Archivo del 10 de Noviembre de 2004
Goodbye, Lenin
así se titula una película de Wolfgang Becker que se presentó el año pasado en la SEMINCI, y cuenta la historia de una mujer de la R.F.A., comunista convencida, que sufre un accidente el día 8 de noviembre de 1989 y permanece en coma mientras su mundo desaparece, mientras los alemanes derriban el muro que dividía no sólo a una nación sino al mundo entero en dos partes que parecían condenadas a no volverse a encontrar nunca. La caída del muro, ayer hizo quince años (es decir, decimoquinto aniversario, no quinceavo que no somos ministros de cultura), escenificó gráficamente el fracaso de esa separación, y del comunismo como régimen político, aunque algún dinosaurio quede lanzando el estertóreo (a veces también estentóreo) grito de patria o muerte.
Volviendo a la película, cuando la vi me recordó el argumento a una obra de Alonso Millán, «Se vuelve a llevar la guerra larga», que leí hace mucho tiempo en la colección de obras de teatro de Escelicer que había ido reuniendo mi abuela; en ella nos cuenta como un exseminarista que permanece escondido en una casa de Madrid desde la guerra civil es mantenido en esa situación por su mujer, quien para evitar que le abandone, ha montado una escenografía que incluye redadas de los rojos, pan negro, achicoria, bombardeos nocturnos y todo tipo de restricciones, haciéndole creer que el ejército de Franco llevaba cuarenta años rodeando Madrid sin poder tomarlo. Lo cierto es que quienes fueron perseguidos por los republicanos hacía años que podían vivir tranquilos, en los años en los que se escribió la obra lo que sí había aún era gente escondida para no ser víctima de represalias por parte de los ganadores de la guerra, topos viviendo durante años en zulos habilitados en sus casas, muertos para todo el mundo excepto para su familia más cercana. Quisiera saber qué ha sentido esta pobre gente al ver en la portada del magazine del mundo este fin de semana a la impúdica familia del dictador posando en el Valle de los Caídos con motivo de la boda de opereta que el niño aspirante a todos los títulos a los que sus antepasados renunciaron se ha montado a cuenta del braguetazo con esa matrona venezolana que ha pescado. A mí me ha dado vergüenza ajena.
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