Archivo del 1 de Febrero de 2005

Confesión pública

Un fenómeno que no termino de entender son los llamados «programas de testimonio» en los que ante un presentador o más frecuentemente, ante una presentadora que oficia casi de sacerdotisa y finalmente hará un gesto parecido al ego te absolvo en nombre de los espectadores, un representante del pueblo va y desgrana su historia de modo que, con frecuencia también, pone al descubierto sus miserias ante el público que asiste en directo y el que lo ve desde sus casas en el que estará además quien le conozca por motivos de trabajo, residencia, etc. Mi naturaleza utilitaria entiende los casos de aquellos que van porque necesitan dinero, o sea, el que está extremadamente gordo y va con la esperanza de que alguien le sufrague la operación de reducción de estómago («estoy gordo y no puedo salir de casa»), o el que tiene la familia («no conozco a mi hijo pequeño porque no tengo dinero para viajar») o el amor lejos («nos conocimos en un chat y nos separa un océano») y asiste ante la posibilidad de que, a cambio de verle triste, la cadena de televisión pague un viaje y una estancia a quienes añora. Estos entran en la categoría de los que entiendo, el que va espera obtener algo a cambio, y proporcionan la audiencia atraída por las fatigas ajenas.
Luego están los que quieren reconciliarse con alguien («te puse los cuernos con tu mejor amiga pero estoy muy arrepentido y quiero volver a intentarlo(estar contigo, no lo de tu amiga)»), los que desean dar una noticia que suponen, generalmente con razón, que va a caer como una bomba en su entorno («mamá, soy gay y te presento a mi novio»). Estos me cuesta más entenderlos porque en el caso de la de los cuernos, supongo que es difícil perdonarlos cuando lo sabes tú y tu entorno íntimo, pero cuando pasa al dominio público y durante meses te van a llamar «la de los cuernos» hasta los taxistas de tu ciudad, yo creo que más que difícil es imposible. Y los que quieren dar cualquier tipo de noticia a su familia, yo preferiría la discreción para enterarme, no porque se vaya a ocultar después, sino por una cuestión de pudor. Pero como denominador común tienen que son situaciones que van a alterar la vida normal de quienes les rodean, y cabe que hayan pensado que más vale una vez colorado que ciento amarillo, así que terminan en un rato de comunicar el asunto y que sea lo que Dios quiera.
Y finalmente están los casos que no entiendo de ninguna de las maneras, aquellos que van y cuentan algo que les afecta a ellos pero que no tendría porqué tener transcendencia en su entorno o no más allá de su entorno más íntimo, «fui a una despedida de soltero y tengo ladillas» o, mucho más importante, «soy seropositivo».
Esto en la caricatura que suponen este tipo de programas, pero la tendencia a la confesión pública se da en otros ámbitos, y así, cualquier persona que tenga una cierta proyección popular se ve obligada a dar explicaciones de sus enfermedades, a veces con todo lujo de detalles, a veces simplemente notificando que las padecen. Si respondiese simplemente a su necesidad de sentirse mejor, y no lo descarto, me parece perfecto que lo hagan; sin embargo, no puedo dejar de pensar que no responde tanto a eso como al intento de desactivar algo que de no decirlo ellos, podría convertirse en un arma arrojadiza, que saben que si no son ellos quienes hablan, alguien lo hará exponiendo su intimidad de la peor manera en nombre de la libertad de información, y que antes de que esto suceda prefieren disfrazar su confesión pública de gesto altruista. O quizá lo sea.

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