Entradas archivadas en Diciembre dEurope/Berlin 2004

Martes, 21 de Diciembre de 2004


A veces viene bien una mañana como la de hoy, en la que después de desayunar tranquilamente, la MadredelaPrincesadelGuisante y yo nos hemos ido a pasar la mañana a la peluquería, después a tomar un café, luego de compras…
Con las peluquerías mantengo una relación amor-odio. Me encantan porque es un sitio donde te miman y acarician sin pedirlo, y yo habitualmente pido mimitos, por ese lado el amor; pero aborrezco verme reflejada mire hacia el lado que mire, con esa profusión de espejos, que hacen que te veas hasta lo que no tienes, o lo que tienes pero procuras olvidar. Además te ves de la forma menos favorecida, claro, porque según entras te ponen una batita blanca, y yo siempre me he llevado mal con las batas, hasta con el babi mil rayas del colegio que llevábamos los lunes recién planchado porque si se te olvidaba había castigo y que no volvía a casa hasta el viernes por la tarde; quince añitos con look de presa. Así que ahora no tengo bata ni para salir de la cama, que esas cosas si se tienen en casa terminan usándose en un momento de debilidad y frío. En días como hoy, que voy con tiempo a hacerme lo que ahora llaman un «baño de color» que viene a ser la sofisticación del tinte de nuestras abuelas, como la «empleada de finca urbana» sustituyó a la portera, en principio voy mentalizada, pero en cuanto me veo hecha un cromo con el pelo mojado pegándose al cráneo y papeles de plata adornando la cabeza para proteger lo que antes eran mechas y ahora «matizaciones de color», siempre me asaltan los mismos pensamientos que rompen por fuerza el bienestar a golpes de zozobra: como se vaya el agua en este momento la armamos. Es verdad que la peluquería está a un paso de mi casa, pero es un camino muy transitado; nunca se ha dado el caso, pero esto viene a ser mi pesadilla despierta. También tengo pesadillas dormida, bueno, no a menudo, he tenido dos en mi vida, y ninguna era verme desnuda frente al mundo, que es bastante habitual por lo visto y además yo soy razonablemente púdica. La primera era razonable, soñaba que me atacaba un lobo, sentía como me mordía y todo, lo de la segunda es un poco más incomprensible: había tenido un niño rubio, blanco, gordote, que me miraba fijamente con unos ojos azules inmensos, con una cara de antipático que daban ganas de ser Herodes y que sólo me ponía a mí, el resto del mundo le encontraba guapo y simpático; de ésta, y ya hará un año que la tuve, aún no me he repuesto.

Lunes, 20 de Diciembre de 2004


Conozco a varias personas que no sé si por inconstancia o por afán de notoriedad pasan su vida en una constante despedida. Estén donde estén, hagan lo que hagan, al poco tiempo inevitablemente dicen adiós. Mejor dicho, por inconstancia no, puesto que si fuese esa la causa, dirían adiós y se irían; decicidamente me inclino por el afán de notoriedad, o por carecer de la atención que necesitan. Estas personas han hecho de su vida la despedida eterna. Suele ser mejor cuando hay un agravio, porque así la despedida es dramática («no puedo continuar ni un segundo más después de esto»), pero no es una condición necesaria, también puede responder a cansancio, no por la tarea en sí, generalmente lo he observado más en tareas voluntarias (poca gente puede prescindir de un trabajo sin más) sino por la falta de atención suscitada, que, poca o mucha, no satisface sus expectativas. Constantemente vuelven por donde solían, primero a recordar que se han ido si no ha habido llantos y crujir de dientes por su desaparición, o si han sido insuficientes, o han durado poco en su egocéntrico parecer, a dar explicaciones que nadie, salvado el primer momento, pide; y después a continuar «por petición popular» hasta que necesiten nuevamente llamar la atención para dar un poquito más de emoción a su vida. En realidad las primeras veces que se pone en práctica la estrategia sí da resultado, después alguna gente despiadada entre la que me incluyo lo que hace es cronometrar el tiempo que falta para su vuelta, que suele producirse justo en el momento en que descubren que el mundo sin ellos sigue adelante. Amagando siempre con irse, pero nunca yéndose del todo, porque cuando uno quiere marcharse, se lo piensa antes, toma una decisión y en buena o mala hora se va, sin más historias ni dramatismos, no lo avisa públicamente mil veces antes para que le intenten convencer de lo contrario, no amaga mil veces para ver qué elogio, qué presente, que regalo o que cesión saca.
Decía que han hecho de su vida la despedida eterna, aunque en realidad sería más ajustado decir que es el eterno retorno.

