Entradas archivadas en Noviembre dEurope/Berlin 2004

Martes, 23 de Noviembre de 2004


Me encantan las cosas cuando encajan, seguramente porque normalmente no lo hacen; el caso es que me da paz ver el puzzle éste al que le faltan tres piezas por colocar y es tan evidente donde van que hasta una ministra de cultura podría hacerlo sin sus asesores al lado y sin haber aprobado la plastilina y los juegos de preescolar.
Lo curioso es que las mariposas me gustan desde hace poco, antes no diré que las odiase, pero es que soy tan urbanita que tampoco he visto tantas en directo, casi siempre en cromos o en los museos atravesadas artísticamente por un alfiler, y aunque fuesen mariposas, no dejaba de ser una exposición de cadáveres, claro que mucho menos inquietante que los fetos en formol que nos dejaban hipnotizados en el Museo de Ciencias Naturales. Esto último me daba tanto asco como los exvotos que alguna vez he visto colgando en alguna iglesia cuando consistían en la reproducción del miembro salvado hecha en algún material resistente.
Ahora que lo pienso, tal vez alguno de los brazos fuese de algún feligrés que había implorado el milagro de poder permanecer acostado de medio lado y abrazado a su cónyuge (digo yo que para la pareja de hecho no se va a la iglesia a implorar) sin que se le durmiese el brazo de sobra (o sea, el que va justo contra el colchón), cosa que yo solo consigo evitar cuando cambio la postura y me convierto en la princesa koala, pero como soy de natural inquieto no me dura más allá de diez minutos.
Aunque moverse también tiene su encanto.

Lunes, 22 de Noviembre de 2004

Hace mucho tiempo, alguien me enseñó a disparar. Seguramente ya no tengo puntería, quizá nunca llegué a tener mucha, pero me gustaba la ceremonia de preparar en casa los circulitos de tela, empaparlos en aceite, guardarlos en una cajita metálica, fundir el plomo para hacer las balas y verlas luego todas redonditas, y me gustaban las pistolas, que parecían de pirata. Un tiempo después, cuando ya sabía cargarlas y dispararlas, aprendí que se llamaban de avancarga, como aprendí a cargar y disparar otros tipos de armas, y a esperar al plato. Siempre hubo alguien a mi lado, vigilando la postura del arma, enseñándome a abrir la boca para que no sufriesen los oídos, advirtiéndome para que nunca creyese que el arma estaba descargada, enseñándome a apreciar el olor de la pólvora y a no temerlas, aunque sí a respetarlas.
Yo tenía tan poca edad entonces que me hacía ilusión llevarme de la galería de tiro mis dianas con sus agujeros, y quien me enseñaba me parecía el geyperman más alto del mundo, puesto que el mundo era sólo lo que yo conocía. Luego volvíamos todos con mis padres, merendábamos, y nos íbamos enterando de que Krishna era Visnú o mirábamos libros de Flash Gordon.
Hacía mucho tiempo que no pensaba en que alguien, una vez, me enseñó a disparar y a amar las armas y las balas.

Miércoles, 17 de Noviembre de 2004

El sábado tuve que ir a una frutería pequeña por esos azares de la vida que hacen que el único pimentón que me guste sea uno que venden en ella desde que cerraron la tienda de encurtidos de toda la vida donde lo distribuían antes, y que lo necesitase para hacer huevos rotos.
Cuando compro, habitualmente lo que hago es un pedido en el súper, y me desentiendo; el único mal rato puede ser que me toque la cajera torpe (y me toca invariablemente), pero no es grave. Lo grave fue la media hora que me tocó esperar el sábado para mis humildes 100 gramos de pimentón mientras una señora de mediana edad iba pidiendo cosas a la frutera al tiempo que desgranaba un rosario de preguntas que a mí me parecieron absurdas, quizá debido al enano gruñón que llevo dentro: «¿son buenos los higos? ¿están buenos los plátanos? ¿están ricas las nueces?» ¿Pero qué esperaba, una respuesta sincera? ¿Acaso no ve que la señora intenta vender? ¿Qué le iba a decir: «no, los higos son un asco pero a ver si logro deshacerme de ellos engañando a alguna tonta antes de que se pudran»? Claro, las respuestas de la tendera iban variando, desde excelentes a extraordinarios, creo que excelso no llegó a decirlo pero estuve a punto de soplárselo. En los restaurantes ocurre un poco lo mismo, su pescado es siempre fresco y su solomillo siempre es tierno, pura mantequilla. Pero de verdad que tiene delito preguntar un Sábado Santo aquí si el pescado que vas a pedir es fresco, como hizo el rollete de un amigo una vez, ante el sonrojo de todos los que compartíamos la mesa con ellos esa noche; igual pensaba ella que las lubinas las habían pescado esa madrugada en el Pisuerga, entre procesión y procesión. El caso es que el camarero con todo su morro aseguró que fresquísimo (y no me cabe duda, estaría congelado) y el resto corrimos un tupido velo caritativamente, pensando que al menos estaba buena y que hablar no iba a hablar mucho con nuestro amigo después (el rollete, no la lubina).

