Besos como balas
Hace mucho tiempo, alguien me enseñó a disparar. Seguramente ya no tengo punterÃa, quizá nunca llegué a tener mucha, pero me gustaba la ceremonia de preparar en casa los circulitos de tela, empaparlos en aceite, guardarlos en una cajita metálica, fundir el plomo para hacer las balas y verlas luego todas redonditas, y me gustaban las pistolas, que parecÃan de pirata. Un tiempo después, cuando ya sabÃa cargarlas y dispararlas, aprendà que se llamaban de avancarga, como aprendà a cargar y disparar otros tipos de armas, y a esperar al plato. Siempre hubo alguien a mi lado, vigilando la postura del arma, enseñándome a abrir la boca para que no sufriesen los oÃdos, advirtiéndome para que nunca creyese que el arma estaba descargada, enseñándome a apreciar el olor de la pólvora y a no temerlas, aunque sà a respetarlas.
Yo tenÃa tan poca edad entonces que me hacÃa ilusión llevarme de la galerÃa de tiro mis dianas con sus agujeros, y quien me enseñaba me parecÃa el geyperman más alto del mundo, puesto que el mundo era sólo lo que yo conocÃa. Luego volvÃamos todos con mis padres, merendábamos, y nos Ãbamos enterando de que Krishna era Visnú o mirábamos libros de Flash Gordon.
HacÃa mucho tiempo que no pensaba en que alguien, una vez, me enseñó a disparar y a amar las armas y las balas.









