La música no siempre amansa
Cuando Perseo mató a Medusa, la única mortal de las tres gorgonas, Atenea fabricó una flauta para imitar los llantos de Euríale y Esteno, sus hermanas inmortales. Pero como cuando la diosa soplaba la flauta su rostro se deformaba (su rostro y el de cualquiera, a ver quién está guapo soplando…) la arrojó airada justo en el momento en que pasaba por allí el sátiro Marsias. Éste la recogió y practicando llegó a convertirse en un artista extraordinario. Deleitaba con su música a ninfas y sátiros, y en medio de tanta adulación creyó poder medir su arte con el de Apolo, olímpico hijo de Zeus y de la titánide Leto, el dios músico que había inventado el laúd y había recibido la lira que le dio Hermes. El dios aceptó, pero el vencedor impondría una prenda al vencido, siendo árbitros las hijas de Mnemósine y Zeus que formaban el cortejo de Apolo, las Musas. Las nueve asistieron al duelo musical, que se iba desarrollando con tal igualdad que les hacía imposible tomar una decisión y declarar un vencedor, hasta que Apolo añadió una dificultad a la competición: ganaría aquél que mejor tocase su instrumento al revés. La lira del dios sí podía ser tocada al revés, pero no la flauta doble de Marsias, que perdió el desafío. El castigo de Apolo fue inclemente, extremadamente cruel: le desolló vivo, para castigar su soberbia. Ese es el momento que recoge el cuadro de Luca Giordano que veis. La sangre de Marsias se tranformó en un río que recorría Frigia, al que también se vertieron las lágrimas de las ninfas y los sátiros, sus compañeros, consternados por el sangriento final del reto.
Pero no fue el único duelo musical en el que se vio envuelto Apolo: también se midió con Pan por ver cual de sus instrumentos sonaba mejor, si la flauta de caña o el laúd, y cuando el juez designado nombró vencedor a Apolo, Midas, el mismo rey frigio que había recibido la «gracia» de Dionisio de convertir en oro todo lo que tocase, discrepó del veredicto. Entonces Apolo, con el mismo buen carácter de siempre, ya que tenía tan mal oído le hizo crecer unas orejas de asno (afortunadamente Apolo no me escucha cantar a mí). Para ocultárselas a todo el mundo tuvo que hacerse un bonete (a ver en qué estáis pensando) lo suficientemente alto como para taparlas, el «gorro frigio» (que luego usaron los libertos en Grecia y Roma, y posteriormente adoptaron los revolucionarios franceses) pero claro, había una persona que por fuerza tenía que verlas: su barbero (eso dice la leyenda, se ve que a su esposa logró convencerla de que el gorro era sexi, eso o que ya no había ayuntamiento carnal entre ambos, no lo sé aunque esta última posibilidad con lo rijosos que eran los clásicos me extraña). El pobre barbero tenía prohibido hablar a nadie de las orejas del rey, so pena de muerte, pero le pesaba tanto el secreto que de algún modo tenía que desahogarse; entonces hizo un hueco al borde de un río, contó su secreto en él y lo tapó, pensando que estaba a salvo. En ese hueco crecieron unas cañas que al ser mecidas por el viento, susurraban: «el rey Midas tiene orejas de burro».
Lo que se dice un secreto a voces.


Mi problema con la nata me ha hecho compradora de coladores, ni sé los que puedo haber comprado ya, cada vez que voy a dormir o a pasar unos días a casa de alguien, compro uno; hombre, normalmente espero a ver si tienen, porque tampoco es que sea un regalo nada glamouroso, una no puede llegar a un sitio y como detalle llevar un colador, que es un objeto feísimo porque los que son algo más monos no sirven, para poder desayunar al día siguiente; pero si no tienen al día siguiente lo primero que hago, tras desayunar con zumo, es ir a comprar uno. Claro que previamente me intentan convencer de que la leche ya no hace nata, mujer, si no se nota, nata hacía la leche antes, esto de ahora no es leche ni nada, apártalo con la cucharilla y ni te enteras, bla, bla, bla.
así se titula una película de
Pedía ayer 






