Archivo del 8 de Diciembre de 2004

Mil albricias

Durante muchos años, todos los que estuve en el colegio, el día de la Inmaculada (que antes aparecía como una fiesta aislada, no en medio de un macropuente porque cuando yo nací y hasta unos añitos después no había Constitución, sino Leyes Fundamentales) cantábamos el «mil albricias». Creo que, de hecho, el poder pronunciar y entender las palabras de esa canción-himno marcaba el paso a adolescente, o lo que quiera que haya después de la niñez, porque yo me recuerdo perpleja, con cuatro, seis años, en la capilla del colegio, intentando cantar cosas como «mil albricias al pasado siglo, Pío Nono se llena de honor, pues proclama cual dogma sagrado la muy pura y sin par concepción» o «disputaban los siglos la dicha de escuchar la divina sanción que fijase cual dogma sagrado toda pura es la Madre de Dios», e incluso «once lustros contaba ya el siglo cuando Pío los sellos abrió y al clamar toda pura es María todo el orbe de luz se inundó», mirando asombrada como «las mayores» no sólo movían la boca en torpe imitación, sino que cantaban esas cosas tan raras. Hay que tener en cuenta además que para encajar tan elaborados versos en la música sonaba algo así como dis-pu-taaaaaa-ban los siiiiii-glos la diiiiii-i-cha, además como veinte tonos por encima de lo que podíamos alcanzar sin gallos. Así pues el cantar el «mil albricias» a esa edad se me antojaba tan difícil como mantener planchadas las tablas de la falda del uniforme cuando me sentaba o que las medias se sujetasen justo debajo de la rodilla y no en el tobillo, que es donde la querencia hacía que terminasen. En realidad lo cantábamos el día 7, que era lectivo, y hacíamos fiesta en el colegio (en B.U.P. y C.O.U. tocaba festival de canciones, algún día contaré cómo era la canción con la que mi clase ganó en tercero) , y el día 8, que había una Misa a la que acudíamos con los padres; en mi caso con más familia, porque a lo tonto acumulamos una ingente cantidad de ex-alumnos teniendo en cuenta los poquitos que somos.
Ahora las cosas son distintas, ayer me pasé la tarde en la cocina adaptando una receta de El Cocinillas para la comida de hoy, en la que nos reunimos todos los de la familia que estamos aquí y dedicamos la tarde a convertir la casa en un festival de luz y color; y aunque con los años vamos tendiendo al «minimalismo» en decoración aún nos falta mucho para alcanzarlo, claro que si uno no se desmanda en Navidad ¿cuándo va a hacerlo?. Por ejemplo, este año convivirán en nuestras ventanas molinillos-antipalomas y nieve formando figuritas navideñas. Solemos comentar como coartada que a la abuela (a falta de niños) le gusta, pero lo cierto es que, aunque nos critiquemos con saña, que en mi familia somos bastante crueles, sospecho que a todos nos encanta el jaleíllo.

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