Entradas archivadas en Noviembre dEurope/Berlin 2004

Viernes, 12 de Noviembre de 2004

Cuando Perseo mató a Medusa, la única mortal de las tres gorgonas, Atenea fabricó una flauta para imitar los llantos de Euríale y Esteno, sus hermanas inmortales. Pero como cuando la diosa soplaba la flauta su rostro se deformaba (su rostro y el de cualquiera, a ver quién está guapo soplando…) la arrojó airada justo en el momento en que pasaba por allí el sátiro Marsias. Éste la recogió y practicando llegó a convertirse en un artista extraordinario. Deleitaba con su música a ninfas y sátiros, y en medio de tanta adulación creyó poder medir su arte con el de Apolo, olímpico hijo de Zeus y de la titánide Leto, el dios músico que había inventado el laúd y había recibido la lira que le dio Hermes. El dios aceptó, pero el vencedor impondría una prenda al vencido, siendo árbitros las hijas de Mnemósine y Zeus que formaban el cortejo de Apolo, las Musas. Las nueve asistieron al duelo musical, que se iba desarrollando con tal igualdad que les hacía imposible tomar una decisión y declarar un vencedor, hasta que Apolo añadió una dificultad a la competición: ganaría aquél que mejor tocase su instrumento al revés. La lira del dios sí podía ser tocada al revés, pero no la flauta doble de Marsias, que perdió el desafío. El castigo de Apolo fue inclemente, extremadamente cruel: le desolló vivo, para castigar su soberbia. Ese es el momento que recoge el cuadro de Luca Giordano que veis. La sangre de Marsias se tranformó en un río que recorría Frigia, al que también se vertieron las lágrimas de las ninfas y los sátiros, sus compañeros, consternados por el sangriento final del reto.
Pero no fue el único duelo musical en el que se vio envuelto Apolo: también se midió con Pan por ver cual de sus instrumentos sonaba mejor, si la flauta de caña o el laúd, y cuando el juez designado nombró vencedor a Apolo, Midas, el mismo rey frigio que había recibido la «gracia» de Dionisio de convertir en oro todo lo que tocase, discrepó del veredicto. Entonces Apolo, con el mismo buen carácter de siempre, ya que tenía tan mal oído le hizo crecer unas orejas de asno (afortunadamente Apolo no me escucha cantar a mí). Para ocultárselas a todo el mundo tuvo que hacerse un bonete (a ver en qué estáis pensando) lo suficientemente alto como para taparlas, el «gorro frigio» (que luego usaron los libertos en Grecia y Roma, y posteriormente adoptaron los revolucionarios franceses) pero claro, había una persona que por fuerza tenía que verlas: su barbero (eso dice la leyenda, se ve que a su esposa logró convencerla de que el gorro era sexi, eso o que ya no había ayuntamiento carnal entre ambos, no lo sé aunque esta última posibilidad con lo rijosos que eran los clásicos me extraña). El pobre barbero tenía prohibido hablar a nadie de las orejas del rey, so pena de muerte, pero le pesaba tanto el secreto que de algún modo tenía que desahogarse; entonces hizo un hueco al borde de un río, contó su secreto en él y lo tapó, pensando que estaba a salvo. En ese hueco crecieron unas cañas que al ser mecidas por el viento, susurraban: «el rey Midas tiene orejas de burro».
Lo que se dice un secreto a voces.

