à la recherche
Llevaba unos días (meses) conteniéndome, intentando olvidar a un par de clientes ocasionales que han pasado por la oficina, porque me había propuesto ser menos tiquismiquis. Así que he pasado por alto a la madre-loba que vino acompañando a su hijo de treinta años, el cual, tras media hora de apostillas maternas decidió echarse hacia atrás en la silla, enfurruñarse visiblemente y no volver a abrir la boca hasta el día siguiente, cuando volvió solo a verme para concretar las soluciones posibles a su problema. No puedo ser cruel con la madre loba porque aunque se había bañado en perfume, al menos era uno que me gusta, Eau de Rochas, y eso, junto a no tener raíces negras en las mechas, que lo de los malos pelos me distrae mucho en el peor sentido (claro que los malos no tanto como los postizos), la hacía más llevadera. Para mí, no para su hijo, claro. A su marido se le hará llevadera por otras cosas, supongo, pero no por lo que le deje hablar, porque con él volvió un par de días después y tampoco pudo expresarse el hombre. La señora no dejaba huecos en la conversación, aunque el señor lo asumía con más donaire que el hijo. Espolones, creo.
Había pasado por alto también a la recién parida que vino un día a visitar a mi compañera ausente y que, según entró, decidió darle la teta al bebé que maullaba en el cochecito, porque al menos pude hacer que se metiese en otro despacho, y que el mío no oliese a yogur todo el día además de evitarme el espectáculo del seno reventón y los suicks suicks, que los bebés todavía no saben comer sin hacer ruiditos, y porque sé que está muy mal visto no encontrar tierno, bonito (incluso bello, que suena más cursi), y emocionante que una humana civilizada enseñe su sujetador color carne con aperturas antieróticas para alimentar a su cría. Y yo además de progre querría ser sensible. Bueno, parecerlo, que en ambas cosas es mucho más que serlo.
En el fondo, pensaba, siempre hay una gota que colma el vaso, yo olvido mis buenos propósitos con rapidez si me causan incomodidad (mira por donde voy a tener una asignatura aprobada, de progre digo) y en realidad, sin ser indulgente conmigo, creo que hay cosas que justifican que una (yo) se queje amargamente incluso por escrito (si tiene tiempo) y merezca torrentes de compasión. Bueno, torrentes no, qué asco, mejor riadas o toneladas. Pero he perdido mi oportunidad y ahora sólo mereceré las toneladas de cariño y comprensión si me ocurren cosas como ésta o ésta, que me ocurrirán. Así que a mediados de agosto volveré para recolectar y recuperar el tiempo perdido.
Apatía
Andaba yo buscándome atenuantes, que no se me da mal habitualmente, para la vaguería que me noto últimamente ante cualquier discusión, pero mucho más si es de política, y más todavía si es de política entremezclada con asuntos jurídicos. No sé si es contagio de la penosa clase política, llena de Leires, Pepiños, Bibianas y jóvenes de más de treinta presidiendo nuevas (que a esa edad de seminuevas no pasan, seguro) generaciones y conduciendo con copas de más, con un curriculum que se suele resumir en “no he salido de la sede más que para hacer lo que el partido exige”, que difícilmente coordinan dos frases (ni hablar de subjuntivas, que son difíciles de leer y más todavía de escuchar, a ver si el rebaño se va a perder el mensaje), y aún así parecen incapaces de pronunciar unas palabras sin que algún asesor (o varios, que para eso sí hay dinero) se las susurre previamente, pero a mí me aburre soberanamente que cualquier afirmación del tipo “A es tal” sea inmediatamente contestada con un “claro, tú eres de B”, o “pues B mucho más”, o al revés.
Ya ni siquiera me divierte un juego que hacíamos antes con los progres de salón y que consistía en descolocarlos a base de afirmaciones como “en España jamás se votó para cambiar el régimen de la monarquía a la II República”, o “una gran parte de la izquierda en el 31 se oponía al voto femenino”, porque la ignorancia ahora (no sé si siempre) además es empecinada, cerril, orgullosa y exhibicionista.
