Archivo del 15 de Noviembre de 2004

Ira bíblica

Ayer por la tarde, como aquí hacía frío ya y apetecía poco salir de casa, aproveché para gandulear viendo la tele debajo de una mantita. Los domingos hay Everwood en la primera, una serie para mi gusto con unos guiones deliciosos la mayor parte de las veces, y programada esta temporada a horas decentes. Bueno, pues ahí estaba yo, calentita, en medio de tanta paz, cuando de repente aparece una niña en la pantalla, digo niña porque no tenía tetas ni caderas, pero por lo demás, como si se hubiese tragado a una vieja, cantando ¿cantando? un horror de canción, a ratos rapeada, a ratos con aires morunos (¿o serían árabes?).
La criatura iba vestida como si con el propósito de hacerle parecer una furcia sus peores enemigos hubiesen recorrido todos los baratillos de algún barrio marginal, tacones rojos con lunares, calcetines, vaqueros a media pantorrilla, camisa azul de influencia oriental estampada sobre fondo azul brillante con fajín (diría cinturón, pero es que a esas edades carecen de cintura también, por lo que la franja iba colocada en algún lugar intermedio entre las futuras caderas y los futuros senos) haciendo juego con los zapatos de gitana. Como una especie de Minnie Mouse (en la foto, detalle del peinado) mucho más cursi, pero a ésta y a sus padres (o tutores, algo tendrá aunque no me conste) habrá que concederles que a primera vista parecen humanos. Bueno, la cosa es que la niña, que responde al nombre de «María Isabel» (raro, yo hubiese apostado por Yénifer o Yésica, es demasiado pequeña para que se lo pusiesen por lo de «la playa estaba desierta, el sol quemaba tu piel…»), berreaba «antes muerta que sencilla» (atentos a la letra, cuánta inspiración hay por el mundo aunque el autor no sepa donde encontrarla) mientras el cuerpo se le estremecía con espasmos, no sé si controlados pero desde luego descoordinados, porque se ve que hay una cosa llamada Eurojunior que es donde los aspirantes a padre de famoso mandan a sus niños cuando estos no saben jugar al tenis para ver si dan el pelotazo y los retiran de una vez.
Es que nunca he podido resistirlo, ver a esas criaturas cantando sobre un escenario cosas como «apoyá en el quisio de la mansebía», si ni saben lo que es un quicio, mal van a saber lo que es una mancebía, ni ellas ni sus orgullosos padres, supongo, porque si lo supiesen, ¿cómo dejan a sus hijas cantarlo? O la versión moderna cantando «mueve tu cachito» mientras el coreógrafo les come la oreja diciéndoles lo buenas que son. En realidad nunca deberían de haber salido de su ámbito natural, las fiestas del cole, donde en medio de la mediocridad se perdona todo, y las reuniones familiares, donde el familiar plasta merece escuchar al niño hasta que le revienten los tímpanos mientras a los padres y a los abuelos se les cae la baba.
Me siento Herodes.

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