Sorpresas

En Roma, enero era el mes dedicado al dios Jano, el dios de los principios y de los umbrales (Ianuarius, mes de Jano) tras la reforma del calendario efectuada por Numa, aunque por entonces no era el primer mes, en ese puesto lo situó la reforma de Julio César. Jano era un antiguo rey del Lacio que fue divinizado; tuvo un hijo, Tiberio, que murió ahogado en un rÃo al que desde entonces se llamó TÃber en su honor. Se representaba a esta divinidad con dos rostros, mirando hacia la entrada y hacia la salida, y era el protector de Roma; su templo se hallaba abierto durante la guerra y cerrado durante la paz (es decir, que estuvo cerrado pocas veces). Al dios Jano los romanos le ofrendaban unos pasteles redondos que hoy algunos consideran el precedente de nuestro roscón de Reyes, aunque la tradición de esconder un haba y un regalo dentro del bollo parece que está tomada de los ingleses; no sé, quizá esto pueda explicar por qué tienen un gusto tan… ¿alternativo? las sorpresas de los roscones, para muestra un botón:

«Esto» es lo que salió ayer como sorpresa en el roscón de la merienda; afortunadamente no me tocó, porque en mi casa hacemos conservar al «agraciado» la figurita durante todo el año por aquello de no tentar a la suerte y, al ritmo que comemos roscones, de aquà al dÃa 6 ya ha dicho alguien que podemos fácilmente hacernos con una orquesta completa de afroamericanos. Además de la sorpresa, los roscones en la pastelerÃa donde los compramos vienen con su coronita a juego, el haba, y esta poesÃa a modo de manual de instrucciones:
«He aquà el Roscón de Reyes,
tradición de un gran banquete,
en el cual hay dos sorpresas
para los que tengan suerte.
»En él hay, muy bien ocultas,
un haba y una figura;
el que lo vaya a cortar
hágalo sin travesura.
»Quien en la boca se encuentre
una cosa un tanto dura,
a lo peor es el haba
o a lo mejor la figura.
»Si es el haba lo encontrado,
este postre pagarás;
más si ello es la figura
coronado y rey serás.»
Con unas indicaciones tan claras, es imposible encontrar escapatoria; no es como cuando uno juega al parchÃs, que siempre le cabe recurrir, cuando se suscita una controversia sobre si las barreras fuera de seguro pueden saltarse o no, o si hay que entrar con tirada justa en casa, a la norma básica e inapelable: «pues en mi casa jugamos asû. Aquà el pastelero no deja elección, lo cual está bien, porque en cuanto uno se niegue a que le coronemos, le sacamos la tarjetita del poema, y listo.









