Archivo del 14 de Diciembre de 2004
Costumbres molestas
Hace pocos años el teléfono móvil llegó a nuestras vidas y se ha instalado de tal forma que parece que siempre ha estado ahí. Creo que conozco a una sola persona que carece de él y no aparenta echarlo de menos. He llegado hasta a acostumbrarme al hecho de que a cada uno nos parece delicioso, estimulante y digno de escucha cada fragmento de conversación que emitimos y por tanto veo casi normal enterarme de cientos de mitades de conversaciones al día, esté donde esté; en mis ratos buenos pienso que quizá gritan porque al otro lado hay una persona con problemas de audición, y eso les exculpa. Me fascina la gente que vuelve a las cinco de la madrugada a casa colgada del móvil, haciendo un resumen de lo vivido a quien no ha salido, a quien ha tenido que volver antes, seguramente mucho más interesante que la realidad. Pero lo que no tiene perdón posible es llevar el teclado con sonido. Y directamente de afusilamiento con a de amoto el escribir un mensaje con el teclado sonoro del teléfono, que no es un pi por letra, es un baile de pi, pipí, pipipí, pipipipí, y si la persona es mayor y no tiene práctica, necesita encima borrar y reescribir o dar más de cuatro veces por tecla porque se le pasa la letra que quiere. Yo creo que hay torturas menos refinadas que estar al lado de un torpe escribiendo un mensaje con sonido en el teclado. Mucho peor que algunos tonos, politonos o realtonos; peor incluso, por inevitable, que el «envía eructo al XXXX». A lo que casi estoy resignada es a que suene en el cine, debe de haber un número grandísimo de personas absolutamente imprescindibles, gente sin la que España no puede seguir caminando si durante los 90 ó 100 minutos que dura una película permanece ilocalizable. Al principio muchos mirábamos con cara de perro al infame al que le sonaba, pero últimamente la tolerancia en el cine es infinita, y se asumen como normales cosas que no lo son: no es normal tener que comer mientras dura la película, supongo que habrá gente con enfermedades que hagan que les descienda la glucosa si no comen o cosas así, vale, que se tomen algo, pero si la mayoría está aceptablemente sana ¿por qué hay que estar escuchando el ruido de los envoltorios y las chucherías? En el cine yo tengo muy malas experiencias, creo que es una cuestión de mala suerte, y eso que suelo esperar a que pase el fragor del estreno y procuro no ir el día del espectador. Recuerdo cuando fui a ver «Los otros», en un día laborable, tarde, para evitar algún niño despistado en el cine pensando ingenuamente que lo peor son los niños, nos sentamos, y a nuestro lado había un grupo de cinco o seis señoras rondando la cincuentena, pensamos en nuestra suerte, al menos con esa edad saben leer la cartelera e imaginan qué tipo de película van a ver, y van porque quieren, no porque sus padres se hayan empeñado en que estén sentadas durante un par de horas contra su voluntad. Al cuarto de hora descubrimos que las señoras que habían ido al cine con una finalidad exclusiva: comer doritos, que además se ofrecían unas a otras después de haber abierto la bolsa despacito pero muy mal, es decir, con todo el ruido del mundo, mientras charlaban de sus cosas y de las ajenas, de lo mona que es Nicole, por asociación cotilla de ideas, de lo bajito que es Tom, de Penélope, uy, parece que la película es de miedo, pues qué lenta, me pone nerviosa oir las puertas que se abren chirriando… para hacer lo que hicieron, a ellas les hubiera salido mucho más barato apoltronarse a media tarde en una cafetería con veladores de mármol y pedir un chocolate a la española. Ninguna mirada asesina (y a mí me salen muy bien, que conste), ningún siseo, ningún gesto de cólera mal contenida hizo que esos loros callasen y dejasen de masticar, por el ruido las dentaduras de todas eran caras, por postizas, y mal encajadas. Eso sí, a ninguna le sonó el teléfono: era gente prescindible.
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