Costumbres molestas
Hace pocos años el teléfono móvil llegó a nuestras vidas y se ha instalado de tal forma que parece que siempre ha estado ahÃ. Creo que conozco a una sola persona que carece de él y no aparenta echarlo de menos. He llegado hasta a acostumbrarme al hecho de que a cada uno nos parece delicioso, estimulante y digno de escucha cada fragmento de conversación que emitimos y por tanto veo casi normal enterarme de cientos de mitades de conversaciones al dÃa, esté donde esté; en mis ratos buenos pienso que quizá gritan porque al otro lado hay una persona con problemas de audición, y eso les exculpa. Me fascina la gente que vuelve a las cinco de la madrugada a casa colgada del móvil, haciendo un resumen de lo vivido a quien no ha salido, a quien ha tenido que volver antes, seguramente mucho más interesante que la realidad. Pero lo que no tiene perdón posible es llevar el teclado con sonido. Y directamente de afusilamiento con a de amoto el escribir un mensaje con el teclado sonoro del teléfono, que no es un pi por letra, es un baile de pi, pipÃ, pipipÃ, pipipipÃ, y si la persona es mayor y no tiene práctica, necesita encima borrar y reescribir o dar más de cuatro veces por tecla porque se le pasa la letra que quiere. Yo creo que hay torturas menos refinadas que estar al lado de un torpe escribiendo un mensaje con sonido en el teclado. Mucho peor que algunos tonos, politonos o realtonos; peor incluso, por inevitable, que el «envÃa eructo al XXXX». A lo que casi estoy resignada es a que suene en el cine, debe de haber un número grandÃsimo de personas absolutamente imprescindibles, gente sin la que España no puede seguir caminando si durante los 90 ó 100 minutos que dura una pelÃcula permanece ilocalizable. Al principio muchos mirábamos con cara de perro al infame al que le sonaba, pero últimamente la tolerancia en el cine es infinita, y se asumen como normales cosas que no lo son: no es normal tener que comer mientras dura la pelÃcula, supongo que habrá gente con enfermedades que hagan que les descienda la glucosa si no comen o cosas asÃ, vale, que se tomen algo, pero si la mayorÃa está aceptablemente sana ¿por qué hay que estar escuchando el ruido de los envoltorios y las chucherÃas? En el cine yo tengo muy malas experiencias, creo que es una cuestión de mala suerte, y eso que suelo esperar a que pase el fragor del estreno y procuro no ir el dÃa del espectador. Recuerdo cuando fui a ver «Los otros», en un dÃa laborable, tarde, para evitar algún niño despistado en el cine pensando ingenuamente que lo peor son los niños, nos sentamos, y a nuestro lado habÃa un grupo de cinco o seis señoras rondando la cincuentena, pensamos en nuestra suerte, al menos con esa edad saben leer la cartelera e imaginan qué tipo de pelÃcula van a ver, y van porque quieren, no porque sus padres se hayan empeñado en que estén sentadas durante un par de horas contra su voluntad. Al cuarto de hora descubrimos que las señoras que habÃan ido al cine con una finalidad exclusiva: comer doritos, que además se ofrecÃan unas a otras después de haber abierto la bolsa despacito pero muy mal, es decir, con todo el ruido del mundo, mientras charlaban de sus cosas y de las ajenas, de lo mona que es Nicole, por asociación cotilla de ideas, de lo bajito que es Tom, de Penélope, uy, parece que la pelÃcula es de miedo, pues qué lenta, me pone nerviosa oir las puertas que se abren chirriando… para hacer lo que hicieron, a ellas les hubiera salido mucho más barato apoltronarse a media tarde en una cafeterÃa con veladores de mármol y pedir un chocolate a la española. Ninguna mirada asesina (y a mà me salen muy bien, que conste), ningún siseo, ningún gesto de cólera mal contenida hizo que esos loros callasen y dejasen de masticar, por el ruido las dentaduras de todas eran caras, por postizas, y mal encajadas. Eso sÃ, a ninguna le sonó el teléfono: era gente prescindible.


De pequeña era capaz de localizar una pastelerÃa a distancia si estaban horneando abisinios, unos bollos de masa frita con crema pastelera por dentro y azúcar por encima de los que no encuentro foto, en internet los únicos abisinios que hay son gatos, y conscientemente no he comido jamás uno. Estoy segura de que hay perros de caza menos dotados que la niña golosa que yo era; no sé si llegaba a adoptar la postura clásica del pointer, señalando con el hocico la dirección que debÃamos seguir para llegar a la tienda, pero sé seguro que suspiraba pensando en el momento en que viese cumplido mi objetivo de tener el enorme pastel entre las manos para luego comérmelo haciéndolo durar, con una racanerÃa disfrazada de paciencia y con método, dejando para el final la parte con más crema, manÃa esta (la de escalonar, incluso aplazar mÃnimamente el placer) que aún mantengo.
Asà que tras aquel año de variedades infinitas, hemos estado muchos sin salir del clásico duro-blando-chocolate (sÃ, ya sé, blando y duro son Jijona y Alicante, pero los llamamos asÃ, como en muchos otros sitios) hasta que el sábado he probado el de tarta de Santiago; realmente de “turrón” tiene poco más que la presentación en tableta, pero está tan rico que me parece que va a ser mi preferido esta Navidad.
Bueno, voy a vencer mi natural pudor y a empezar a enseñar mi lado friki, no seáis muy crueles todavÃa, que en episodios posteriores seguiré desvelándolo.
Seguramente la caracterÃstica de nuestra 






