Nunca me han gustado las manifestaciones, de siempre tengo la sensación de que un colectivo de personas, aisladamente normales y hasta presentables, cuando se reúne y se siente arropada por un grupo, no digamos ya si puede envolverse en una pancarta o en una bandera, degenera en un porcentaje escandalosamente elevado en chusma, y viendo el clima, una termina poniendo cara a la gente que es capaz de llevar a cabo un linchamiento. No me gustan, y por eso he acudido a dos en mi vida, contra el terrorismo ambas.
Tras los incidentes de ayer en la manifestación contra el terrorismo de Madrid, José Bono afirma que él nunca ha sentido la violencia tan de cerca desde la dictadura; desgraciadamente Piqué y Rato le han precedido en la sensación, por no hablar de quienes sienten una violencia mucho más permanente y peligrosa siendo el centro de la diana que los terroristas y sus amigos difunden por sus pueblos, sabiéndose, con un poco de mala suerte, los próximos en recibir un polémico homenaje al que no asistirá nadie del PNV ni del brazo político de E.T.A. se llame como se llame en ese momento.
Pero aquí no se puede aplicar lo de «de aquellos polvos…», si entonces era reprobable, lo es ahora por el mismo motivo: uno no puede ir a una manifestación contra la violencia, contra el terrorismo, con la intención de desahogar sus más innobles y primitivos instintos contra «el enemigo», mucho menos cuando las cortitas entendederas no te dan para saber que el ministro de defensa de un gobierno legítimamente elegido no puede ser tu enemigo, de la misma manera que no lo eran entonces ni Rato ni Piqué, con la misma legitimidad democrática, con igual honradez de sentimientos, abucheados y golpeados de la misma manera por energúmenos que se sentirán muy diferentes de estos pero que están más cerca de lo que creen, porque ya sabemos que los extremos se tocan.
Ni se puede decir a alguien métete a tus víctimas por el culo, ni se puede crear la sensación de que en España, y en asuntos de terrorismo, existen víctimas de primera y de segunda, según podamos instrumentalizarlas y según se dejen manejar o estorben para los fines políticos que tengamos en mente.
Sé que en la manifestación de ayer se gritó contra Bardem por su «dejadez» en condenar públicamente este tema, cuando tanto le gustan otras manifestaciones, pero tampoco me parece justo porque cada uno va donde le apetece, donde se siente comprometido, y allá el señor Bardem con sus ideales y sus compromisos, él sabrá cuáles son las injusticias a las que presta su cara, y a fin de cuentas a mí el señor Bardem me representa en la misma medida que el albañil que se encarga de las reparaciones en mi casa: en nada. Sin embargo, me parece impresentable lo de Gregorio Peces-Barba, no se puede dejar de acudir a una manifestación contra el terrorismo cuando eres el Alto Comisionado del Gobierno para el tema. Es impresentable en cualquier caso, y sólo logro encontrar una explicación: que hayas sido nombrado, y seas consciente de ello, para defender y representar a una sola clase de víctimas. Alguien dirá que el señor Peces-Barba tiene un cometido más importante y labores más efectivas para realizar con las víctimas, y que acudir a una manifestación no deja de ser sólo un gesto. Cierto, acudir a una manifestación es un gesto, nada más; y nada menos, en un país como el nuestro, donde la atención a las víctimas (del terrorismo y de cualquier otro delito) brilla por su ausencia, donde nunca se tiene la sensación de alcanzar una reparación, donde mientras sigues llorando a tus muertos o poniéndote las prótesis cada mañana para poder andar, ves pasear a tus verdugos o a los verdugos de tu ser querido, ufanos, con la vida por delante, prósperos insolventes para no tener ni siquiera que hacer frente a la responsabilidad civil. Al menos tendríamos que esforzarnos por dar consuelo y que no se sintiesen abandonadas.
Y quienes armaron la bronca, se pueden sentir orgullosos: el objetivo de la manifestación era apoyar a las víctimas, a sus familiares, y gracias a ellos hoy el centro de la noticia es el poder de la chusma.
Energúmenos, entonces y ahora.