Parece que la canción del verano de este año, dejando aparte pitas pitas, ha sido una de alguien llamado Bebe, titulada «malo», un alegato contra los malos tratos; para que quede clarito el mensaje el compositor ha reducido toda la complejidad posible hasta rozar la simplonería, pero para gustos están las Bebes.

Aunque para letra buena, el Jardín Prohibido de Sandro Giaccobe, hay que tener cara para llegar y decir «mi cuerpo fue suyo durante un minuto y mi mente lloraba tu ausencia. No lo volveré a hacer más». Debe ser la forma más rebuscada de contar unos cuernos con gatillazo que conozco. Claro que luego la letra da un giro inesperado a filósofofutbolista cuando dice «lo siento mucho, la vida es así, no la he inventado yo»

A mí, sin embargo, me sigue gustando una vieja canción que supongo que ahora Loquillo, si Sabino llegase a escribirla, no podría grabar.

En esto, en que me niego a emplear el masculino y el femenino o una arroba cuando me refiero a un conjunto mixto de personas, y en que a los negros, si debo denominarlos de algún modo, los llamo negros, se me nota que soy políticamente incorrecta.