Jueves, 11 de Noviembre de 2004

es todo un muestrario de pequeñas manías y de variedad, a nada que una mire a quienes lo toman alrededor. Rara vez se hace una petición sencilla: desde mi humilde solo hasta los con leche fría, o caliente, o templada (que ya es el colmo, cuando escucho que la piden templada me imagino al camarero metiendo el codo en la jarra a ver como va la temperatura para que el cliente no se queme la lengua), en taza de desayuno o taza normal, está toda la gama de «corto de leche», «corto de café», cortado por las buenas (que además aquí es un café pequeñito y en Valencia, generosos ellos, equivale a nuestro café con leche, si no te ponen una piscina), perfumadito, descafeinado de máquina y sus variantes con hielo. Eso por no entrar en los que prefieren té o colacao, yo colacao no porque no cuelan la leche, que van recalentando en la misma jarra durante toda la mañana, y cuando la sirven cae esa especie de telilla asquerosa que cuando es gorda dicen que es nata pero a mí sólo me gusta montada y azucarada.
Mi problema con la nata me ha hecho compradora de coladores, ni sé los que puedo haber comprado ya, cada vez que voy a dormir o a pasar unos días a casa de alguien, compro uno; hombre, normalmente espero a ver si tienen, porque tampoco es que sea un regalo nada glamouroso, una no puede llegar a un sitio y como detalle llevar un colador, que es un objeto feísimo porque los que son algo más monos no sirven, para poder desayunar al día siguiente; pero si no tienen al día siguiente lo primero que hago, tras desayunar con zumo, es ir a comprar uno. Claro que previamente me intentan convencer de que la leche ya no hace nata, mujer, si no se nota, nata hacía la leche antes, esto de ahora no es leche ni nada, apártalo con la cucharilla y ni te enteras, bla, bla, bla.
Así que el colacao lo tomaba siempre en casa, ahora no porque ya no puedo tomarlo sin que una voz de matrona complacida resuene en mis oídos diciendo «qué queréis, es un niño», cosa que nunca me había ocurrido con el negrito (actualmente subsahariano) del África tropical, a ese no me lo imaginaba nunca porque el anuncio lo escuchaba principalmente por la radio y los únicos negros que había por aquí eran los jugadores del Forum.

Miércoles, 10 de Noviembre de 2004

así se titula una película de Wolfgang Becker que se presentó el año pasado en la SEMINCI, y cuenta la historia de una mujer de la R.F.A., comunista convencida, que sufre un accidente el día 8 de noviembre de 1989 y permanece en coma mientras su mundo desaparece, mientras los alemanes derriban el muro que dividía no sólo a una nación sino al mundo entero en dos partes que parecían condenadas a no volverse a encontrar nunca. La caída del muro, ayer hizo quince años (es decir, decimoquinto aniversario, no quinceavo que no somos ministros de cultura), escenificó gráficamente el fracaso de esa separación, y del comunismo como régimen político, aunque algún dinosaurio quede lanzando el estertóreo (a veces también estentóreo) grito de patria o muerte.
Volviendo a la película, cuando la vi me recordó el argumento a una obra de Alonso Millán, «Se vuelve a llevar la guerra larga», que leí hace mucho tiempo en la colección de obras de teatro de Escelicer que había ido reuniendo mi abuela; en ella nos cuenta como un exseminarista que permanece escondido en una casa de Madrid desde la guerra civil es mantenido en esa situación por su mujer, quien para evitar que le abandone, ha montado una escenografía que incluye redadas de los rojos, pan negro, achicoria, bombardeos nocturnos y todo tipo de restricciones, haciéndole creer que el ejército de Franco llevaba cuarenta años rodeando Madrid sin poder tomarlo. Lo cierto es que quienes fueron perseguidos por los republicanos hacía años que podían vivir tranquilos, en los años en los que se escribió la obra lo que sí había aún era gente escondida para no ser víctima de represalias por parte de los ganadores de la guerra, topos viviendo durante años en zulos habilitados en sus casas, muertos para todo el mundo excepto para su familia más cercana. Quisiera saber qué ha sentido esta pobre gente al ver en la portada del magazine del mundo este fin de semana a la impúdica familia del dictador posando en el Valle de los Caídos con motivo de la boda de opereta que el niño aspirante a todos los títulos a los que sus antepasados renunciaron se ha montado a cuenta del braguetazo con esa matrona venezolana que ha pescado. A mí me ha dado vergüenza ajena.

