Archivo de Enero de 2005
Loros

Cuando éramos pequeños en mi casa, entre otras muchas normas, porque entonces no se consideraba que imponer una determinada disciplina paterna (compréndase que engloba materna también) nos fuese a convertir en tullidos emocionales, había una respecto a la televisión que consistía en que si cantabas anuncios de la tele, dejabas de verla durante un tiempo, como castigo; como además nuestro tiempo de tele, entre los rombos y que había que madrugar, era escaso, la verdad es que el castigo era duro, no estábamos hartos de verla, antes al contrario; fuimos los niños que no vieron a Kunta Kinte, ni «Hombre rico, hombre pobre», ni tantísimas otras. Así que en casa no se nos escuchaba cantar cosas como «más bueno que el pan…» ni «natillas, danone, listas….». Yo entonces no lo entendía, pero el otro día me sorprendí pensando que si tuviese niños haría exactamente lo mismo con ellos, pero no sólo con los anuncios, incluiría las series también, bueno, la tele entera, aunque sólo fuese por contribuir a rebajar la increíble cantidad de «un poquito de por favor» que escucho y leo al día, remedando ese acento cordobés y esa mala pronunciación (a ver, los sensibles, no digo que los cordobeses pronuncien mal, dios me libre, digo que ese actor tiene acento cordobés que el gracioso de turno remeda, por un lado, y además pronuncia mal, por otro lado, junto pero no unido ni una cosa consecuencia de la otra ni nada de eso, que nos conocemos, a ver si va a entrar uno firmando «un cordobés» todo ofendido) del portero de «aquí no hay quien viva». Porque el origen de ésta lo tengo localizado, así puedo centrar mi manía en alguien. Lo mismo que el «rarro» del play boy octogenario, o el «si hay que ir se va, pero ir para nada…» del dúo cómico.
Está claro que una fuente de éxito es lograr una frase lo bastante ambigua como para que todo el mundo la repita no importa en qué situación, en las que encaja porque sí, y en las que no, pues la hacemos encajar a patadas, como si fuésemos ingenieros. Lo que no sé de donde viene es el «pues va a ser que no», menos mal que en ésta, por lo que parece, no tiene nadie que imitar con poca gracia ningún acento. Pero lo que no entiendo yo es lo felices que parecen cuando te largan el circunloquio para la negativa: ¿tengo que poner mejor cara cuando alguien dice «pues va a ser que no» que cuando dice «no»? ¿suponen que me sienta mejor? ¿hasta ese punto logro disimular que me parece un cretino el que lo dice? ¿tanto ha mejorado mi mano izquierda (sin chistes fáciles
)?
Deseo de fin de semana

