Mea culpa
lo confieso, veo programas de frikis (por ejemplo, ayer vi parte de gran hermano), aunque hasta yo tengo mis límites y alguno de ellos no lo miro desde hace años ni por criticarlo (crónicas marcianas, por ejemplo, o su sustituto de este verano que no he visto ni medio segundo), y otros comienzo a verlos pero enseguida me cansan sus historias. En estos programas sale gente que nos hace reír «de ella»; creo que es de las primeras cosas que nos enseñan de pequeños que no está bien hacer, pero rápidamente desobedecemos, y olvidamos con frecuencia que hay personas que pueden resultar ridículas a nuestros ojos, o a los ojos de la mayoría, pero no dejan de ser personas (personas humanas que diría un tolerante : P).
Hace poco he leído que Ámbar, antes llamada Tamara, como Prince, que después y antes de ser Prince, se llamó Garabatillo, ha intentado suicidarse; juguete roto que no ha sabido distinguir que la gente se reía de ella, de sus actitudes de diva, de sus graznidos al micrófono, de su estética cutre como un anuncio de carrefour, de sus bailes de epiléptica sosa; que la multitud que berreaba cuando aparecía y que jaleaba a esa madre nociva que parece sacada de una pesadilla de Alonso Millán, está formada por los descendientes sin evolución de quienes se divertían con bufones, de aquéllos que eran un poco más listos que el tonto oficial del pueblo, lo justito como para martirizarle, que se la miraba como a un bicho raro y extravagante sin encontrar en ella otra cosa que diversión malsana. ¿Cuántos Sardás, Mainat, etc., acuden ahora a ella, después de haberla hecho creer que era una artista? Peores que la infanta del cuento.
Seguramente hay que ser muy simple para creer, como ella hizo, que le gustas a la gente, pero cuando se engaña a un tonto, ni la culpa ni el mérito son del tonto.