Martes, 9 de Noviembre de 2004

el besoPedía ayer Amanda una descripción de besos dados, pero me veo incapaz porque los mejores besos no puedo recordarlos, no sé conservar el mínimo resquicio de consciencia necesario para asistir a ellos como espectadora, o quizá sea porque los mejores besos siempre están por venir. Si el beso merece la pena te deja sin respiración, con la mente en blanco, con las rodillas temblando ¿cómo contarle a alguien, si no es al oído y para besarle otra vez, un beso que has compartido?
Puedo hablar de los besos imaginados, o mejor aún, de los largo tiempo anhelados, los que vamos elaborando en nuestro cuerpo para sorprender a nuestro amante un día especial, cuando le encontramos después de un tiempo, besos en los que no se ha posado nunca la rutina, cuando aún no conocemos los labios ajenos, sólo lo justo para recordarlos cálidos, acogedores, sabios y expectantes, entreabiertos para recibirnos, dispuestos a recorrernos sin pausa, besos que unen los labios desde el pubis, cuando aún se distingue un cuerpo del otro, besos de labios azules.

Así que ya sabe, me puede usted besar en la mano, me puede dar un beso de hermano, así me besará cuando quiera, pero un beso de amor… bueno, no lo sé, si en el fondo (y en la forma) yo tiendo a frívola. Nada, olvida lo que he dicho, y dame más, descubre si me enseñó Judas a besar.

Lunes, 8 de Noviembre de 2004

En «Divorcio para una virgen rota» el Alcalde no hacía más que preguntarse «¿pero qué diablos hago yo aquí?» mientras presenciaba un bodorrio preparado por una novia talludita mal desflorada en su primer matrimonio de modo que, en los años en los que transcurría el libro, sólo pudo conformarse con irse de su casa y ni siquiera podía optar por la disolución por matrimonio rato y no consumado. Ahora el Alcalde estaría libre de compromisos semejantes, ocupado como estará oficiando él mismo alguna de esas ceremonias que inventamos en España cuando rehuímos las católicas, para sustituir la sensación de orfandad que nos deja el no tener ritos propios diferentes.
Este año yo he padecido una boda en el Ayuntamiento en la que uno de los invitados, que bautizamos inmediatamente como «el poeta de la mousse», tuvo el cuajo de recitarles a los novios, dramatizando, la «epístola de San Pablo a los Corintios» y lo peor es que a pocos de los invitados nos pareció una salida de pata de banco. Aunque lo normal en bodas es el modelo Letizia, progre que te mueres hasta que te dan la oportunidad de vestirte de blanca princesita por escuchar un ratito al cura. Aún así, las bodas tienen todo el sentido del mundo porque abren la puerta a una serie de derechos que estando soltero no se tienen, es lógico que existan matrimonios civiles puesto que somos un Estado laico, y que las confesiones tengan sus ritos para celebrarlos.
Ahora le toca el turno a los «bautizos civiles», bueno, «acogida civil» dice la cursi madre de la criatura agraciada con la ceremonia en Igualada, como si el pobre crío no fuese ciudadano desde antes, como si no tuviese derechos protegidos incluso desde antes de haber nacido. Pero vale, su progre mamá ya ha podido organizar todo como ha visto desde pequeña, si es que somos avanzados, pero nos morimos por una fiestecita. Sí, en algunos lugares de Francia se hace, pero recordemos cuando lo instauraron, por favor, que cuando queremos ser modernos miramos a su siglo XVIII. Vamos, que lo de la acogida civil es innecesario, pero sobre todo, es una cursilada.
Como cuando el niño sea mayorcito querrá una fiesta de primera comunión, y como lo de la comunión civil es mucho más raro (los Alcaldes que yo sepa sólo reparten hostias a través de la policía municipal), propongo que la sustituyan por la fiesta de la «primera polución nocturna» de la criatura; vale, es posible que el niño se muera de vergüenza, pero ¿y la fiesta?


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