Martes, 16 de Noviembre de 2004

Como sé que canto mal, no os lo voy a poner difícil: es el tema «dr. Zhivago: At the Student Cafe» anunciando la Navidad con ese ángel vestido de negro, o duende de los deseos, o espíritu de la lotería, vaya, el calvo, que a mí me recuerda a Fito el de los fitipaldis pero con menos viajes, bastante atractivo en cualquier caso. A mí me encanta que el anuncio aparezca porque soy de esos seres raros que les gustan las Navidades, incluso me emocionaba el anuncio de las muñecas epilépticas de Famosa que se dirigían al portal, en los tiempos en que las niñas jugábamos con la Nancy ennoviándola con el Geyperman para que la pasease en su carro de combate, no con la Barbie.
Cada año existe un número estrella que se agota antes de quitarnos la arena de la playa; yo pensaba que se tomaba como referencia una fecha en la que hubiese ocurrido una desgracia (el 11 de septiembre, por triste ejemplo), pero este año el que se ha agotado ha sido el 22504; algún despistado dirá «me suenan esas cifras…» pues sí, son la fecha de LA BODA. El pueblo soberano tiene esas cosas y otras supersticiones asociadas a la lotería redentora, que tantos pleitos termina generando a través de participaciones, resguardos y estafas, y si no, que se lo pregunten a la Doña Balbina de «Hoy es fiesta», la tragicomedia (aunque yo la recuerdo más como drama, no desdiré al autor, faltaría más) de Buero Vallejo.
Bueno, pues mis sueños y los de mi familia juegan a la lotería, llevan más de cincuenta años jugando los sueños con el mismo numerito, se abonó mi abuelo (d.e.p.) cuando era soltero, y aquí estamos aún esperando a ver si se hacen adultos, se aburren de jugar y nos toca de una santa vez, aunque ya nos tiene que tocar para compensar dos décimos semanales desde antes de la guerra, jeje. Eso sí, el día que ocurra prometo que no iremos a sentirnos pilotos de fórmula uno por un día a ninguna administración de lotería, el champán nos lo tomaremos en casita, y en copa. Como debe ser.

Lunes, 15 de Noviembre de 2004

Ayer por la tarde, como aquí hacía frío ya y apetecía poco salir de casa, aproveché para gandulear viendo la tele debajo de una mantita. Los domingos hay Everwood en la primera, una serie para mi gusto con unos guiones deliciosos la mayor parte de las veces, y programada esta temporada a horas decentes. Bueno, pues ahí estaba yo, calentita, en medio de tanta paz, cuando de repente aparece una niña en la pantalla, digo niña porque no tenía tetas ni caderas, pero por lo demás, como si se hubiese tragado a una vieja, cantando ¿cantando? un horror de canción, a ratos rapeada, a ratos con aires morunos (¿o serían árabes?).
La criatura iba vestida como si con el propósito de hacerle parecer una furcia sus peores enemigos hubiesen recorrido todos los baratillos de algún barrio marginal, tacones rojos con lunares, calcetines, vaqueros a media pantorrilla, camisa azul de influencia oriental estampada sobre fondo azul brillante con fajín (diría cinturón, pero es que a esas edades carecen de cintura también, por lo que la franja iba colocada en algún lugar intermedio entre las futuras caderas y los futuros senos) haciendo juego con los zapatos de gitana. Como una especie de Minnie Mouse (en la foto, detalle del peinado) mucho más cursi, pero a ésta y a sus padres (o tutores, algo tendrá aunque no me conste) habrá que concederles que a primera vista parecen humanos. Bueno, la cosa es que la niña, que responde al nombre de «María Isabel» (raro, yo hubiese apostado por Yénifer o Yésica, es demasiado pequeña para que se lo pusiesen por lo de «la playa estaba desierta, el sol quemaba tu piel…»), berreaba «antes muerta que sencilla» (atentos a la letra, cuánta inspiración hay por el mundo aunque el autor no sepa donde encontrarla) mientras el cuerpo se le estremecía con espasmos, no sé si controlados pero desde luego descoordinados, porque se ve que hay una cosa llamada Eurojunior que es donde los aspirantes a padre de famoso mandan a sus niños cuando estos no saben jugar al tenis para ver si dan el pelotazo y los retiran de una vez.
Es que nunca he podido resistirlo, ver a esas criaturas cantando sobre un escenario cosas como «apoyá en el quisio de la mansebía», si ni saben lo que es un quicio, mal van a saber lo que es una mancebía, ni ellas ni sus orgullosos padres, supongo, porque si lo supiesen, ¿cómo dejan a sus hijas cantarlo? O la versión moderna cantando «mueve tu cachito» mientras el coreógrafo les come la oreja diciéndoles lo buenas que son. En realidad nunca deberían de haber salido de su ámbito natural, las fiestas del cole, donde en medio de la mediocridad se perdona todo, y las reuniones familiares, donde el familiar plasta merece escuchar al niño hasta que le revienten los tímpanos mientras a los padres y a los abuelos se les cae la baba.
Me siento Herodes.


myspace
Alojamiento: Plica Zaragózame S.L. y Jio Todos los textos de esta web están escritos por la PrincesadelGuisante, salvo indicación contraria.