La civilización ha hecho que los hombres dediquemos tiempo tasado al amor, poco o menos del necesario y además sobrante, así que posiblemente, muchos de los que hoy leáis esto estéis dispuestos a rendir, a poca ocasión que tengáis o se presente entre esta tarde y la mañana del domingo, vuestro particular homenaje a Eros. Lo doy por hecho, no entremos en detalles, que los que me conocéis sabéis que soy pudorosa con las palabras y en público, y los que no, ya os lo digo yo.
Eros es el nombre del amor personificado, especialmente del amor carnal, del deseo, aquel a quien los romanos llamaron Cupido. Según Hesíodo nació del Caos primitivo directamente, al tiempo que Gea, Érebo y Nicté:
«En primer lugar existió, realmente, el Caos. Luego Gea, de ancho pecho, sede siempre firme de todos los inmortales que ocupan la cima del nevado Olimpo: en lo más profundo de la tierra de amplios caminos, el sombrío Tártaro, y Eros, el más bello entre los dioses inmortales, desatador de miembros, que en los pechos de todos los dioses y de todos los hombres su mente y prudente decisión somete.» (Hesíodo, Teogonía)
Sin embargo, algunas tradiciones posteriores y tal vez más difundidas entre nosotros lo consideran hijo de Afrodita y en algún caso de Ares, y lo presentan como un niño regordete en la imagen barroca que nos es más familiar, un niño alado como en el grupo marmóreo de la imagen que representa a Afrodita amenazando a Pan, dios de los pastores y los rebaños, con cuya cornamenta juega Eros.
En cualquier caso, armado con arco y flechas, disparaba dos tipos de dardos, de oro para inclinar al amor y de plomo para inspirar la indiferencia que tanto hace sufrir a quienes no ven sus amores correspondidos. Los dardos de oro y de plomo que Eros disparó sobre Apolo y Dafne dieron lugar a la tragedia que conocemos.
«¿Por qué asombrarse si Eros el funesto flechas de fuego
tira y se ríe amargamente con ojos perversos?
¿No ama su madre a Ares y es la esposa de Hefesto,
y así la comparten el fuego y la espada? ¿y la madre
de su madre no es la mar que flagelada por los vientos
chilla salvajemente? Su padre… Nadie hijo de Nadie.
Por eso tiene el fuego de Hefesto, alienta una cólera semejante
a las olas y sus ensangrentados dardos son los de Ares.»
(A Eros, cuya madre es Afrodita y cuyo padre no es nadie, lleno de todos los males, de Meleagro. Antología Palatina.)
Eros mismo estuvo enamorado, pero su aventura con Psiquis es otra historia que, como Sherezade, dejo para otra noche si conservo la cabeza sobre los hombros y el corazón sin dardos de plomo.
Odio el invierno
Sí, ya sé que a veces, en mi propósito sincero de caminar hacia la tolerancia, que dicho sea de paso, me sigue pareciendo una palabra que usan quienes carecen o van justitos de respeto, he dicho que odio poco, pero voy haciendo recuento, y nada, me salen antiguos tics nada adecuados a la visión periférica que quiero dar; léase periférica en oposición a centralista, ya sé que por geografía estando donde estoy es difícil, pero a ver por qué yo no puedo ser periférica y cosmopolita, y hasta mediterránea, si me da la gana.
Lo pensaba ayer por la tarde mientras me iba forrando para salir de nuevo a la calle, que debajo de los kilos de ropa sólo con imaginación se podía adivinar una PrincesadelGuisante, apenas parte de la cara a la vista, un bulto blanco (gorro blanco, abrigo blanco, suéter blanco, los pantalones eran de color por si nevaba que me pudiesen localizar entre la nieve) que gracias a Dios, y por diferencias de tamaño, no podía confundirse con el Yeti. Pero por favor, que así no hay manera de ser sexi, ni lucir esternón, ni nada.
A lo que iba, no es que lo odie (el invierno, ya sé que hoy es difícil seguirme el hilo, yo pienso que porque se congelan las neuronas, y tampoco es que vayamos tan sobrados) porque ahora estemos en medio de una ola de frío que además aquí ni siquiera deja nieve, cuatro copitos mal contados ayer, y porque no subamos de 0º; es que, aunque sea con temperaturas más benignas, es muy largo: nueve meses. Sí, como un embarazo, pero la criatura luego sólo dura tres meses, tiene días malos y ni siquiera podemos organizarle un bonito bautizo civil.
Bueno, dicen que quien canta su mal espanta, así que cantaré. Aviso porque soy buena en el fondo, y mucho peor tampoco se va a poner el tiempo.
Caracoles!!!

