Te regalé una herida, cierra de noche, abre de día…

no sufras Prometeo me dice siempre que la veo
El cuadro de la imagen muestra a Prometeo encadenado, sufriendo el castigo impuesto por Zeus. Pero antes de llegar a este punto, posiblemente el más famoso del mito, tenemos que saber quién era y qué hizo para merecer un tormento tan cruel.
Prometeo («el que piensa antes de actuar») era uno de los hijos del titán Jápeto y de la oceánide Clímene (o de la titánide Temis, según otras fuentes), hermano por tanto de Atlas o Atlante, de Menecio, y de Epimeteo («el que piensa después de actuar»).
El titán Prometeo fabricó al hombre a partir de arcilla y consiguió que Atenea insuflase vida a su obra. Además, puesto que Epimeteo había repartido ya todos los dones (agilidad, destreza, etc.) entre las bestias, y viendo que los hombres aparecían indefensos, desnudos, descalzos, sin abrigo, inermes, Prometeo robó para ellos las artes y el fuego del taller que compartían Hefesto y Atenea. Así el hombre adquirió los recursos necesarios para la vida, como narra Platón en Protágoras.
Como los hombres eran conscientes de participar de la naturaleza divina, debían honrar a los dioses, y para ello tenían que ofrecerles sacrificios. Prometeo les enseñó como conservar para ellos la mejor parte de los animales sacrificados ideando la siguiente estratagema: despedazó un buey enorme, y a un lado puso los pedazos mejores envueltos en la piel del animal, un bulto de descuartizador aparentemente sin valor, y en el otro lado dispuso el esqueleto, pero recubierto de trozos de blanca grasa; se pidió a Zeus que eligiese, y el dios de los dioses se inclinó por la ración apetitosa, viéndose defraudado, lo cual le hizo montar en cólera y castigar a los hombres privándolos del fuego. Este castigo obligó a Prometeo a robar por segunda vez el fuego divino, en el hueco de un tallo de hinojo.

«[…] Y desde entonces siempre tuvo luego presente (Zeus) este engaño y no dio la infatigable llama del fuego a los fresnos. Pero le burló el sagaz hijo de Jápeto escondiendo el brillo que se ve de lejos del infatigable fuego en una hueca cañaheja. Entonces hirió de nuevo el alma de Zeus altitonante y le irritó su corazón cuando vio entre los hombres el brillo que se ve de lejos del fuego. Y al punto, a cambio del fuego, preparó un mal para los hombres[…]»
Hesíodo, Teogonía.

Zeus encargó a Hefesto que formase de barro la efigie de una doncella, a imagen y semejanza de las inmortales, ayudado por Atenea; cada dios le concedió una cualidad (Pandora, que ofrece todo tipo de presentes), y Hermes, el mensajero de los dioses, puso en su corazón la mentira y la picardía, materias en las que era experto. Entonces ofreció Hefesto esta mujer no a Prometeo, prudente por definición, sino a su hermano el irreflexivo Epimeteo, que había sido advertido en vano para que desconfiase de los presentes de los dioses. Pandora aportaba con ella una vasija a modo de dote, que contenía todos los males, y había sido advertida para no abrirla; sin embargo, desobedeció (ella según Hesíodo, Epimeteo según otras versiones), abrió la vasija y escaparon todos los males esparciéndose por la tierra; intentó cerrarla rápidamente, pero sólo pudo retener dentro la esperanza.

Prometeo había logrado escapar al castigo de aceptar a Pandora y con ella causar el mal a la humanidad, pero Zeus ideó otro para él: encargó a Hefesto unas cadenas para atar al titán en los montes de Cáucaso y le condenó a que su hígado fuese comido todos los días durante toda la eternidad por un águila negra, regenerándose por la noche para proseguir su calvario cada nuevo amanecer.

Cómo terminó el suplicio, es algo que varía según las fuentes: unas hacen que el titán sea precipitado al tártaro por el rayo de Zeus, otras presentan a Heracles abatiendo al águila para que Prometeo le diga donde está el jardín de las Hespérides, pero mi preferida es aquella en la que el mismo Prometeo logra que Zeus le libere a cambio del secreto que él posee sobre el rey de los dioses. En efecto, Prometeo, fuese o no hijo de Temis, sabía por ésta que el hijo que Tetis tuviese sobrepasaría a su padre; Zeus estaba prendado de ella, y ni el mismo Zeus lograría escapar a su destino en caso de engendrar un hijo con la nereida. A cambio de revelar este secreto, Prometeo obtuvo la libertad, Tetis fue entregada a Peleo y el resto, ya sabéis… manzanas, juicio, Helena, Aquiles… Ilíada.

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