Viernes, 17 de Diciembre de 2004

Leda con Zeus
Hoy toda la prensa se hace eco de una noticia que supongo que esconde (bueno, ni esconde) varios dramas personales de los que desde luego no me voy a ocupar, voces más serias y autorizadas lo harán, y una interesante evolución del derecho de familia a golpe de biología. Además la ciencia, que antes nos ha obligado a contextualizar las novelas policiacas de Agatha Christie y otros autores, imponiéndonos olvidar los avances que en materia de investigación y ADN se han realizado desde que fueron escritas, nos va a forzar asimismo a olvidar los viejos dramas de cornudos que junto con los de honra y hacienda tanto gustaban en esta España que nunca entendió el anglosajón modelo de marido complaciente, aunque lo practicase y lo practique, y aunque Graham Greene quitase la careta y mostrase que, si no la verdadera, también está la misma complacencia en el amante que adapta su vida a los huecos que el cónyuge del otro le va dejando. Eso cuando no es un amante ocasional, claro, al modo de Zeus, el engendrador insaciable, que prácticamente usaba a sus amantes hasta que plantaba la semillita, menos mal que les hacía disfrutar de maneras variadas, desde la lluvia de oro (esta vez no pondré dorada, para que no entren buscando lo que no hay) aunque en este caso estaba soltera, hasta en forma de cisne, como ocurrió con Leda cuando el burlado fue Tíndaro, que también debió hacerse cargo de hijos que no eran suyos: Helena y uno de los Dioscuros. Eso sí, los dioses lo organizaban mejor, cada pareja iba en un huevo distinto aunque hubieran sido engendrados la misma noche (esta Leda… ), uno para los hijos de Zeus (Helena y Pólux) y otro para los hijos de Tíndaro (Clitemnestra y Cástor).

Alcmena con Zeus bajo la apariencia de AnfitriónSin embargo, no todas las amantes de Zeus tuvieron un rato no diré ya ameno, que quizá con sus legítimos también lo tuvieran, pero al menos alternativo, para Alcmena no hubo forma exótica ni animal sagrado: el padre de los dioses tomó la apariencia de su marido Anfitrión para engendrar a Hércules. Esta es otra historia, que algún día contaré, pero mientras, si queréis, podéis leer cualquiera de los muchos Anfitriones que se han escrito, aunque a mí me gusta especialmente el que escribió Giraudoux.

Jueves, 16 de Diciembre de 2004


Esta frase, entre otras, lleva rondándome desde que terminé de leer el segundo volumen de «Tu rostro mañana», el libro de Javier Marías que me regalaron el viernes pasado, fecha en la que he decretado desde hace años celebrar mi santo con la gente más cercana (porque aquí tampoco hay mucha costumbre de onomásticas), por unificar criterios ya que mi nombre es de esos romanos perdidos en el martirologio, cosa que no tienen que hacer quienes llevan como nombre una advocación de la Virgen, porque aunque sólo sea en el lugar donde se celebra y por laicos que aparentemos ser, todos saben cuando es la Virgen de su pueblo, especialmente si se celebran las fiestas. En realidad no pensaba leerlo aún, ni siquiera comprarlo, porque cuando terminé el primer volumen me sentí tan ansiosa por continuar leyendo la historia que mi estado sólo puede calificarse (con vergüenza lo reconozco) como de auténtico berrinche, y para evitarme disgustos me dije: cuando estén los tres, continúas leyendo. Pero mi voluntad es frágil y la tentación de Marías demasiado grande. ¿He dicho que me encanta? bueno, pues me gusta leer con la sensación de que alguien utiliza las palabras exactas, las que elige con un cuidado innato pero cultivado de entre las muchísimas que domina. Ayer comentaba con alguien que tal vez no me guste siempre lo que piensa, pero me fascina como lo piensa, o como intuyo yo que lo hace a través de como lo expresa.
«Morimos en tal lugar». En realidad forma parte de una cita más larga, de Shakespeare en su «Enrique V»:

Pero si la causa no fuera buena, el mismo rey tiene que hacer un firme reconocimiento cuando todas esas piernas y brazos y cabezas cercenadas en una batalla sean unidos en el último día y griten en su totalidad ‘Nosotros morimos en tal y tal lugar’, algunos maldiciendo, algunos clamando por un cirujano, algunos sobre sus esposas dejadas pobres detrás de sí, algunos sobre las deudas que tienen pendientes, algunos sobre sus hijos abandonados cruelmente. Mucho me temo que muy pocos mueren bien cuando fenecen en una batalla.

En una batalla o no, creo que muy pocos «mueren bien». Me aterra, o me desasosiega, la idea de Juicio Final colectivo, de todas las almas clamando en el mismo instante, exigiendo simultáneamente atención para su historia y reparación para su dolor, igual de importantes los del que murió solo como los del que formó parte de un lote innominado a manos de verdugos desconocidos, sin muertos de primera y segunda clase: cuando ya no queden vivos para utilizar el dolor de nadie la muerte será por fin igual para todos. Y aún así, sin que llegue el Último día, no podemos dejar de oír la voz de las víctimas sin estremecernos.

Miércoles, 15 de Diciembre de 2004


Intento ser pacífica, sobre todo por una cuestión de fuerza y por carecer de toda maña para una pelea, es decir, por razones puramente utilitarias y de desventaja física (mía) sobre casi cualquiera. Siempre he pensado racionalmente que en caso de verme atacada en algún momento lo inteligente sería intentar sufrir el menor daño posible, aunque hace unos años vi que una cosa es lo que piensas en frío y otra los instintos animales que surgen cuando te sientes mínimamente atacado.
Caminaba yo por la calle, con alrededor de veinte años, muy mona con una minifalda de vuelo, camino de Cantarranas, cuando me crucé con un bigardo al que no miré porque si no llevo las gafas de sol puestas no miro a los rostros de la gente, más que nada porque sólo veo un manchón borroso y si quiero ver algo más, parece que pido guerra. Bien, según nos cruzamos, además de decirme algo se le ocurrió la idea de meter la mano al pasar por debajo de la falda; apenas un roce porque ni siquiera se detuvo, sólo ralentizó el paso. En realidad el incidente en sí es una bobada, y entonces tampoco tenía mayor gravedad, pero reaccioné desproporcionadamente, girando sobre mí para encararme a él, que me sacaba medio metro de alto y uno de ancho, y lanzarle un bofetón con las uñas por delante. De repente, nos miramos perplejos, él con la cara marcada por cuatro uñas y yo pensando que como me devolviese la torta me iban a tener que despegar del asfalto. Pero, afortunadamente, su perplejidad fue mayor porque sólo musitó «no era para tanto» y siguió su camino; yo seguí el mío temblando progresivamente hasta el bar donde había quedado y al llegar allí era un auténtico flan, ni os imagináis como tiemblo cuando me pongo a ello, echándome la bronca mentalmente por inconsciente y agresiva.
Hasta ayer yo había atribuido esa actitud mía al instinto animal que surge en situaciones en las que te ves amenazado y bla, bla, bla.
Hasta ayer. Ayer he descubierto que debe de ser genético, porque la MadredelaPrincesadelGuisante al descubrir a una carterista en plena faena de sustraerle el monedero, se ha dado media vuelta cual furia vengadora y ha arreado un sopapo, torta o empellón (según versiones) a la incauta inmigrante del Este que se las prometía tan felices después de haber logrado abrir el bolso. Cuando nos lo contó anoche creo que todos tuvimos la intención de soltar el sermón «un monedero no es importante, no te pongas en peligro», pero la verdad es que creo que ninguno podíamos aguantar la risa imaginando a mi madre, generalmente tan bienhumorada que no parece mi madre, en medio de una exposición de Belenes, armada de pieles y sombrero, girándose para encararse con la agresora y portándose como La Novia. De película.


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