Entradas archivadas en Febrero dEurope/Berlin 2005

Lunes, 28 de Febrero de 2005

no me toquesNo sé exactamente cuándo comenzó la moda de que había que ser cercano a la gente, y que teníamos que «tocarnos», aunque sí recuerdo vagamente un programa de entrevistas de Mercedes Milá en el que ella insistentemente tocaba el brazo del entrevistado, supongo ahora que por dar una imagen de cercanía, por facilitar el acercamiento y relajar la situación. Conmigo hubiese conseguido el efecto contrario, me retraigo con la gente tan expansiva sin motivo. No creo tener ningún tipo de fobia, no me salen sarpullidos porque nadie me roce, pese a que lo delicado de mi piel me haga notar un guisante bajo los colchones; incluso a días soy cordial, y doy los dos besos en las mejillas que se han impuesto, desde que tengo uso de razón, te presenten a quien te presenten, no retiro la cara cuando la persona inicia el gesto, nada de eso; y soy hasta cariñosa con la gente que quiero, me gusta tocar y ser tocada por mis amigos, agradezco y doy abrazos y besos, me gusta notar que están cerca. Pero no consigo entender por qué ahora tanta gente para hablar contigo necesita tocarte aunque no sepa ni tu nombre, darte golpecitos en un brazo como si no estuvieses atenta a lo que dicen, tocarte para llamar tu atención antes incluso de iniciar la conversación. No me gusta. Aborrezco la cercanía que no busco, odio que invadan mi espacio, no soporto el roce de los desconocidos. ¿Es que no se puede establecer una especie de «distancia social»? Y en su defecto ¿no pueden inventar algo para que yo dé calambre a voluntad?

Viernes, 25 de Febrero de 2005


A mí los gatos me son particularmente antipáticos, y no ya porque los clasifique en mascotas de solterona, que no lo hago al menos de forma consciente, aunque en una obra de Alfonso Paso (por cierto, no lo citéis nunca si tenéis una cierta imagen que mantener) basada en el cuento de la ratita presumida pero situada en una colonia burguesa del Madrid de los años 60, si no recuerdo mal, y con una solterona a la caza de marido como protagonista, su insufrible madre para remarcar lo irremediable del estado civil de Laura, le recomienda que se compre un gato y no le dé más vueltas; no es por esto, digo; es que les tengo manía desde que, cuando era pequeña, se me quedaban mirando fijamente, y yo a ellos, porque nunca he despreciado un reto aunque sea algo tan idiota como mantenerle la mirada a un gato. Claro que los gatos que entonces miraba al menos cumplían la función de mantener una vieja casa sin ratas ni ratones, porque la cercanía del Campo Grande hacía que de vez en cuando pudiesen aparecer por ahí sin ser invitados. Afortunadamente nunca vi ninguno, que luego me enteré que los gatos no «comen» ratones, los «cazan» y juegan con ellos, y me hubiese muerto de asco.
Así como me encantan los perros grandes, aunque no tenga uno, me disgustan profundamente los gatos, y mira que lo siento, porque para mí tengo que un gato soluciona mucho y tendría que formar parte del kit de bloguero, así el día que te levantas menos expansiva puedes hablar de las últimas monerías del bicho, o si te sientes solidaria, puedes comentar como lo recogiste y lo salvaste, y en caso de ser cooperadora o compasiva, pues de la última visita al hogar del gato abandonado.
Yo creo que la gente con gato (se entiende, con gato y que no para de hablar del gato) parece más sensible que el resto, y posiblemente más dulce de lo que en realidad es. Y eso es una suerte.

