Lunes dulce
De pequeña era capaz de localizar una pastelerÃa a distancia si estaban horneando abisinios, unos bollos de masa frita con crema pastelera por dentro y azúcar por encima de los que no encuentro foto, en internet los únicos abisinios que hay son gatos, y conscientemente no he comido jamás uno. Estoy segura de que hay perros de caza menos dotados que la niña golosa que yo era; no sé si llegaba a adoptar la postura clásica del pointer, señalando con el hocico la dirección que debÃamos seguir para llegar a la tienda, pero sé seguro que suspiraba pensando en el momento en que viese cumplido mi objetivo de tener el enorme pastel entre las manos para luego comérmelo haciéndolo durar, con una racanerÃa disfrazada de paciencia y con método, dejando para el final la parte con más crema, manÃa esta (la de escalonar, incluso aplazar mÃnimamente el placer) que aún mantengo.
Ahora aunque me sigue gustando el dulce no llego al nivel de entonces, no sé si sugestionada desde mi más temprana adolescencia por las campañas que nos hacen ver a los gordos como gente de segunda clase (aunque sea de forma inconsciente e importada) o porque (quiero pensar que es esto) con los años el paladar va educándose y en la variedad, también a la hora de comer, está el gusto. Aún asÃ, hay cosas excesivamente grasientas ahora para mÃ, creo que soy incapaz de tomarme actualmente un abisinio y tampoco me hacen demasiada gracia los dulces tÃpicos navideños, esos creo que jamás me la han hecho, menos desde el año que en pleno boom de turrones de sabores trajimos una tableta de cada sabor para probarlas, con un resultado desastroso, porque con lo poquitos que somos, tocábamos a una cantidad ingente/indecente de tabletas por cabeza, y como no Ãbamos a reventar antes de que sobrase, lógicamente sobraron los sabores más exóticos, algunos de los menos, e incluso los tradicionales, empachados con la orgÃa del gusto que llevábamos. Especialmente desastroso el experimento con kiwi, porque aquellos fueron los años en los que los kiwis invadieron todo, las ensaladas, los postres, las guarniciones combinasen o no con el plato principal, con esa v doble que hace que los más mayores le llamen «quivi», como llamaban «visqui» al «güisqui», y los más jóvenes «quigüi». España pareció entonces la nueva rica del kiwi, posiblemente porque en realidad lo era, y como era nueva rica necesitaba comer ensaladas «divertidas» antes de pasar a la «lubina mismo» para terminar arrojando el dinero sobrante de la cena en las alcantarillas.
Asà que tras aquel año de variedades infinitas, hemos estado muchos sin salir del clásico duro-blando-chocolate (sÃ, ya sé, blando y duro son Jijona y Alicante, pero los llamamos asÃ, como en muchos otros sitios) hasta que el sábado he probado el de tarta de Santiago; realmente de “turrón” tiene poco más que la presentación en tableta, pero está tan rico que me parece que va a ser mi preferido esta Navidad.









