Así me sentí ayer cuando leí en «Crónica» un reportaje de Aníbal C. Malvar, llamado «Ser judío en España». Si podéis, leedlo entero.

Hace unos días, Ararat planteó la cuestión en su bitácora, y sinceramente entonces yo pensaba que no, que en España no existía antisemitismo; no porque seamos respetuosos en general, sino porque apenas hay judíos, creía que para odiar algo hay que tenerlo cerca, al menos. Pero parece que no, con 40.000 judíos residentes en España, que representan el 0,1% de la población, según el informe «Manifestaciones de anti-semitismo en la Unión Europea», encargado por el Parlamento Europeo y por lo visto, nunca hecho público oficialmente, el 27% de los españoles considera que «los judíos utilizan prácticas poco honestas para conseguir sus fines» y el 63% opina que «los judíos tienen demasiado poder en todo el mundo».
Y, según el Eurobarómetro, los españoles rechazamos socialmente a gitanos, árabes musulmanes y judíos por este orden (no sólo, claro, después vienen los demás).

El caso es que el antisemitismo en España procede tanto de la extrema derecha en busca de la «limpieza de sangre» como de aquellos grupos de izquierda afectos a la causa palestina que confunden semitismo y sionismo; pero en el fondo no son extraños compañeros de cama.

Lo cierto es que yo, como el mono que se tapa los ojos, no tenía conciencia de que existe una comunidad en España que intentaba ocultar su fe y/o su raza, y que se ve obligada a autoprotegerse porque se percibe en peligro.