suele ser un rollo cuando son nuevas o vas por primera vez y se empeñan en enseñártelas. Yo si no insisten en que mire, procuro no hacerlo, porque supongo que todo el mundo empieza a decorar con buena intención, y luego la cosa va degenerando entre el gusto propio (o la falta de él) y las colaboraciones de parientes, amigos y enemigos (y mis parientes y amigos pasan a la categoría de enemigos si me regalan algo como esto). Y el bodegón en el comedor, que no falte.

Claro que lo que verdaderamente resulta aterrador es ver un perro de porcelana al lado de una chimenea que no se enciende, con esa cara de susto perpetuo que tienen los perros de porcelana; algunos están tan logrados que esperas hasta que te salte una pulga en cualquier momento. No obstante, siempre se puede hablar de lo proporcionadas que son las habitaciones, que no sé por qué a mí me parece que queda muy británico.

Mención aparte merecen las antiguas consultas de los médicos, que solían estar decoradas con los muebles retirados de casa, y enriquecidas con las colaboraciones espontáneas de pacientes agradecidos.
Como decía mi abuela, mucho mejor una tarta.

Así que te pasaban para que esperases a una salita de muebles torturadores presidida por un cuadro que tenía una marina o una escena de caza. Si el tema era marino, solía ser una tempestad, por aquello de que el mar nos intimida un poco a los que lo tenemos lejos; las escenas de caza solían representar a un hombre del siglo XVIII sobre un caballo desproporcionado, rodeado de mastines, o galgos, acosando a un ciervo, por ejemplo. En cualquier caso, nada tranquilizador para alguien enfermo.

Desgraciadamente, los fríos nórdicos han terminado con todo esto, o están en camino de hacerlo. Ahora las consultas de los médicos son más anodinas, y casi siempre decoradas con certificados de congresos, en lugar de tener láminas de soldaditos como tenía mi pediatra. Claro, que los españoles cuando salimos fuera, llenamos de calor cualquier rinconcito con un par de detalles a poco que nos lo propongamos.