A mí, que tengo gustos menos refinados que Fungairiño, me encanta ver los viernes en Antena 3 un programa que se llama Homo Zapping; y si no puedo verlo, lo grabo. Si tenéis oportunidad de verlo, fijaos en Paco León especialmente, aunque todos son buenísimos; hilarantes las parodias de «El diario de Patricia» en las que sale una pareja, el Ruben y la Yesi, dispuesta a aclarar los malentendidos de su relación a base de canciones de Camela adaptadas, poemas fruto de la inspiración de la Yesi y bailes para despejar la tensión.
Sin embargo, a veces la muerte de alguien trastoca la programación de las televisiones, y eso sucedió el viernes pasado. Parece lógico que si alguien relevante muere, se dedique un espacio en los medios de comunicación a recordar su trayectoria, sus méritos, porque ¿qué, sino nuestras obras, debería hacernos relevantes en la sociedad?
Pues no, en este país de cotillas es la muerte de una esfinge sin secreto la que merece abrir los telediarios, la que es portada de los periódicos, la que llena horas de programación. Y la gente lo ve.
Para recordar esa vida, mejor que hubiesen pagado a Sabina por cantarle algo.