Entradas archivadas en Octubre dEurope/Berlin 2004

Jueves, 21 de Octubre de 2004

Por más que me esfuerzo no veo nada indigno en que unas señoritas muy monas y escuetamente vestidas empiecen un trotecillo cochinero tras unas pelotitas cada vez que dan contra una red o algo así. No más al menos que otras señoritas que sacan bolitas de unos bombos y, como si fuesen Supercoco, nos dicen qué número pone mientras enseñan pantorrilla y guiñan un ojo a la cámara; y menos mal que ya no pasean por delante de la mesa donde estaba sentado el ciego de la organización, que cuando el pobre seguía con los ojos el ruido de los pasos, la mirada le quedaba justo a la altura del trasero de la chica de turno, claro que sin intención.
No es que a mí la profesión de azafata o modelo me parezca muy atractiva, la verdad, en general creo que no me lo parece ninguna que te obligue a poner buena cara permanentemente, y si me gustase exhibirme, preferiría andar a gatas por la barra de un bar enfundada en un vestido ajustado en una noche loca a hacer de florero multifunción, pero cada uno que se gane la vida como pueda o quiera. A los únicos que entiendo en toda la polémica de las pelotas (de tenis,claro) es a los niños (no a sus padres) que se han quedado este año sin recogerlas, entiendo que si ellos practican ese deporte les haga ilusión ejercer esa función, estar al lado de los deportistas, vivir el ambiente, etc. Pero a nadie más. Y desde luego no pensé nunca que a nuestro talantoso gobierno le pareciese mal la medida, no van a acusar de intrusismo a las modelos ¿verdad? Para una pobre chica que solo es mona es difícil alcanzar un sitio en el Vogue, tiene que ser lista por lo menos como una ministra de vivienda. Sí, ya sé, visto desde fuera el listón parece bajo, pero algún mérito tendrá Trujillo, no va a ser ministra sólo por ser mujer, eso sí sería sexismo y ya hemos quedado en que el gobierno se queja (incluso puede que actúe, que para eso es el ejecutivo) cuando lo detecta.
Claro que la solución a la polémica la hubieran tenido bien sencillita los organizadores del abierto: contratar modelos, además de modelas.

Miércoles, 20 de Octubre de 2004

Un artículo de Carmen en su bitácora me ha hecho recordar los primeros ordenadores que aparecieron por casa. Parece que hace mil años del spectrum, con el que sólo jugaba a cosas como misión imposible, o a disparar a tres puertas por las que asomaban aleatoriamente bandidos o sheriff. Luego ya vino un 386, con un disco que no sé si llegaba a 40 megas (menos que cualquier pen drive de los que tenemos ahora), parece imposible que cupiese ahí un S.O. y además funcionasen los programas, pero en realidad el ordenador era poco más que una máquina de escribir en la que además se podía jugar, aunque nos pareciese una máquina de la NASA, poco menos. Primero no teníamos windows, luego había que entrar a él desde MS-DOS marcando «win», después ya el ordenador nos daba la opción al arrancar de entrar en uno o en otro, y finalmente perdimos el MS-DOS por el emulador ese que trae windows. Y ahora cada vez con más frecuencia me planteo abandonar windows por otro sistema operativo como he abandonado el iexplorer en favor del firefox. La pantalla en color me enganchó brevemente al tetris, y mucho más al wolf, lo jugué tantas veces que al final el reto no era que no me matasen, sino conseguir el 100% de muertos (eran malos), tesoros y puertas secretas; claro que después de ese pasado «salvaje» de matanazis me he serenado y ahora ejerzo de voyeur de los sims2 mientras les pongo a hacer ñiqui-ñiqui (no me he vuelto mema de repente, no más quiero decir, es que en el juego llaman así al ayuntamiento carnal), porque en anteriores versiones ya podían tener bebés y mascotas, lo de follar sin consecuencias es nuevo de esta versión.
Como cuando pasamos del módem velocidad tortuga reumática al adsl, si las páginas aparecían en un pantallazo… claro que como a lo bueno se acostumbra uno enseguida, la sensación no sé si duró una semana, eso sí, la primera tarde dejamos el napster o el audiogalaxy, no recuerdo cual, exhausto. Y ahora descuento los días que faltan para que me doblen la velocidad. Pues eso, que parece que hace mil años, y en realidad puede que haga ya demasiados.

Martes, 19 de Octubre de 2004

No querría estar en la piel de los cocineros vascos acusados por un etarra miserable (sé que es una redundancia, pero a veces me gusta) en ningún caso. Si es mentira lo que se les imputa, porque tiene tantos rasgos de verosimilitud, no sólo en el caso de los cocineros, que no van a terminar de convencer a nadie. Si es verdad, en el caso de que sean extorsionados y no simpatizantes generosos, porque aunque comprenda los estados de necesidad, de miedo insuperable, a ver como se vive con los muertos que han contribuido a asesinar. O quizá no se lo plantee ninguno de los que paga. Aunque al menos ellos sí han tenido el respaldo y la solidaridad de algún colectivo que calla como un muerto cuando hay víctimas, está claro que para estos mesoneros reconvertidos en restauradores (es que cada vez que lo oigo me los imagino con el pincel y el pan de oro en la mano) el derecho a la presunción de inocencia merece mucha más defensa y movilización que el derecho a la vida. De todas formas, no parece que deban temer por sus negocios, ellos pueden seguir haciendo crema templada de patatitas nuevas de la huerta del tío Iñaki matizada con canónigos frescos recogidos con el primer rocío servida con daditos irregulares asustados en aceite virgen mientras los demás seguimos comiendo puré con currusquitos. Con o sin perejil.

