Acabamos de pasar el solsticio de invierno, y celebramos la Navidad como antes se celebraba en estas fechas el nacimiento de otros dioses, todos ellos parte de «mitos solares» en los que un dios joven muere y resucita (el Horus egipcio, el Mitra persa, el Zagreus-Dioniso griego y su equivalente romano, Baco, entre otros). Y el año nuevo lo recibimos con esperanza siempre (año nuevo, vida nueva), significa muerte de lo antiguo y renovación. Desde siempre el ser humano (bueno, quizá desde siempre es muy categórico, digamos desde tiempo inmemorial) ha fijado fechas para celebrar los cambios de ciclo, y ha efectuado ritos para que el nuevo sea propicio, para atraer salud, dinero y amor, aunque a mí, más que esta canción, me resonará todo el día en la cabeza esta otra, igual que me paso el día de Nochebuena tarareando «fue en Nueva York, una Nochebuena, que yo preparé una cena pa invitar a mis paisanos…» y me emociono y todo cuando suenan en esta canción lo que en palabras de Javier Marías son

«[...] los acordes más sobados de un famoso y españolísimo pasodoble, debía de ser ‘Suspiros de España’ al que tanto recurren en mi país los novelistas y los cineastas para crear cierta emoción de mala ley y barata (los izquierdistas de letrero en la frente lo aprecian tanto como los criptofascistas), [...]»

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Así, poco antes de las doce campanadas pelaré mis uvas, quitaré los hollejos y las pepitas (sí, soy así, qué le vamos a hacer, en el pueblo donde mi abuelo tenía unas viñas aún se acordarán de cuando me llevaron con cuatro o cinco añitos a ver una vendimia y me dieron unas uvas para hacer la gracia; supongo, porque no la recuerdo, la cara de espanto que pondrían los lugareños cuando me vieron sentarme y empezar a pelarlas una por una por más que me intentaron convencer de que se comían enteras. «Estos de ciudad…» pensarían perplejos) e intentaré tragarlas después al ritmo que marque el reloj de la Puerta del Sol procurando no mirar a nadie de mi familia, porque me da la risa y me atraganto, como hacemos los españoles desde que se produjo aquel excedente de los vinateros catalanes en los años veinte y nos convencieron de que sus uvas de sobra eran «uvas de la suerte». Pero antes habré cenado con un billete debajo del plato, para asegurar si no fortuna, al menos no ir peor, y luego el billete me acompañará todo el año. Y pediré tres deseos anudando tres veces un lacito rosa que durante esta noche guardaré cerca del corazón.
Y, si sobrevivo a las uvas, brindaré con una copa de champán que llevará un poco de oro dentro mientras dedico el primer instante del año a las personas que quiero pero que no pueden estar esta noche conmigo. En este punto la abuela hace su ritual, que consiste en decir que ella no llegará al año siguiente y acongojar a sus hijas, pero en diez minutitos se les pasa y seguimos con la fiesta.
Brindaré esta noche porque el año que viene sea mejor que éste que dejamos atrás, que en grandes acontecimientos para mí empezó un 11 de marzo y termina con una cantidad inimaginable de muertos en otro punto del planeta.
Pero como en la caja quedó la esperanza, quiero brindar con vosotros por un año mejor ¡Salud!