Himenópteros
Uno de los primeros recuerdos que tengo es del colegio, una calurosa tarde de primavera; estábamos todos (en ese grado aún no era de niñas solo, acordaos de Chema el pelirrojo) dibujando pacÃficamente sentados en nuestros minipupitres verdes, agrupados de cuatro en cuatro, luchando con las ceras manley (otro dÃa contaré como me gané el primer castigo de mi vida con ellas) porque las plastidecor llegaron más tarde, y no era igual, no tenÃan el mismo pringoso encanto, cuando a mÃ, que siempre he sido excesiva, se me terminó la hoja, asà que tuve que levantarme a coger una. Las hojas de dibujo estaban siempre puestas en la poyata de la ventana junto a la madre RosalÃa, que vigilaba para que el dispendio no fuese excesivo, y la ventana, abierta, en el primer piso del colegio, justo encima de los rosales que rodeaban la entrada principal. Extendà mi manita para tomar el papel cuando, de pronto, un terrible dolor me invadió todo el cuerpo (puede que exagere, pero recordad también que yo era ya entonces la princesa del guisante). Llorando como una Magdalena y con el brazo extendido di los dos pasos que me separaban de la monja, que a mà me parecÃa viejÃsima pero quizá no lo fuese, aunque ella estaba prácticamente ya encima de mÃ, alarmada por el alarido angustioso que habÃa salido de mi cuerpecito: una abeja o avispa, nunca llegué a tenerlo claro y no habÃa CSI en el cole, me habÃa picado, seguramente creyó que yo era una planta por la chaqueta verde botella del uniforme. Entonces empezamos una romerÃa entre lágrimas, mocos y angustia, la monja y yo, primero hasta una fuente en el patio trasero para mezclar agua con arena y hacer un poco de barro para aplicarlo en la herida, luego hasta la cocina, para ponerme amoniaco de fregar… menos a la enfermerÃa, que ahora sé que es donde deberÃamos haber ido si la enfermerÃa hubiese tenido algo más que tiritas y compresas que años más tarde nos administrarÃan en caso de emergencia y previa bronca por imprevisión, creo que recorrimos todo el colegio. Milagrosamente el brazo después de tanto «cuidado» no se gangrenó, aunque seguramente desde entonces odio a los bichos (incluida la abeja Maya), y tampoco desarrollé ningún tipo de alergia al veneno de las abejas y/o avispas, y ahora sé que lo hubiese notado, aunque quizá inconscientemente prefiera los reservas y crianzas por eso ¿no dicen que el cuerpo humano es sabio?









