Mirándome el ombligo
Hoy, además de ser Navidad, hace seis meses que empecé de nuevo con la historia esta de los blogs, empujada insistentemente por Maribel que siempre es muy generosa, hasta desmedida, en sus elogios. Como por aquel entonces ya conocía a Ararat, y su ombligo es mucho más bonito que el mío, para evitar odiosas comparaciones saqué del armario este segundo blog que había bautizado uno de mis motes familiares (hay más, pero sólo los saben algunos lectores silenciosos).
Pronto mi aristocracia de pega fue seducida por la sensación de peligro que suele encarnar un joven hegeliano, y conocí al Camarada Bakunin, y gracias a él a algún otro ser muy interesante que se mueve por sus páginas, y a Manuti. Después, Carmen me encontró a mí y yo a través de ella a Bambino, y con ellos he visto como se mueven en Aragón por su tierra. Y he conocido la serenidad de Amanda, y me ha empujado (suavemente) El Cocinillas hasta los fogones (sólo un día, pero menos es nada). Septiembre se llevó al Anacoreta a algún sitio del que espero que regrese y noviembre trajo hasta aquí a Mauricio, que es tan sensual que… ejem, es Navidad, no voy a desmadrarme
También se habían animado por entonces Makats y Binche, y Big se anima y se desanima, y Esther ha vuelto en pie de guerra. Pero antes había llegado Yambra, del que no digo nada; si leéis habitualmente este blog sabréis que hay cosas que no digo porque es fácil pasar la línea de la cursilería (vale, soy indulgente conmigo, me convenzo de no haberla traspasado aún), y de su mano entré en el lugar donde habita el Prisionero de las Sombras, para quedarme allí.
Pues a todos ellos, y a los que leéis cada día o de vez en cuando, feliz Navidad, servíos una copita.

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