Quien a los suyos parece…


Intento ser pacífica, sobre todo por una cuestión de fuerza y por carecer de toda maña para una pelea, es decir, por razones puramente utilitarias y de desventaja física (mía) sobre casi cualquiera. Siempre he pensado racionalmente que en caso de verme atacada en algún momento lo inteligente sería intentar sufrir el menor daño posible, aunque hace unos años vi que una cosa es lo que piensas en frío y otra los instintos animales que surgen cuando te sientes mínimamente atacado.
Caminaba yo por la calle, con alrededor de veinte años, muy mona con una minifalda de vuelo, camino de Cantarranas, cuando me crucé con un bigardo al que no miré porque si no llevo las gafas de sol puestas no miro a los rostros de la gente, más que nada porque sólo veo un manchón borroso y si quiero ver algo más, parece que pido guerra. Bien, según nos cruzamos, además de decirme algo se le ocurrió la idea de meter la mano al pasar por debajo de la falda; apenas un roce porque ni siquiera se detuvo, sólo ralentizó el paso. En realidad el incidente en sí es una bobada, y entonces tampoco tenía mayor gravedad, pero reaccioné desproporcionadamente, girando sobre mí para encararme a él, que me sacaba medio metro de alto y uno de ancho, y lanzarle un bofetón con las uñas por delante. De repente, nos miramos perplejos, él con la cara marcada por cuatro uñas y yo pensando que como me devolviese la torta me iban a tener que despegar del asfalto. Pero, afortunadamente, su perplejidad fue mayor porque sólo musitó «no era para tanto» y siguió su camino; yo seguí el mío temblando progresivamente hasta el bar donde había quedado y al llegar allí era un auténtico flan, ni os imagináis como tiemblo cuando me pongo a ello, echándome la bronca mentalmente por inconsciente y agresiva.
Hasta ayer yo había atribuido esa actitud mía al instinto animal que surge en situaciones en las que te ves amenazado y bla, bla, bla.
Hasta ayer. Ayer he descubierto que debe de ser genético, porque la MadredelaPrincesadelGuisante al descubrir a una carterista en plena faena de sustraerle el monedero, se ha dado media vuelta cual furia vengadora y ha arreado un sopapo, torta o empellón (según versiones) a la incauta inmigrante del Este que se las prometía tan felices después de haber logrado abrir el bolso. Cuando nos lo contó anoche creo que todos tuvimos la intención de soltar el sermón «un monedero no es importante, no te pongas en peligro», pero la verdad es que creo que ninguno podíamos aguantar la risa imaginando a mi madre, generalmente tan bienhumorada que no parece mi madre, en medio de una exposición de Belenes, armada de pieles y sombrero, girándose para encararse con la agresora y portándose como La Novia. De película.

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