Pero no siempre es así, a veces la política es como un programa de Martes y Trece, y se puede ver al asombro de Benidorm aportando su granito de arena para la transformación de Expaña en un estado laico, celebrando el pentecostés que sustituirá al religioso (vade retro), aunque para mi gusto faltó el silbo canario, y tal vez el bable, y mi oído me dice que el andaluz profundo también tendría que ser otro idioma, aunque ya me descubrió Nicolás hace tiempo que no sólo el profundo… Bueno, y si quisiera ponerme exquisita y tuviese papel de fumar y alguna cosilla más, no podría parar aquí la enumeración, seguro, pero me falta no sólo la exhaustividad necesaria sino también la sensibilidad de nazionanista cateto y llorica tan abundante en la unión asimétrica de autonomías. O admirar al pasm(ad)o de Europa empezando una intervención sobre la solvencia de Expaña con la mejor frase que se le ha ocurrido, no sé si a él, a su inmenso equipo de asesores, o a Faemino y Cansado, pronunciada con esa energía contenida que tanto encandila a los lectores del exquisito Público y a los oyentes del moderado Iñaki: “no doy crédito”. Seguramente es verdad, ni da crédito ni se lo dan a él, y lo pagamos entre todos.
Eso sí, me he descubierto una (tal vez otra) patía, así que voy a empezar una lista.
Las mujeres de
Desde que aprendí lo que significa empatía sé que tengo muy poca. También del resto de patías en las que puedo pensar, incluida la sim (lo diré yo antes de que lo digan quienes no me quieren). Esta mañana, viendo las noticias mientras intentaba despertarme, que en mí siempre es un trance amargo, lo he vuelto a notar, porque por más que cíclicamente repetían el “calvario” de los jugadores del barsa no he conseguido apiadarme de ellos ni un poquito, ni pensar siquiera que el viaje para esos mártires a donde quiera que esta vez vaya Guardiola a mear colonia sea malo, como mucho algo peor de lo que acostumbran. Tampoco sé, en realidad, si alguno se ha quejado o es que hay que rellenar como sea entre partidos y se les ha estropeado por fin el vídeo de Messi cuando era pequ joven, porque que les dé vergüenza repetirlo tanto lo descarto.
Pero cuando he empeorado ha sido cuando, ya fuera de casa y despierta del todo (al menos en lo que cabe) he empezado a ver extractos de la entrevista en Vanity Fair realizada por bocas interpuestas a la elegante, bella y estilosa Sonsoles, que se siente en Madrid como en una sartén hirviendo. No logro yo apenarme por su vida, la verdad, ni creo que lo haga mientras viaje de compras a Londres con una comodidad que difícilmente voy a conocer, salga a pasear por “los bulevares de París”, lleve a sus conocidos de concierto y embajada, se vaya a “tomar un café a León” (¿ella sola, en cualquier tren o autobús o conduciendo su coche?), cierre piscinas para nadar o bucear a gusto o para que sus niñas hagan ejercicio, o elija los actos a los que acude a su conveniencia.
El problema, supongo, es qué hacer con los “maridos y mujeres de”, pero siempre he pensado que ni tendrían que figurar en ningún lado de la vida profesional del otro, ni ser conocidos en esos términos. De hecho, tengo que confesar que he cogido manía a un cliente porque siempre que llama se presenta como el doctor fulanito (o sea, que es médico, no quiere decir que sea doctor) y no ha sido capaz de aprenderse el nombre de mi compañera, a quien siempre se refiere como “la mujer de”. Y a mí me molesta mucho la gente que es idiota y se empeña en demostrarlo. Tanto como las quejas de la sencilla Sonsoles, a quien supongo que llevaron drogada o engañada a la recepción con Obama. O tal vez la oportunidad de conocer al doble cósmico de su marido merecía sacrificar la quietud que tanto busca para ella, para sus niñas y para el pasm(ad)o de Europa.
Ya he dicho que tengo poca empatía, así que procuro no malgastarla en rabietas de malcriada si no son las mías.