Hace ya unos días que el cine español está en el punto de mira de las noticias por su pérdida de espectadores durante el pasado año, en otras bitácoras se ha tratado ya el tema y en mi opinión, para esta pérdida, «hay motivo» (gran éxito de película, lástima que sólo la pudiesen apreciar los parientes más próximos de cada director de la cosa, cada uno aportó diez personas en sala contándose a sí mismo). Yo ya he explicado que no veo cine español en salas dentro de mi boicot a la SGAE, pero antes de eso he soportado muchas veces a un Antonio Resines cada vez más histriónico en su búsqueda de ser el peor Landa, o a una María Barranco que nunca ha superado su personaje de Candela, recitando con convicción pero escaso oficio las frases que un guionista amigo del director cuando no el director mismo, que además podía estar casado con ella o formar parte de las cenas de parejas de los sábados, había escrito. Y es que con contadas excepciones a mí me parece que en el cine español fallan desde el director hasta los intérpretes, pasando por los guionistas, que no sé si escriben lo que quieren ellos, lo que les encarga el director o lo que es más fácil que obtenga una subvención.
Pero realmente lo que más me molesta de todo el asunto es que hayan desempolvado el anuncio de promoción del cine español del año pasado. Perdón, he dicho el anuncio de promoción del cine español y tendría que haber dicho el anuncio de ataque al cine estadounidense. Y me fastidia ser tratada como una minusválida mental, francamente. Supongo, llena de buenas intenciones, que ellos (los anunciantes) lo que quieren es que se vaya a ver cine español, y para eso, en lugar de resaltar sus bondades, ridiculizan de la forma más tópica posible el cine de Estados Unidos. Perfecto. «Nosotros no hacemos esas tonterías» Pues no, no las hacemos, ni esas ni otras «tonterías» como «Ciudadano Kane». Nuestras tonterías y tópicos son otros, y nuestras obras maestras otras también. Si el guionista del anuncio (supongo que habrá sido uno, como encima lo hayan hecho entre varios es como para temblar el pensar a cuantas neuronas tocan por cabeza, y si tocan a más de una, en qué concepto nos tienen al resto) considera que esa es la mejor forma de llevarme a una sala, apañados vamos, porque es verlo y entrarme ganas de abofetear a Resines para emprenderla luego con Coronado, que sale por detrás con carita de estarle haciendo efecto el bífidus. ¿Pero alguien, antes de aparecer Resines, hubiera pensado que era una película española?
El caso es que el cine español pierde espectadores y la culpa no es del cine, de ninguna de las personas que forma la cadena de ese negocio, la culpa es del espectador, que no va, que no vamos. Anda que… dicen que les falla el marketing y van y hacen el anuncio de los caracoles. La culpa es del espectador, que se come auténticos tostones americanos sólo porque le resulta más sencillo en lugar de apreciar el arte que destila cada pieza del cine español. Que no lo digo yo, lo dice Mercedes Sampietro, que es una actriz a la que mi madre recuerda; yo poco, la verdad, pero eso tiene que ser porque lo que me gusta es ver historias de beisbol en lugar de ver esas bonitas películas españolas de temas tan variados. ¿Y la solución? Pues más subvenciones, claro.
Por cierto ¿alguien soportaría del tendero de la esquina una bronca por ir a comprar a otro sitio con mejor servicio y más barato (incluso a uno con peor servicio y más caro)? ¿y entendería que al tendero de la esquina el Ayuntamiento le subvencionase todas sus compras antes de realizarlas, sin obligación de devolver el dinero? Desde luego a mí con el anuncio de los caracoles me han convencido del todo, era justo el empujoncito que me faltaba.
El caso es no planteárselo como industria, faltaría más, que ellos son artistas. Subvencionados, pero artistas.
Casi un cuento de hadas

Hace muchos años, cuando era pequeña y aún creía en las hadas, uno de los cuentos que primero me contaron, antes de que pudiese leer nada yo sola, tenía como protagonistas a un príncipe muy feo, horripilante, repugnante a la vista incluso para su madre (y reflexionemos un momento sobre lo difícil que es esto, que todos conocemos a algún niño de esos que sólo puedes decir «qué tierno» sin ruborizarte al mentir porque al menos se supone que los niños no están duros), pero inteligente, elocuente y de ingenio vivo, y de una princesa hermosa y boba, pero de baba, no como una miss que piensa que sale a desfilar en bañador para que juzguen su inteligencia, más aún, lo que fuera de palacio hubiera sido la tonta del pueblo, alguien a quien se podía aplicar perfectamente esta frase de Mihura:
[...] Si hay algo que verdaderamente espante es la memez de una mujer tonta que se sabe guapa. Toda la memez del Universo está almacenada en su cerebro y ni el antibiótico más eficaz sería capaz de destruir esa memez [...] (Miguel Mihura, La tetera)
Por una gracia de sus respectivas hadas madrinas ambos seres, el príncipe y la princesa, podían transferir su cualidad al ser amado y superar su defecto cuando fuesen amados sin reservas, a pesar de él, no perdamos de vista que es un cuento.
La versión que me contaban era la de Perrault, claro, por eso conocí a «Riquete el del Copete» y pude reconocerle después en la versión que Buero Vallejo había realizado de este cuento en 1953, mucho más humanizada pero sin despojarla por completo del clima de hechizo típico de los cuentos de hadas.
En esta obra, que la crítica sitúa entre las simbolistas de Buero, aunque con la tristeza (quizá no pesimismo) típica de toda su obra, el amor se presenta como capaz de transformar a la pareja, y a través de la pareja, al mundo, porque no destierra toda la magia del texto, sigue dejando esa magia en la que aún creemos, la que nos convence de que podemos cambiar a quien amamos, la misma que cuando quien nos ama nos encuentra inteligentes nos persuade de que el resto del mundo nos ve así, esa que cuando nos vemos reflejados en unos ojos que nos desean nos induce a pensar que el resto del mundo nos encuentra igualmente deseables, aunque sea mentira, y aunque la mentira la descubrimos siempre demasiado tarde.
Decididamente, con la magia sólo se puede jugar si eres algo más que aprendiz de brujo

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