Lunes, 18 de Octubre de 2004

«Eso» es el lema de la campaña del Ministerio correspondiente para fomentar la lectura, claro que esa cosa tan «políticamente correcta», asexuada en lo escrito, se traduce cuando lo dicen en la tele en «si tú lees, ellos leen», y me gustaría a mí saber la razón que tienen en el Ministerio de turno para cogérsela con papel de fumar sólo al escribir; hombre (mujer, hermafrodita, a políticamente correcta no me va a ganar nadie), ya que escriben eso, que el locutor de los anuncios diga «si tú lees, ellarrobas leen» o como quiera que deba traducirse «ell@s» al lenguaje oral. Mi sexo no está incluido en la arroba, por favor. Podía haber sido peor: «si tú lees, los jóvenes y las jóvenas leen».
Debe ser complicado esto del fomento de la lectura, aunque yo siempre he pensado que la mejor manera es poner en las manos de un niño (ya sabéis, niño o niña, es que como estudié por el plan antiguo, el masculino plural englobaba todo, y como soy una pequeñoburguesa conformista, ni siquiera me molestaba, ni me molesta) un libro atractivo, adecuado a su edad. Porque lo que tiene mérito es que a mí me siga gustando leer después de haber sido obligada en 5º de E.G.B. a leer «Cinco horas con Mario», que no me he «reconciliado» con Delibes hasta que publicó «El hereje», pero me gustó tanto que me duró una noche y me costó unas ojeras. Con diez años te da exactamente igual que a Menchu no le comprase su marido el seiscientos, que tía más machacona, que sensación de no avanzar página. Supongo que fue un vicio local, por aquello de ser el autor y la intérprete de la adaptación teatral paisanos, y sé también que es una de esas obras «imprescindibles», pero cada cosa a su tiempo. Cada año espero que le den el Nobel, porque con Delibes siempre me parece que el reconocimiento es escaso, tan poca es su pose de escritor, y ahora que casi nunca nos cruzamos con él por la calle parece que el tiempo apremia. Aunque en realidad no sabemos nunca cuando se termina el tiempo, hace ya un año que murió Vázquez Montalbán y con él la esperanza de leer una nueva historia con un personaje aparentemente vencido, testigo del derrumbe de las estructuras que sostenían su ideología, descreído a golpes. Y ver como olfateaba en las tiendas, como disfrutaba pormenorizadamente de la comida, asistir a la ternura constante y al deseo intermitente por la Charo, como elegía un libro para encender la chimenea, que puede ser el detalle que más me sorprendió a mí cuando lo leí por primera vez, en mi casa siempre se han conservado todos los libros, pero Carvalho los quemaba, como Umbral los tira a la piscina. Pero lo importante es leerlos.

Viernes, 15 de Octubre de 2004

Uno de los primeros recuerdos que tengo es del colegio, una calurosa tarde de primavera; estábamos todos (en ese grado aún no era de niñas solo, acordaos de Chema el pelirrojo) dibujando pacíficamente sentados en nuestros minipupitres verdes, agrupados de cuatro en cuatro, luchando con las ceras manley (otro día contaré como me gané el primer castigo de mi vida con ellas) porque las plastidecor llegaron más tarde, y no era igual, no tenían el mismo pringoso encanto, cuando a mí, que siempre he sido excesiva, se me terminó la hoja, así que tuve que levantarme a coger una. Las hojas de dibujo estaban siempre puestas en la poyata de la ventana junto a la madre Rosalía, que vigilaba para que el dispendio no fuese excesivo, y la ventana, abierta, en el primer piso del colegio, justo encima de los rosales que rodeaban la entrada principal. Extendí mi manita para tomar el papel cuando, de pronto, un terrible dolor me invadió todo el cuerpo (puede que exagere, pero recordad también que yo era ya entonces la princesa del guisante). Llorando como una Magdalena y con el brazo extendido di los dos pasos que me separaban de la monja, que a mí me parecía viejísima pero quizá no lo fuese, aunque ella estaba prácticamente ya encima de mí, alarmada por el alarido angustioso que había salido de mi cuerpecito: una abeja o avispa, nunca llegué a tenerlo claro y no había CSI en el cole, me había picado, seguramente creyó que yo era una planta por la chaqueta verde botella del uniforme. Entonces empezamos una romería entre lágrimas, mocos y angustia, la monja y yo, primero hasta una fuente en el patio trasero para mezclar agua con arena y hacer un poco de barro para aplicarlo en la herida, luego hasta la cocina, para ponerme amoniaco de fregar… menos a la enfermería, que ahora sé que es donde deberíamos haber ido si la enfermería hubiese tenido algo más que tiritas y compresas que años más tarde nos administrarían en caso de emergencia y previa bronca por imprevisión, creo que recorrimos todo el colegio. Milagrosamente el brazo después de tanto «cuidado» no se gangrenó, aunque seguramente desde entonces odio a los bichos (incluida la abeja Maya), y tampoco desarrollé ningún tipo de alergia al veneno de las abejas y/o avispas, y ahora sé que lo hubiese notado, aunque quizá inconscientemente prefiera los reservas y crianzas por eso ¿no dicen que el cuerpo humano es sabio?


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