Los nombres de los hijos son un campo inagotable para que los padres realicen homenajes de lo más peregrinos, aunque luego el niño tenga que vivir con ello, detallito sin importancia en el que muchos no parecen detenerse. Se ve que un padre lo hace todo por su hijo menos elegir el nombre pensando en él.
En España asistimos hace años a la apoteosis de los nombres cursis importados de series extranjeras de televisión que dieron como resultado las Yésicas, Yénifers y Demelsas escritas con diversa grafía, así como los Kevincostnerdejesús y combinaciones igual de eclécticas, en lugar de los tradicionales nombres compuestos tan de moda al menos en mi generación tipo «José Antonio», «Juan Carlos», y las diversas Marías. Claro que eso era mejor que poner al niño el santo del día, propio de cuando tenían diez, quince hijos, y parece que no ponían mucho cuidado en elegir el nombre del cachorro de turno, cuyo único fin parecía ser asegurar una camada abundante. Así, un niño que únicamente hubiese cometido el delito de nacer un 28 de noviembre, v.gr., llevaría como «gracia» Acario, Mansueto o Papiniano aunque es posible que finalmente en el pueblo le conociesen a perpetuidad como «el bizco de ‘los largos‘», señalando al mismo tiempo una característica física y el mote familiar.
Ahora la tendencia ha remitido, y desde hace unos años puedes ir a un parque y gritar «Alejandro» seguro de que al menos la mitad de los niños presentes mirará hacia ti, pero la era de los Alejandros va a terminar arrasada por las nuevas tecnologías si triunfa la idea de esta pareja de Transilvania, y en España no es descartable que el Juez encargado del Registro Civil de cada localidad acepte una cosa parecida, aunque sería más seguro si la competencia la tuviese la Audiencia Provincial de Barcelona, en su afán por dictar sentencias innovadoras.
¿Asistirá alguna vez el pequeño Yahoo al cumpleaños de IRC? ¿Los llevará la madre de Messenger en su coche? ¿Alguien bautizará a su pequeñuelo «Portalmix»?