El otro día, ojeando bitácoras que me gustan, recordé una de mis historias favoritas
La nereida Tetis, hija del Viejo del mar (Nereo) y de la oceánida Dóride, era muy hermosa, tanto que dos dioses se disputaban sus favores: Zeus y Poseidón. Sin embargo la titánide Temis, que fue segunda esposa de Zeus (entre Metis y Hera), sabía que el hijo que Tetis tuviera superaría a su padre y le había transmitido este conocimiento a su hijo Prometeo, el cual a su vez se lo contó a Zeus a cambio de su liberación. Zeus sabía bien lo que era que un hijo superase a su padre, y más avisado que Cronos, prefirió evitar el peligro, así que renunció a casarse con Tetis, igual que Poseidón, y le buscaron un marido mortal. El elegido fue Peleo, que tenía fama de justo, quien siguiendo los consejos de su preceptor el centauro Quirón esperó que Tetis se durmiera en una cueva y se abalanzó sobre ella; la diosa se transformó en agua, en llamas, y en todo tipo de animales salvajes antes de dejarse conquistar, pero finalmente accedió a casarse con Peleo y celebraron sus bodas con el resultado que todos conocemos.
Peleo y Tetis tuvieron varios hijos, siete según la mayor parte de fuentes, pero los anteriores a Aquiles perecieron en el empeño de su madre de destruir con fuego la parte mortal que habían heredado de su padre (en un rito similar a los que cuentan que hicieron Démeter y la egipcia Isis en sus desesperadas peregrinaciones en busca de la hija secuestrada y del marido descuartizado, respectivamente); sólo Aquiles sobrevivió, quizá porque con él estuvo Peleo más avisado y evitó que Tetis terminase de introducirlo en el fuego. Aquiles por tanto no era inmortal, sólo invulnerable, porque lo que sí hizo Tetis fue sumergirle en la laguna Estigia sujetándole por un talón, de modo que todo su cuerpo fue protegido excepto la parte por donde le sujetaba la diosa. Tetis vivió separada de Peleo pero protegiendo siempre a su familia desde la distancia, sabedora del fin cercano que tenía reservado su hijo («los amados de los dioses mueren jóvenes»), consolando a Aquiles cuando mataron a Patroclo, pidiendo a Hefesto armas nuevas, y al principio, rogando a Zeus que favoreciese a los troyanos para que Aquiles se vengase de Agamenón por haberle arrebatado a Briseida y del resto de los griegos por no defenderle:

«De verdad ya prométeme y asiente
o bien rehúsa, pues en ti no hay miedo,
para que sepa bien cumplidamente
cuánto soy yo entre los dioses todos
la más vilipendiada de las diosas».
Ilíada, Canto Primero.