Miércoles, 23 de Febrero de 2005

El placer es algo que siempre ha buscado la mayor parte de la humanidad, excepto quizá los ascetas y no estoy convencida yo de que no encuentren un extraño placer en su ausencia total, aunque esto más bien puede ser que mi lado hedonista se resiste a pensar que sea posible prescindir del gozo voluntariamente si no es para gozar más. Me releo y tengo claro que no voy a fundar una escuela de pensamiento, así que sigamos con el asunto principal, que me doy cuenta muchas veces de la distancia infinita entre el embrión de uno de mis escritos y el resultado final, a ver si esta vez logro que la redacción de la vaca tenga a la vaca como protagonista. Sigamos, pues, con lo del placer. No basta con que hagamos todo lo posible por obtenerlo y disfrutarlo, existe además una vieja contienda sobre quién disfruta más, quién obtiene más placer en el amor, o por centrarlo mejor, en el sexo (sí, hablaba de lo único, se me había olvidado decirlo), como si gozar todo lo posible no fuese suficiente en sí mismo, como si lo que verdaderamente proporcionara satisfacción fuese gozar más que otro.
Claro, es una cuestión difícil de resolver, ¿disfruta más un hombre que una mujer? Aunque así no me termina de gustar el planteamiento, parece que estamos dando entrada a respuestas de esas que conforman las preguntas de las revistas que nos recuerdan a las mujeres que nos hemos liberado entre el anuncio de la antiarrugas y el de la anticelulítica, y no es ese el plan. Replanteando la pregunta: ¿está más capacitado para gozar el cuerpo de una mujer o el de un hombre?
Ya Zeus y Hera tuvieron una pelea a propósito de esto: Hera le reprochó a Zeus sus muchísimas infidelidades, y él las defendió sosteniendo que de todas formas, cuando compartía el lecho con ella, era ella quien pasaba el rato más agradable (bien, caben dos opciones, o verdaderamente lo sabía todo, o era un fantasma), pues Zeus mantenía que la mujer disfrutaba mucho más en el sexo que el hombre. Hera no quería creerlo, así que eligieron un árbitro para su contienda: llamaron a Tiresias. ¿Por qué Tiresias? Para entender la razón de su elección, tenemos que conocer su historia.
Tiresias era un joven Tebano descendiente de uno de los Espartoi, que eran los hombres sembrados por Cadmo (otro día lo cuento, no quiero pasar de PrincesadelGuisante a ReinadelaDispersión). Paseando por las montañas de Arcadia, descubrió a dos serpientes copulando, y pegándoles con su bastón, logró matar a la hembra, mientras el macho huyó. En ese momento, Tiresias quedó metamorfoseado en mujer y llegó a ser una famosa ramera. Siete años después, durante otro paseo, volvió a ver un par de serpientes copulando, y nuevamente las atacó, matando esta vez al macho y la hembra logró huír. Entonces se produjo nuevamente una metamorfosis, y Tiresias volvió a ser un hombre. Por esta razón tenía un conocimiento muy íntimo y directo de los dos sexos y de cómo se gozaba siendo hombre y siendo mujer.
Tiresias fue llamado, por tanto, para poner fin a la disputa porque podía basarse en su experiencia personal, y respondió que:

Si el placer del amor en diez partes dividía
Tres por tres a las mujeres, una a los hombres daría.

Con esto se dio por zanjado el asunto entre Zeus y Hera, pero hay disputas en las que conviene no meterse, ni aunque te lo pidan, y desde luego en las de pareja, y más si la pareja es de dioses, es poco aconsejable, porque la historia de Tiresias sigue, y no voy a dejarla interruptus.
Hera, contrariada y humillada por no haber obtenido la razón en la controversia, cegó a Tiresias, considerando que estaba de hecho, aunque viese, cegado para dar ese veredicto. Como Zeus no podía deshacer lo que Hera había realizado, compensó al árbitro ocasional concediéndole el don de la profecía y la posibilidad de entender el lenguaje de las aves. Así llegó a ser el adivino más famoso de toda Grecia. Además, Zeus acordó como privilegio que mantuviese su don más allá de la muerte, por eso pudo Ulises consultarle a petición de Circe en el Tártaro.

Martes, 22 de Febrero de 2005

En los recreos del colegio, ese tiempo a media mañana en el que te dejaban salir al patio si hacía bueno, o te recluían en un gimnasio maloliente (a saber: las clases de gimnasia anteriores, todas allí metidas, los bocadillos… un asquito) si llovía mucho, además de jugar a la goma, a la comba y a otros juegos de ese tipo, en mi época tocaba ya jugar a series de televisión y a películas.
Desde luego tuvimos la temporada de Sissi emperatriz, porque en la tele pusieron todas las viejas películas de Romy Schneider y porque lo ignorábamos todo entonces sobre la actriz, sobre el personaje y sobre Visconti, y también de «los ángeles de Charlie», que yo siempre «me pedía» ser Kelly, y nadie quería ser Sabrina, pero desde el estreno de Grease esta fue la favorita, con los bailecillos que conocíamos por la televisión, porque a mí no me dejaron ir al cine a verla, era para mayores de 14 y en mi casa lo de las clasificaciones lo llevaban a rajatabla en el caso del cine y de la televisión, curiosamente en los libros les daba absolutamente igual.
Teníamos serias dificultades para las coreografías, la principal era que el colegio no era mixto, así que de Travolta hacía una niña alta, quizá visto desde fuera era un poco raro un Travolta ataviado con el bonito uniforme de falda tableada, pero eso no nos iba a detener; como no nos detenía el absoluto desconocimiento de lo que decían, porque en mi colegio estudiábamos francés, así que el baile cumbre de la película lo hacíamos bajo un coro que supongo yo que venía a sonar así: «agayúuuuuuuuuuuuuuuu demotuplayer…»; bueno, creo que en lo único que atinábamos era en el «ooh ooh ooh, honey» porque eso sí, cantarla la cantábamos entera y nos habíamos aprendido bien lo del cigarrito que pisaba Olivia viéndolo, imagino, en «la juventud baila».
Hasta bastantes años después no vi la película entera, y por tanto, no supe que existía Sandra Dee, y sin embargo, ayer cuando he visto la noticia de su muerte, ha hecho que recordase mis recreos en el colegio. Aunque quizá para confesar todo esto tendría que haberme puesto una cintita negra tapándome los ojos.

