«Eso» es el lema de la campaña del Ministerio correspondiente para fomentar la lectura, claro que esa cosa tan «políticamente correcta», asexuada en lo escrito, se traduce cuando lo dicen en la tele en «si tú lees, ellos leen», y me gustaría a mí saber la razón que tienen en el Ministerio de turno para cogérsela con papel de fumar sólo al escribir; hombre (mujer, hermafrodita, a políticamente correcta no me va a ganar nadie), ya que escriben eso, que el locutor de los anuncios diga «si tú lees, ellarrobas leen» o como quiera que deba traducirse «ell@s» al lenguaje oral. Mi sexo no está incluido en la arroba, por favor. Podía haber sido peor: «si tú lees, los jóvenes y las jóvenas leen».
Debe ser complicado esto del fomento de la lectura, aunque yo siempre he pensado que la mejor manera es poner en las manos de un niño (ya sabéis, niño o niña, es que como estudié por el plan antiguo, el masculino plural englobaba todo, y como soy una pequeñoburguesa conformista, ni siquiera me molestaba, ni me molesta) un libro atractivo, adecuado a su edad. Porque lo que tiene mérito es que a mí me siga gustando leer después de haber sido obligada en 5º de E.G.B. a leer «Cinco horas con Mario», que no me he «reconciliado» con Delibes hasta que publicó «El hereje», pero me gustó tanto que me duró una noche y me costó unas ojeras. Con diez años te da exactamente igual que a Menchu no le comprase su marido el seiscientos, que tía más machacona, que sensación de no avanzar página. Supongo que fue un vicio local, por aquello de ser el autor y la intérprete de la adaptación teatral paisanos, y sé también que es una de esas obras «imprescindibles», pero cada cosa a su tiempo. Cada año espero que le den el Nobel, porque con Delibes siempre me parece que el reconocimiento es escaso, tan poca es su pose de escritor, y ahora que casi nunca nos cruzamos con él por la calle parece que el tiempo apremia. Aunque en realidad no sabemos nunca cuando se termina el tiempo, hace ya un año que murió Vázquez Montalbán y con él la esperanza de leer una nueva historia con un personaje aparentemente vencido, testigo del derrumbe de las estructuras que sostenían su ideología, descreído a golpes. Y ver como olfateaba en las tiendas, como disfrutaba pormenorizadamente de la comida, asistir a la ternura constante y al deseo intermitente por la Charo, como elegía un libro para encender la chimenea, que puede ser el detalle que más me sorprendió a mí cuando lo leí por primera vez, en mi casa siempre se han conservado todos los libros, pero Carvalho los quemaba, como Umbral los tira a la piscina. Pero lo importante es leerlos.