Hace muchos años, cuando era pequeña y aún creía en las hadas, uno de los cuentos que primero me contaron, antes de que pudiese leer nada yo sola, tenía como protagonistas a un príncipe muy feo, horripilante, repugnante a la vista incluso para su madre (y reflexionemos un momento sobre lo difícil que es esto, que todos conocemos a algún niño de esos que sólo puedes decir «qué tierno» sin ruborizarte al mentir porque al menos se supone que los niños no están duros), pero inteligente, elocuente y de ingenio vivo, y de una princesa hermosa y boba, pero de baba, no como una miss que piensa que sale a desfilar en bañador para que juzguen su inteligencia, más aún, lo que fuera de palacio hubiera sido la tonta del pueblo, alguien a quien se podía aplicar perfectamente esta frase de Mihura:

[...] Si hay algo que verdaderamente espante es la memez de una mujer tonta que se sabe guapa. Toda la memez del Universo está almacenada en su cerebro y ni el antibiótico más eficaz sería capaz de destruir esa memez [...] (Miguel Mihura, La tetera)

Por una gracia de sus respectivas hadas madrinas ambos seres, el príncipe y la princesa, podían transferir su cualidad al ser amado y superar su defecto cuando fuesen amados sin reservas, a pesar de él, no perdamos de vista que es un cuento.
La versión que me contaban era la de Perrault, claro, por eso conocí a «Riquete el del Copete» y pude reconocerle después en la versión que Buero Vallejo había realizado de este cuento en 1953, mucho más humanizada pero sin despojarla por completo del clima de hechizo típico de los cuentos de hadas.
En esta obra, que la crítica sitúa entre las simbolistas de Buero, aunque con la tristeza (quizá no pesimismo) típica de toda su obra, el amor se presenta como capaz de transformar a la pareja, y a través de la pareja, al mundo, porque no destierra toda la magia del texto, sigue dejando esa magia en la que aún creemos, la que nos convence de que podemos cambiar a quien amamos, la misma que cuando quien nos ama nos encuentra inteligentes nos persuade de que el resto del mundo nos ve así, esa que cuando nos vemos reflejados en unos ojos que nos desean nos induce a pensar que el resto del mundo nos encuentra igualmente deseables, aunque sea mentira, y aunque la mentira la descubrimos siempre demasiado tarde.
Decididamente, con la magia sólo se puede jugar si eres algo más que aprendiz de brujo