El tercer hombre

Ayer planteaba el Camarada Bakunin en su blog una pregunta a los lectores de esas que alguna vez a casi todos nos han ocupado en una de nuestras cómodas discusiones de salón, seguros de que jamás tendremos que enfrentarnos a algo semejante en el papel de quien decide. A fin de cuentas por sentido común entendemos todos, aunque no lo sepamos exactamente, lo de la antijuricidad, la legÃtima defensa y el estado de necesidad. Con los aviones del 11-S supongo que la duda la hubiera tenido en el primero, cuando ninguno se habÃa estrellado aún, pero a partir del segundo yo creo que los aviones dejaron de ser naves cargadas con pasajeros inocentes para convertirse en armas, y que estaba claro que nadie de quien iba a bordo se iba a salvar se tomase la decisión que se tomase desde tierra, aunque quizá es la distancia y saber qué pasó después lo que hace que me parezca tan claro todo, apenas puedo recordar de aquellos momentos en los que estaba ocurriendo otra cosa que consternación e incredulidad.
Pero al hilo de ese post, recordaba ayer el caso de la madre australiana que tuvo que elegir a cuál de sus dos hijos salvar en el maremoto de fin de año, supongo que tan rápidamente y en unas circunstancias tan extremas que de forma casi instintiva. Por suerte ahora todos están a salvo, pero no sé como se puede elaborar el hecho de haber tenido que elegir alguna vez entre tus hijos, de forma efectiva, si cuando nos hacen elegir entre papá y mamá (sin que se vaya a materializar nunca) nos crean tanta zozobra. Que luego hay que seguir viviendo, y supongo que ver a los dos niños hará que siempre recuerde que eligió a uno sobre otro, por justificada e inevitable que fuese la opción. Y el niño no elegido ¿vivirá con pensamientos morbosos? ¿pensará que es prescindible? ¿llegará a la conclusión de que aunque los padres digan siempre que sus hijos son iguales para ellos, lo son en tanto no tengan que decidir? Quiero suponer que cuando uno tiene que vivir una situación semejante la mente hace surgir mecanismos para soportarla, y que aunque exista una herida, sea posible si no curarla, al menos vivir razonablemente con ella.
En cualquier caso, los dos ejemplos tienen para mà en común que la decisión se toma para evitar un mal mayor (el número indeterminado pero previsiblemente grande de muertos en el caso del avión, salvar la vida de la madre y del hijo menor en el segundo caso), y los ajustamos por tanto a la ética. Pero, puesto que pensarlo lo vamos a pensar sin estar en la situación, imaginemos que somos Holly Martins, estamos en una noria en Viena y nos dice Harry Lime:
«[...]¿VÃctimas?Â… Mira ahà abajo. ¿SentirÃas realmente pena si alguno de esos puntitos dejara de moverse para siempre?. Si te diera veinte mil libras por cada punto que parases, me rechazarÃas la oferta sin dudarlo?. O ¿calcularÃas cuantos puntos estarÃas dispuesto a parar?. Libres de impuestos. Es la única manera de ahorrar en estos dÃas[Â…]»
¿Cuántos rechazarÃamos ser el tercer hombre? ¿alguno escucha ya el sonido de la cÃtara?









