piedra rosetaEl jueves pasado murió una lengua. Yang Huanyi falleció el día 23 de septiembre, y con ella murió el «nushu», puesto que era la única persona en el mundo que lo hablaba, y una lengua muerta según Hagège «es aquella que ha perdido sus hablantes; que ha perdido, por así decirlo, el uso de la palabra». No es un hecho extraño porque se estima que existen hoy alrededor de 5.000 lenguas, frente a las casi 10.000 que había hace unos cinco siglos; de continuar esta tendencia, a finales del siglo XXI quedarán exactamente la mitad, es decir, unas 2.500. El 90 % de las lenguas hoy existentes son habladas por apenas el 5% de la población mundial. La mayoría de los 170 estados que se suelen considerar como soberanos y políticamente independientes poseen como lengua oficial, única o no, alguno de los idiomas más divulgados en la actualidad.
Como decía, no es un caso único ni extraño, el diez de junio de 1898 cerca de las seis y media de la mañana se certificó la defunción de una lengua con historia de siglos: el dálmata; Antonio Udina fue su último hablante, y con su muerte, según el lingüista italiano Matteo Bartoli se extinguió una lengua romance que se habló en la costa dálmata. En 1987 una anciana de 94 años murió en Pala, California, y era la última persona que sabía hablar cupeño, una antiquísima lengua norteamericana. El cinco de noviembre de 1995, casi cien años después de la muerte del último hablante de dálmata, se extinguió otra lengua: el kasabe, cuyo último hablante se llamaba Bogon, murió con él en Camerún.

«Las lenguas no sólo permiten hablar o escribir para recomponer nuestra historia más allá de nuestro aniquilamiento físico, sino que contienen esa historia. Todo filólogo o curioso de las lenguas, sabe que en ellas se depositan tesoros que cuentan la evolución de las sociedades y las aventuras de los individuos», dice el citado Hagège. El Nushu permite recomponer una historia a la vez triste y esperanzadora, además, como lenguaje nacido de la exclusión de las mujeres de la educación y del afán de comunicarse de ellas pese a todo.

Con muchas de estas lenguas que mueren ahora no será necesario descubrir una piedra roseta al cabo de los siglos, se pierde su uso pero se intenta no perder su conocimiento, aunque ya sabemos que las cosas sin utilidad inmediata son menos apreciadas y siempre habrá un José Solís que ruja «menos latín y más deporte»; aunque es posible que siempre exista también un Muñoz Alonso que le responda: «No se ponga así, señor ministro, porque gracias al Latín, ustedes los de Cabra, se llaman egabrenses».