Empalagada

En mi ciudad tenemos fama de «secos» (en el sentido de ásperos, desabridos en el trato), y no voy a discutirlo porque siempre he sospechado que los tópicos tienen algo (o mucho) de cierto, aunque sean injustos como todas las generalizaciones y además sólo nos guste cuando hacen referencia a una cualidad y no a un defecto (ningún catalán saltará si yo digo que los catalanes son muy trabajadores y progresistas, aunque exista carod para demostrarme la excepción, y algún cunero pondrá un ofendido comentario si digo que son tacaños, agraviado sin remedio).
Como decÃa, tenemos fama de secos, o antipáticos, y desde luego hay comercios en los que da rabia comprar porque parece que están haciéndote un favor por atenderte; no me refiero a encontrar a alguien en un mal momento, incluso en un mal dÃa, que todos los tenemos y el trato con el público es bastante cansado, sino a tiendas donde invariablemente te tratan mal. Incluso en el Corte Inglés de aquà hay que cazar a lazo a los dependientes, y en otros centros de España no te dejan ni mirar sin preguntarte que qué deseas. Pero las cosas están cambiando, no sé si será un efecto colateral de la globalización o la sobredosis de telenovelas sudamericanas de hace años, y ya me ha pasado en varios sitios (no sólo ahora que estamos en Navidades y podrÃa deberse a una sobredosis de dulces) que me he sentido abrumada por el «amor» rayano en adoración que mostraban las dependientas, con hombres aún no me ha ocurrido supongo que porque lo ven un poco gay: «¿qué quieres, cielo?», «¿te está bien, cielo?», «ahora mismo te lo miro, cariño». Y queda raro. En primer lugar, porque ya voy teniendo una edad, y casi todas las dependientas son más jóvenes que yo (algunas insultantemente más jóvenes que yo) asà que no sé por qué usan ese tono como de verme desvalida o necesitada de afecto: no soy ni parezco una mascota. En segundo lugar, porque hay situaciones en las que me hace gracia que alguien me llame asÃ, pero desde luego no es yendo de compras, y al alguien suele unirme una relación algo más intensa que la de comprador-vendedor. En tercer lugar, porque hay acentos con los que esas cosas tienen su punto (el argentino, por ejemplo) pero con el nuestro no, decididamente no. Y por último, porque entre ser un borde, y ser un empalagoso, ha de haber un término medio, seguro.
Estoy planteándome muy seriamente contestar la próxima vez: «deseo una faldita, cuchi-cuchi».









