Archivo del 22 de Noviembre de 2004

Besos como balas

Hace mucho tiempo, alguien me enseñó a disparar. Seguramente ya no tengo puntería, quizá nunca llegué a tener mucha, pero me gustaba la ceremonia de preparar en casa los circulitos de tela, empaparlos en aceite, guardarlos en una cajita metálica, fundir el plomo para hacer las balas y verlas luego todas redonditas, y me gustaban las pistolas, que parecían de pirata. Un tiempo después, cuando ya sabía cargarlas y dispararlas, aprendí que se llamaban de avancarga, como aprendí a cargar y disparar otros tipos de armas, y a esperar al plato. Siempre hubo alguien a mi lado, vigilando la postura del arma, enseñándome a abrir la boca para que no sufriesen los oídos, advirtiéndome para que nunca creyese que el arma estaba descargada, enseñándome a apreciar el olor de la pólvora y a no temerlas, aunque sí a respetarlas.
Yo tenía tan poca edad entonces que me hacía ilusión llevarme de la galería de tiro mis dianas con sus agujeros, y quien me enseñaba me parecía el geyperman más alto del mundo, puesto que el mundo era sólo lo que yo conocía. Luego volvíamos todos con mis padres, merendábamos, y nos íbamos enterando de que Krishna era Visnú o mirábamos libros de Flash Gordon.
Hacía mucho tiempo que no pensaba en que alguien, una vez, me enseñó a disparar y a amar las armas y las balas.

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