Odio el invierno
SÃ, ya sé que a veces, en mi propósito sincero de caminar hacia la tolerancia, que dicho sea de paso, me sigue pareciendo una palabra que usan quienes carecen o van justitos de respeto, he dicho que odio poco, pero voy haciendo recuento, y nada, me salen antiguos tics nada adecuados a la visión periférica que quiero dar; léase periférica en oposición a centralista, ya sé que por geografÃa estando donde estoy es difÃcil, pero a ver por qué yo no puedo ser periférica y cosmopolita, y hasta mediterránea, si me da la gana.
Lo pensaba ayer por la tarde mientras me iba forrando para salir de nuevo a la calle, que debajo de los kilos de ropa sólo con imaginación se podÃa adivinar una PrincesadelGuisante, apenas parte de la cara a la vista, un bulto blanco (gorro blanco, abrigo blanco, suéter blanco, los pantalones eran de color por si nevaba que me pudiesen localizar entre la nieve) que gracias a Dios, y por diferencias de tamaño, no podÃa confundirse con el Yeti. Pero por favor, que asà no hay manera de ser sexi, ni lucir esternón, ni nada.
A lo que iba, no es que lo odie (el invierno, ya sé que hoy es difÃcil seguirme el hilo, yo pienso que porque se congelan las neuronas, y tampoco es que vayamos tan sobrados) porque ahora estemos en medio de una ola de frÃo que además aquà ni siquiera deja nieve, cuatro copitos mal contados ayer, y porque no subamos de 0º; es que, aunque sea con temperaturas más benignas, es muy largo: nueve meses. SÃ, como un embarazo, pero la criatura luego sólo dura tres meses, tiene dÃas malos y ni siquiera podemos organizarle un bonito bautizo civil.
Bueno, dicen que quien canta su mal espanta, asà que cantaré. Aviso porque soy buena en el fondo, y mucho peor tampoco se va a poner el tiempo.









