qué bonita es la metáfora si no se piensa que mientras no ocurre una, o sea yo, es un capullo…) sigue habiendo muchas cosas que me molestan, casi diré que demasiadas, y hoy, entre todas, sube a los primeros puestos la incapacidad de los peluqueros para medir el tiempo y planificarlo. No sé si será predisposición genética, o algo que les ocurre mientras piensan en los colores de pelo que aún no han probado sobre sus cabezas, o un efecto secundario de la inhalación de amoniacos y aguas oxigenadas, pero llevo meses buscando una peluquería en la que cuando te den hora a las doce y media del sábado, signifique que a las doce y media del sábado (o, como mucho, a la una menos veinte, como concesión a la impuntualidad que es la única característica nacional que parece sobrevivir en esta unión de autonomías de primera y segunda integrada en la alianza de las civilizaciones que somos) vas a sentarte en uno de esos sillones de sube y baja y que van a empezar a tocarte la cabeza mientras evitas mirarte en el espejo, porque para ver los cambios de estilo de la menguante princesa Letizia durante estos cuatro años o el bautizo de unas mellizas demasiado grandes para un traje de cristianar no necesito que me dé cita nadie. Es más, si dedicasen un poco de su cerebro a pensar en otra cosa que no fuese rebautizar el tinte con el pomposo nombre de baño de color, podrían llegar a la conclusión de que si me gasto entre 30 y 60 euros en que me arreglen el pelo, bien podría acercarme al quiosco y comprar el Hola, en el caso de que me interesase, y que ni yo ni nadie que sepa leer sin necesidad de ir guiándose con el índice por las líneas de los textos, necesita una hora (¡una hora!) para repasar toda la prensa que hay en una peluquería.
Pero ya he dicho que estoy intentando cambiar, así que pensaré que su falta de consideración con el tiempo ajeno es porque se concentran mucho para evitar que un exceso de exposición al tinte baño de color nos deje calvas, y sólo pueden planificar periodos de media hora.
Sólo espero que este camino que he emprendido para corregirme no me lleve a ser, en lugar de una, mil mariposas…

Domingo, 11 de Mayo de 2008

o «Et tu, Brute», dicen que fueron las últimas palabras pronunciadas por César antes de expirar, asesinado. Si hubiera sido un español de hoy, de los que ven series como «Aída», «los hombres de paco», «el síndrome de ulises» y demás ordinarieces, creo yo que le hubiese salido un sentido, rotundo y entonado «cabrón», pero seguramente los que no estuviésemos presentes escucharíamos una versión más refinada elaborada por sus deudos, aunque resultase increíble, igual que nos contaron después de morir Cela que sus últimas palabras fueron «viva Iria Flavia». Pero las elaboraciones post mortem de los dolientes sirven luego para bonitos libros recopilatorios de frases dichas en los últimos momentos por gente célebre sin necesidad de achacárselas todas a Oscar Wilde, y no me consta, pero supongo que este tipo de libros tendrá bastante éxito en España, con lo que nos gusta un muerto presentable que nos dé ocasión de ir al velatorio multitudinario, entonar elegías y contar ante una cámara de televisión anécdotas idiotas sobre si tenía buen apetito o fina retranca, y aunque en vida le hayamos hecho pasar las de Caín.
Yo, que soy una burguesa sentimental, si alguna vez he pensado en la muerte, mía o de alguien querido, y suponiendo que el nudo de la garganta me dejase hablar, siempre he creído que emplearía los últimos instantes en hacerle saber cuánto le quiero, o sea, una cosa lacrimógena en la que, mientras no se dé el caso, prefiero no detenerme. Soy consciente de que nadie puede saber cómo va a reaccionar en esos momentos, ya sea el que se muere o uno de sus deudos, pero creo poder afirmar, sin género de dudas y poniendo la mano en el fuego sin quemarme, que si estuviese viendo morir a mi madre lo último que se me ocurriría sería pedirle que hiciese de Casandra, y de este modo, egoísta de mí, impediría su lucimiento póstumo. Decididamente Rodríguez y yo tenemos distintas «sensibilidades».

Sábado, 5 de Abril de 2008

Recuerdo que hace ya mucho tiempo, porque veinte años son algo, ya lo creo que son algo, en un suplemento dominical, tal vez el Blanco y Negro aunque no estoy en absoluto segura, dedicaron la portada y un extenso reportaje a Rossy de Palma. Supongo que sería más o menos en la época de «Mujeres al borde de un ataque de nervios» y por aquel entonces supe que había formado parte de «Peor impossible», grupo del que no recuerdo más que lo de «su-su-su-su-su-surraaaaando», aunque lo recuerdo tan bien como para ir a «al pie de la letra» y si algo me detiene es que no peso lo suficiente como para que me suban al escenario. El caso es que vi y leí el reportaje y todavía sigo preguntándome si todo aquel rollo de la belleza picassiana o cubista, algún adjetivo llevaba, no sería una ironía de cuatro graciosos que el resto de la población se tomó en serio. Igual me ha pasado recientemente cuando he visto figurar en las listas de sexys a Sarah Jessica Parker, Adrian Brody o Javier Bardem. Sigo dudando si ese tipo de relaciones se hacen por encargo y previo pago de su importe o son bromas de cuatro gurús con litros de mala leche. Pero lo que me tiene al borde del desquiciamiento, casi tanto como haber conocido a una «Anyélica con y griega» esta semana, casi tanto como los por el momento infructuosos esfuerzos de mi compañera por preñarse que la mantienen de baja médica, es oír hablar del estilismo de Amy Winehouse ensalzándolo. Me da igual que sea el maquillaje, la peluquería, el vestuario o el conjunto, cualquier cosa que no sea su voz, que para mí es lo único destacable y ya es suficiente. Porque cada vez que la miro veo en ella una versión insana (por difícil que parezca) de la madre de matrimonio con hijos. Y ni siquiera encuentro el aspecto original, porque me parece que basta con asomarse un poco a cualquier mercadillo para ver ese derroche de eye liner y esos cardados imposibles, centímetro arriba o centímetro abajo. Creo que para integrarme voy a tener que cambiar el color del cristal.
bellezas

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