Tiempo de silencio
No sé si es porque tengo mala memoria en general, pero me parece que cuando yo estudiaba (para examinarme, quiero decir) no había tantas vacaciones de Semana Santa. O tal vez es que la sensación que prevalece es la más reciente, y cuatro días me saben a poco. En realidad no son ni han sido nunca en mi caso vacaciones de juerga (que también, en ocasiones, pero no sólo), sino de procesiones y de actos religiosos, aquí o en otros sitios. En mi ciudad, que es donde a mí me gusta estar en esta época, es un tiempo de silencio. Este año, para nosotros, tal vez un poco más. Y aunque el cartel que anunciaba la Semana Santa era éste, para mis hermanos y para mí la imagen de este año es ésta:
Supongo que por devoción o por tradición a cada uno le conmueven las imágenes que ha visto desde siempre u otras del estilo, o tal vez yo soy muy frívola, porque viendo el otro día extractos de celebraciones de Semana Santa de distintos lugares no he podido evitar pensar, como cada año por estas fechas, que a mí me dejan fría las tallas de vestir, y me quita todo el recogimiento que soy capaz de conseguir ver los Cristos articulados, con sus brazos desmadejados cuando los mueven. Pero lo peor para mí, con lo que sufro realmente, es con los que tienen pelo, de ese que ondula con el viento. No sé si será natural o artificial, me espanta tanto pararme a pensarlo como acordarme de los exvotos que he visto de refilón en algunos lugares, pero es ver las pelucas y acordarme de Sara Montiel. Con lo cual, además de perder toda la concentración, me pongo irreverente.
Y sin embargo, algo más habrá, porque todas esas imágenes consiguen en otras gentes la misma impresión que tengo yo cuando veo “las nuestras”.

Sin arrugas en la frente
Hace poco tiempo, en lugar de escuchar canciones escogidas por mí en el coche, vuelvo del trabajo por las tardes escuchando la radio y cambiando con la ruletilla del volante cada vez que sale una que no me gusta (si no me gusta, no puedo cantarla; bueno, no es del todo cierto, el “jardín prohibido” puede ser la canción que más aborrezca del mundo y me la sé entera). De esta manera he llegado a una emisora que anoche preguntaba a los oyentes cuál fue su primera canción, la primera que cantaron de pequeños, esa que en las cenas de Navidad los familiares te recuerdan para tu sonrojo (o no). Escuchando las respuestas que iba leyendo la locutora he llegado a dos conclusiones: todos sus oyentes, por lo menos los que escriben correos y mandan sms, son mucho más jóvenes que yo, y además tienen desde pequeñitos un gusto mucho más depurado que el mío en mi tierna infancia.
La primera conclusión me ha puesto mohína, como si no fuese bastante estar en marzo, en este año, y en la cuenta atrás.
Pero como no soy mujer de dejarme abatir, al menos no mucho, por suerte no por mucho tiempo, he hecho un esfuerzo por recordar mis primeras canciones, las que cantaba cuando era una niña con mofletes colorados. No sé exactamente el orden, pero sé seguro que cuando yo era muy, muy pequeñita, uno de mis tíos me cantaba, adaptándola a mi nombre, esta canción. Entonces me hacía rabiar, pero ahora, cuando alguna vez lo recuerda, siempre me hace sonreír.
Un poco después, con mi lengua de trapo, empecé a descubrir la vocación de corista que aún mantengo (a raya, eso sí) y elegí para iniciarme en el mundo del desafine una canción llena de oh, oh, ohes y shalalás. Seguramente en este punto de la confesión tendría que estar ya colorada de la vergüenza, pero soy indulgente conmigo diciéndome que a fin de cuentas era el pop de la época y frente a eso poco podía hacer yo, que no iba a comprar discos por aquel entonces.
Lo que ya no tiene ninguna explicación, siendo de donde soy y viniendo de donde vengo, es que me recuerde más tarde cantando y bailando esto frente a la tele del salón, pero más desmelenada y con más movimiento que la original. La única coartada que logro aceptar es que fuese una precoz e inconsciente rebelión contra la música clásica y los cantautores coñazo que sonaban en casa, y como atenuante diré que desde siempre aborrezco a los niños cantores, pero ni así me absuelvo del todo. Lo que sí hago ya es reírme.
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