Esta frase, entre otras, lleva rondándome desde que terminé de leer el segundo volumen de «Tu rostro mañana», el libro de Javier Marías que me regalaron el viernes pasado, fecha en la que he decretado desde hace años celebrar mi santo con la gente más cercana (porque aquí tampoco hay mucha costumbre de onomásticas), por unificar criterios ya que mi nombre es de esos romanos perdidos en el martirologio, cosa que no tienen que hacer quienes llevan como nombre una advocación de la Virgen, porque aunque sólo sea en el lugar donde se celebra y por laicos que aparentemos ser, todos saben cuando es la Virgen de su pueblo, especialmente si se celebran las fiestas. En realidad no pensaba leerlo aún, ni siquiera comprarlo, porque cuando terminé el primer volumen me sentí tan ansiosa por continuar leyendo la historia que mi estado sólo puede calificarse (con vergüenza lo reconozco) como de auténtico berrinche, y para evitarme disgustos me dije: cuando estén los tres, continúas leyendo. Pero mi voluntad es frágil y la tentación de Marías demasiado grande. ¿He dicho que me encanta? bueno, pues me gusta leer con la sensación de que alguien utiliza las palabras exactas, las que elige con un cuidado innato pero cultivado de entre las muchísimas que domina. Ayer comentaba con alguien que tal vez no me guste siempre lo que piensa, pero me fascina como lo piensa, o como intuyo yo que lo hace a través de como lo expresa.
«Morimos en tal lugar». En realidad forma parte de una cita más larga, de Shakespeare en su «Enrique V»:

Pero si la causa no fuera buena, el mismo rey tiene que hacer un firme reconocimiento cuando todas esas piernas y brazos y cabezas cercenadas en una batalla sean unidos en el último día y griten en su totalidad ‘Nosotros morimos en tal y tal lugar’, algunos maldiciendo, algunos clamando por un cirujano, algunos sobre sus esposas dejadas pobres detrás de sí, algunos sobre las deudas que tienen pendientes, algunos sobre sus hijos abandonados cruelmente. Mucho me temo que muy pocos mueren bien cuando fenecen en una batalla.

En una batalla o no, creo que muy pocos «mueren bien». Me aterra, o me desasosiega, la idea de Juicio Final colectivo, de todas las almas clamando en el mismo instante, exigiendo simultáneamente atención para su historia y reparación para su dolor, igual de importantes los del que murió solo como los del que formó parte de un lote innominado a manos de verdugos desconocidos, sin muertos de primera y segunda clase: cuando ya no queden vivos para utilizar el dolor de nadie la muerte será por fin igual para todos. Y aún así, sin que llegue el Último día, no podemos dejar de oír la voz de las víctimas sin estremecernos.