En «Divorcio para una virgen rota» el Alcalde no hacía más que preguntarse «¿pero qué diablos hago yo aquí?» mientras presenciaba un bodorrio preparado por una novia talludita mal desflorada en su primer matrimonio de modo que, en los años en los que transcurría el libro, sólo pudo conformarse con irse de su casa y ni siquiera podía optar por la disolución por matrimonio rato y no consumado. Ahora el Alcalde estaría libre de compromisos semejantes, ocupado como estará oficiando él mismo alguna de esas ceremonias que inventamos en España cuando rehuímos las católicas, para sustituir la sensación de orfandad que nos deja el no tener ritos propios diferentes.
Este año yo he padecido una boda en el Ayuntamiento en la que uno de los invitados, que bautizamos inmediatamente como «el poeta de la mousse», tuvo el cuajo de recitarles a los novios, dramatizando, la «epístola de San Pablo a los Corintios» y lo peor es que a pocos de los invitados nos pareció una salida de pata de banco. Aunque lo normal en bodas es el modelo Letizia, progre que te mueres hasta que te dan la oportunidad de vestirte de blanca princesita por escuchar un ratito al cura. Aún así, las bodas tienen todo el sentido del mundo porque abren la puerta a una serie de derechos que estando soltero no se tienen, es lógico que existan matrimonios civiles puesto que somos un Estado laico, y que las confesiones tengan sus ritos para celebrarlos.
Ahora le toca el turno a los «bautizos civiles», bueno, «acogida civil» dice la cursi madre de la criatura agraciada con la ceremonia en Igualada, como si el pobre crío no fuese ciudadano desde antes, como si no tuviese derechos protegidos incluso desde antes de haber nacido. Pero vale, su progre mamá ya ha podido organizar todo como ha visto desde pequeña, si es que somos avanzados, pero nos morimos por una fiestecita. Sí, en algunos lugares de Francia se hace, pero recordemos cuando lo instauraron, por favor, que cuando queremos ser modernos miramos a su siglo XVIII. Vamos, que lo de la acogida civil es innecesario, pero sobre todo, es una cursilada.
Como cuando el niño sea mayorcito querrá una fiesta de primera comunión, y como lo de la comunión civil es mucho más raro (los Alcaldes que yo sepa sólo reparten hostias a través de la policía municipal), propongo que la sustituyan por la fiesta de la «primera polución nocturna» de la criatura; vale, es posible que el niño se muera de vergüenza, pero ¿y la fiesta?