Langdon miró asombrado. Uno de los tres paracaidistas, una mujer obesa, se acercó a la ventana. Las corrientes de aire la abofeteaban, pero sonrió y enseñó a Langdon los dos pulgares alzados. Langdon forzó una sonrisa y le devolvió el gesto, mientras se preguntaba si la mujer sabía que era el antiguo símbolo fálico de la virilidad masculina.

Este párrafo pertenece al último libro para consumo masivo de ese estratega del marketing (no me gusta, pero nadie usa ya mercadotecnia) que es Dan Brown, aunque de momento no tengo ni la más mínima intención de leer su presunto pastiche, ya tuve bastante con el sobrevalorado Código, y de literatura basura y no basura sobre órdenes secretas, órdenes discretas, herejías variadas y demás historias ya he leído suficiente, creo, que en casa teníamos una nutrida bibliografía sobre cátaros, agotes, merovingios, iluminados, masones, rosacruces, templarios y un sinnúmero de variantes como para que ya no me produzca ni curiosidad ver por donde salen ahora. Pero el párrafo me lo ha puesto delante alguien que me conoce bien, porque sabía que me iba a llamar la atención.
Príapo en PompeyaLa primera vez que yo oí hablar de símbolos fálicos fue al leer «El abogado del diablo», donde Morris West contaba como en algunas zonas del sur de Italia aún se veían, para disgusto de la Iglesia católica, unas piedras pulidas por el roce de miles de manos femeninas durante generaciones, campesinas que no querían ser Yerma y que quizá sin saberlo, repetían ritos paganos honrando a Príapo.
Príapo era hijo de Dionisio y Afrodita, que le abandonó por feo y deforme al nacer, y representaba el vigor generador con una simbología nada sutil: estaba dotado de un enorme falo. Como en estas cuestiones, por mucho que digamos, al final el tamaño sí importa, nadie quería dejarse poseer por él; intentó violar a la ninfa Lotis pero ella, horrorizada por las dimensiones supongo, pidió ayuda a los dioses y éstos, tan diligentes como puñeteros, la metamorfosearon en loto. Como Príapo no podía mantener relaciones (una suerte de impotentia coeundi infrecuente) se consideraba que había sido el inventor de la masturbación, que sigue siendo uno de los tabúes de nuestra cultura, hasta su posible etimología da escalofríos: la palabra quizá provenga según me contaron una vez del vocablo latino manus stuprare, algo así como cometer estupro contra uno mismo utilizando las manos. Nada qué ver con el onanismo, aunque a veces se confunde, porque el pecado de Onán fue eyacular fuera de la vagina de su cuñada, derramándose en la tierra el semen.
Pero me disperso, íbamos a lo de los símbolos fálicos. Resulta que según a quien escuches, nos influyen muchísimo y además estamos rodeados de ellos, y en este momento me parezco sospechosa por preferir el boli al teclado.