Puzzles

Me encantan las cosas cuando encajan, seguramente porque normalmente no lo hacen; el caso es que me da paz ver el puzzle éste al que le faltan tres piezas por colocar y es tan evidente donde van que hasta una ministra de cultura podrÃa hacerlo sin sus asesores al lado y sin haber aprobado la plastilina y los juegos de preescolar.
Lo curioso es que las mariposas me gustan desde hace poco, antes no diré que las odiase, pero es que soy tan urbanita que tampoco he visto tantas en directo, casi siempre en cromos o en los museos atravesadas artÃsticamente por un alfiler, y aunque fuesen mariposas, no dejaba de ser una exposición de cadáveres, claro que mucho menos inquietante que los fetos en formol que nos dejaban hipnotizados en el Museo de Ciencias Naturales. Esto último me daba tanto asco como los exvotos que alguna vez he visto colgando en alguna iglesia cuando consistÃan en la reproducción del miembro salvado hecha en algún material resistente.
Ahora que lo pienso, tal vez alguno de los brazos fuese de algún feligrés que habÃa implorado el milagro de poder permanecer acostado de medio lado y abrazado a su cónyuge (digo yo que para la pareja de hecho no se va a la iglesia a implorar) sin que se le durmiese el brazo de sobra (o sea, el que va justo contra el colchón), cosa que yo solo consigo evitar cuando cambio la postura y me convierto en la princesa koala, pero como soy de natural inquieto no me dura más allá de diez minutos.
Aunque moverse también tiene su encanto.


Hace mucho tiempo, alguien me enseñó a disparar. Seguramente ya no tengo punterÃa, quizá nunca llegué a tener mucha, pero me gustaba la ceremonia de preparar en casa los circulitos de tela, empaparlos en aceite, guardarlos en una cajita metálica, fundir el plomo para hacer las balas y verlas luego todas redonditas, y me gustaban las pistolas, que parecÃan de pirata. Un tiempo después, cuando ya sabÃa cargarlas y dispararlas, aprendà que se llamaban de avancarga, como aprendà a cargar y disparar otros tipos de armas, y a esperar al plato. Siempre hubo alguien a mi lado, vigilando la postura del arma, enseñándome a abrir la boca para que no sufriesen los oÃdos, advirtiéndome para que nunca creyese que el arma estaba descargada, enseñándome a apreciar el olor de la pólvora y a no temerlas, aunque sà a respetarlas.
El sábado tuve que ir a una fruterÃa pequeña por esos azares de la vida que hacen que el único pimentón que me guste sea uno que venden en ella desde que cerraron la tienda de encurtidos de toda la vida donde lo distribuÃan antes, y que lo necesitase para hacer huevos rotos.
Como sé que canto mal, no os lo voy a poner difÃcil: es el tema «
La criatura iba vestida como si con el propósito de hacerle parecer una furcia sus peores enemigos hubiesen recorrido todos los baratillos de algún barrio marginal, tacones rojos con lunares, calcetines, vaqueros a media pantorrilla, camisa azul de influencia oriental estampada sobre fondo azul brillante con fajÃn (dirÃa cinturón, pero es que a esas edades carecen de cintura también, por lo que la franja iba colocada en algún lugar intermedio entre las futuras caderas y los futuros senos) haciendo juego con los zapatos de gitana. Como una especie de 






