Ale hop
La civilización deberÃa consistir en facilitarnos la vida pero en realidad consiste en sofisticárnosla hasta puntos que hacen ridÃculas algunas de nuestras funciones básicas. Por ejemplo, comer.
Hay que comer, de acuerdo, es necesario, y ya puestos, algunos inventos son muy útiles para quienes, como yo, odian mancharse las manos: la cuchara, el cuchillo, el tenedor, la pala de pescado… Hemos convertido la comida en un acto social que nos obliga a respetar ciertas reglas, sobre todo para no quitar el apetito al resto de comensales, hasta ahà bien, nada que objetar. Pero de repente hubo que dar un pasito más en la sofisticación y a algún torturador en paro se le ocurrió inventar el «cóctel».
Cuando el cóctel se celebra con ocasión de una exposición, presentación, clausura, no supone mucho problema, ya se sabe que se va a beber más que a comer, pero algo cae en el estómago para empapar el alcohol, y además es un rato cortito, justo para que nos vean y tal. El más difÃcil todavÃa cuando una es mujer lo constituye el cóctel prebodorrio, esos en los que te tienen entretenida mientras los novios se hacen unas fotos artÃsticas en el estanque del Campo Grande. Este tipo de cócteles son peores si cabe en primavera-verano, porque te obligan a hacerlo en un jardÃn, y claro, vestida para la ocasión: tacones, vestido largo, bolso de fiesta y, a veces, mantón. Entonces, ya espléndidamente vestida, te ves haciendo equilibrios sobre los tacones imposibles para que algún torpe no te pise el vestido si lleva cola, esquivando las irregularidades de las losetas del jardÃn donde siempre hace demasiado frÃo o demasiado calor, con el mantón y el bolsito de fiesta en la mano izquierda, en la derecha una copa, que es lo primero que te ponen cuando llegas, y quieren además que circules mezclándote con los invitados, hablándoles y siendo simpática mientras ves pasar los canapés por delante de ti, sintiéndote como Tántalo en su suplicio, porque en realidad a mà la única forma de comer en esas condiciones que se me ocurre me aleja de la especie humana y me acerca peligrosamente a las focas.
De circo, claro.









