Pelirrojos
He dudado mucho si poner este comentario y de antemano pido disculpas a los pelirrojos que entren, lean y se ofendan, incluso a los que no siendo pelirrojos se vean en la obligación de defenderlos, pero si no me gustan, qué le voy a hacer… claro que no me consta que me lea ningún pelirrojo, pero una se va animando a mostrar los oscuros y recónditos abismos de su alma (tengo que dejar de leer ciertos blogs, luego me salen estas frases asÃ), y me perturban (en el mal sentido. Notad que podrÃa poner molestan, pero otra vez influyen las lecturas) los pelirrojos desde siempre. No sé si llega a fobia, y en caso de serlo, tampoco he logrado encontrar el nombre aquÃ, bien es cierto que porque no he tenido la paciencia de leerlo entero.
Esto podrÃa parecer (y quizá lo sea, pero como me aprecio a mà misma, busco una explicación) irracional, pero tras años de reflexión, creo que tengo mis motivos, y cómo no, todo se remonta a la infancia.
Resulta que en parvulitos, que era lo que se hacÃa antes de la E.G.B nos obligaban a ir en parejas, como la guardia civil, para entrar en clase, para salir al recreo, para todo menos para ir al cuarto de baño, que Ãbamos solitos cuando el disco de la puerta (un disco artesanal colgado de una cuerda, nada sofisticado, pero mira por donde podÃan incluirlo como actividad de educación vial) estaba en verde; entonces el colegio era mixto, dejaba de serlo en primero, y mi pareja era un niño pelirrojo, Chema se llamaba el pobre (es que soy de la época de los nombres compuestos pero antes de los nombres extranjeros).
Chema tenÃa dos cosas muy molestas para la princesa del guisante que ya era yo por aquel entonces, y no sé cuál de las dos me irritaba más.
En primer lugar, por seguir un orden, no porque fuese más grave, ya digo, me miraba con la boca abierta, tooooooooodo el rato, no hablaba apenas (esto quizá tuviese más que ver con que nos castigaban si hablábamos, creo recordar, incluso es posible que el pobre no hablase porque yo no le dejase meter baza en las conversaciones, no lo descarto), era soso como la hermana de Arguiñano. Con el tiempo una aprende que resulta agradable lo de la boca abierta en ellos, incluso aunque no te gusten mucho, y que lo de que estén callados a veces tiene sus ventajas, pero yo nunca he sido precoz. Tan molesto me resultaba, que me quejé en casa, y después de bastante cachondeÃto mi abuela me dijo que no me preocupase, que lo que ocurrÃa es que se parecÃa al papamoscas, cosa que yo diligentemente le repetà al pobre chico como un loro. No sé si llegó a reponerse de la frase de marras, pero no cerró la boca.
En segundo lugar, le sudaban las manos; mucho, muchÃsimo, a chorros, igual era yo que lo empeoraba todo, debÃa estar atemorizado. Con los años también se aprende a disfrutar de los sudores ajenos (de algunos, claro), pero tened en cuenta que me obligaban (qué crueles : P) a ir de su manita, que además era blanda, eso es agravante ¿no? por un azar de los apellidos, yo no le habÃa elegido, y además ya hemos quedado en que yo no era precoz (aunque si a esa edad hubiese disfrutado, más que precoz hubiera resultado monstruosa, creo). Como nunca he sido lo que se dice “sufrida”, me pasaba los dÃas revolviéndome (además entonces era muy arisca) cuando la criatura intentaba cogerme de la mano, todavÃa me estremezco al recordarlo, y aguantando la bronca (era una incomprendida, snif) de la señorita (a las profesoras se las llamaba señoritas, bueno, ellas lo intentaban, nosotros decÃamos quejumbrosamente «señooooooooo»), que tenÃa que lidiar con cuarenta pejigueros más y no estaba para exquisiteces.
Seguro que yo no dejé en él tanta huella como él en mÃ, aunque deseo de todo corazón que esté donde esté no lea blogs, y que si los lee, no se reconozca, y que si se reconoce él, no recuerde ni mi nombre (mi cara es difÃcil, además no voy a poner una foto mÃa con cuatro años y el uniforme, sobre todo porque salgo muy despeinada en todas).









