Archivo del 2 de Agosto de 2004

Urbanita

Reconozco de antemano que yo lo soy hasta el extremo, seguramente debido a que ni mis padres ni mis abuelos «tenían pueblo», como tiene casi todo el mundo, y que el campo que yo he conocido siempre ha sido la finca que rodeaba el colegio o el césped mullidito de la piscina.
Posiblemente también la falta de contacto con ellos me ha hecho aborrecer a «los bichos» en general, y a los insectos en particular, hasta el punto de que si entra una mosca en casa, antes que verme obligada a recoger el cadáver tras matarla, prefiero llamar a alguien y que la espante; en casos extremos, puedo hacerlo yo, pero mentalizándome mucho.
pepito grilloTodo esto viene a que me he dado cuenta de que yo lo que tengo es una visión Disney de los animalitos. Esto no tiene mucha importancia con los ciervos, porque a la imagen de Bambi desde muy pequeña superpuse la de los ciervos de «La Granja»; ni con los dálmatas, porque en Panrico había una colección de cromos de perros que no eran dibujitos, sino fotos; ni con los leones, tigres, gorilas, etc., porque a todos esos los he visto en zoos; pero he crecido sin saber que los grillos eran negros, la dosis de realidad a lo único que me llevaba era a imaginar a Pepito Grillo sin ropa, sin paraguas y sin sombrero.
Así que una vez tuve un grillo instalado en una de las macetas de mi casa, y no pude dar con él, porque me fallaba el retrato robot, a ver en qué se parece Pepito Grillo a esto:
este es el grillo campestre, el que canta al anochecer, el que te vuelve loca si se te instala en tu casa
y sin embargo parece que este bicho tan horroroso permite saber la temperatura del ambiente, por el sencillo procedimiento de contar el número de chirridos que emite en un minuto, dividir la cantidad entre cinco, y sumar seis al resultado; la naturaleza es sabia.

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