La Princesa peinada

A veces viene bien una mañana como la de hoy, en la que después de desayunar tranquilamente, la MadredelaPrincesadelGuisante y yo nos hemos ido a pasar la mañana a la peluquería, después a tomar un café, luego de compras…
Con las peluquerías mantengo una relación amor-odio. Me encantan porque es un sitio donde te miman y acarician sin pedirlo, y yo habitualmente pido mimitos, por ese lado el amor; pero aborrezco verme reflejada mire hacia el lado que mire, con esa profusión de espejos, que hacen que te veas hasta lo que no tienes, o lo que tienes pero procuras olvidar. Además te ves de la forma menos favorecida, claro, porque según entras te ponen una batita blanca, y yo siempre me he llevado mal con las batas, hasta con el babi mil rayas del colegio que llevábamos los lunes recién planchado porque si se te olvidaba había castigo y que no volvía a casa hasta el viernes por la tarde; quince añitos con look de presa. Así que ahora no tengo bata ni para salir de la cama, que esas cosas si se tienen en casa terminan usándose en un momento de debilidad y frío. En días como hoy, que voy con tiempo a hacerme lo que ahora llaman un «baño de color» que viene a ser la sofisticación del tinte de nuestras abuelas, como la «empleada de finca urbana» sustituyó a la portera, en principio voy mentalizada, pero en cuanto me veo hecha un cromo con el pelo mojado pegándose al cráneo y papeles de plata adornando la cabeza para proteger lo que antes eran mechas y ahora «matizaciones de color», siempre me asaltan los mismos pensamientos que rompen por fuerza el bienestar a golpes de zozobra: como se vaya el agua en este momento la armamos. Es verdad que la peluquería está a un paso de mi casa, pero es un camino muy transitado; nunca se ha dado el caso, pero esto viene a ser mi pesadilla despierta. También tengo pesadillas dormida, bueno, no a menudo, he tenido dos en mi vida, y ninguna era verme desnuda frente al mundo, que es bastante habitual por lo visto y además yo soy razonablemente púdica. La primera era razonable, soñaba que me atacaba un lobo, sentía como me mordía y todo, lo de la segunda es un poco más incomprensible: había tenido un niño rubio, blanco, gordote, que me miraba fijamente con unos ojos azules inmensos, con una cara de antipático que daban ganas de ser Herodes y que sólo me ponía a mí, el resto del mundo le encontraba guapo y simpático; de ésta, y ya hará un año que la tuve, aún no me he repuesto.
; ?>/img/plica_zaragozame_guay_200.jpg)