Lunes, 21 de Febrero de 2005


Domingo 20 de febrero de 2005. 16:10 horas. 9º de temperatura y viento racheado, pero dudo que de levante. Día despejado (vamos, que hay sol). Los pajaritos no cantan porque se están pegando un atracón con las migas que el vecino guarro pero no identificado tira a la calle, sospecho que no tanto por alimentar a las aves poseído por una especie de conciencia ecologista como por evitarse el barrer la cocina o el comedor, el muy cochino; comparten adoquines varias palomas y un par de pajaros pequeños y grises de esos que hay siempre en las ciudades.
Vestida de joven (no empecemos con las risitas) urbana y concienciada (pero no tanto, por favor, a ver si ahora me vais a imaginar hecha un adefesio; digamos que concienciada pero no daltónica, y limpita) me dirijo a mi colegio electoral para votar. Mientras voy caminando, pienso que es una pena habérmela leído, porque de no haberlo hecho podría votar que sí aplicando la «doctrina Morancos»; debe de ser tan bonito votar con fe, una especie de liturgia, incluso, o quizá venga a ser como rematar una fiesta (la de la democracia, of course) en orgía, el colmo.
A la puerta un perro de esos tobilleros, atado con su correa a la verja, aúlla lastimosamente esperando que su dueño termine con el trámite. Entro en el recinto, voy a la mesa que me toca y sin esperar, porque no hay nadie y la fiesta parece que se está quedando en guateque, doy mi carnet de conducir (porque no quiero jorobar más a la pobre gente de la mesa obligándoles a mirar la foto del D.N.I., bastante tienen con pasarse el domingo así); me buscan con dificultad en la lista, porque el abecedario se ve que lo aprendemos y luego no lo usamos mucho, y la señora (no demasiado mayor) encargada de anotar mi nombre tarda cinco minutos en hacerlo, pero al menos no comenta nada sobre su anormal extensión (la del nombre, no la de la señora, que está sentada y muy gorda no parece), lo cual constituye un hecho inédito en mi vida de votante. Aunque no puedo dejar de pensar que conmigo nunca dicen el nombre en voz alta y luego pronuncian «vota» engolando la voz. Con la PrincesadelGuisante no, y con la Princesa de Asturias sí. La vida es desigual y me siento discriminada.
Salgo y una vez más se frustran mis expectativas de formar parte de un sondeo, no me sondean jamás, nunca me han preguntado si voy a votar, si he votado, o qué he votado, no soy ni audiencia para los medios (tampoco me preguntan jamás que veo, escucho o leo) ni electora para las encuestas preelectorales, ni dato para los sondeos a pie de urna; pese a que hoy llevo la cara de simpática puesta por si veo algún abnegado entrevistador, nadie está preguntando nada, no aparece ninguno con su carpetita dispuesto a preguntarme, así que aprovecho para tomar un café con la MadredelaPrincesadelGuisante y el HermanodelaPrincesadelGuisante en la ciudad adormilada.
Llega la noche y descubro que además de no servir para posar en el Vogue, soy peor en matemáticas de lo que yo creía, porque esa simpática señora que ocupa la vicepresidencia de cuota dice, mientras parece que intenta detener la huida de sus huesos, que el 76,73% de los españoles ha dicho que sí al texto; luego veo asombrada como lo repiten algunos medios… y yo pensaba que eso, que son los síes en efecto, venía a representar como un 32% del electorado llamado a votar; o sea, que si me hubiese tocado decirlo a mí, hubiese dicho, suponiendo que quisiera meterme en semejante berenjenal, que la Constitución Europea era aceptada por casi el 32% de los españoles, y rechazada por el 7%, pero claro, yo soy de letras y sólo sé manejarme a base de reglas de tres. Porque si pensamos en los electores, casi el 58% no ha ido a votar, y digo yo que ese 58% son españoles con derecho a voto también, pero no han dicho ni sí, ni no, ni todo lo contrario.
Aunque también he hecho una obra de caridad, porque he visto a Llamazares tan feliz atribuyéndose el miserable porcentaje de los que hemos dicho que no, que para qué sacarle de su error explicándole que a veces puede coincidir el voto pero en absoluto el planteamiento; lo que no sé es la celebración que va a montar este muchacho el día en el que por fin no tengan representación en el parlamento, ese día tira la casa por la ventana celebrando la victoria definitiva.
En realidad, como he ido a votar, pueden contarme entre los suyos Zapatero, Rajoy, y alguno más; como he votado que no, Llamazares y los payasos marginales que mandan en Cataluña; incluso los protoasesinos del País Vasco. Entiendo que a los políticos les gusten tanto las elecciones y los referendos, aunque sean una pantomima no vinculante, porque una vez más han ganado todos. Menos yo, que con mi famoso ojo clínico ni siquiera me aproximé a los resultados en la porra que propuso el Camarada Bakunin.


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