En los años 60 el turismo empezó a llegar masivamente a España, y la costa del Sol se convirtió en el paraíso de las libertades, o al menos en el sitio donde se podía vivir de una forma más relajada, tolerando costumbres impensables en otras partes de España por entonces.
Con esa llegada masiva se produjo el desembarco de unas diosas rubias, altas y esbeltas destinadas a convertirse en un mito erótico inmediatamente para un importante sector de la población (el masculino, claro): las suecas.
Las suecas eran unas muchachas libres, que no iban a misa o que si iban no estaban toda la semana siguiendo los dictados de su confesor, que se depilaban y lucían sin complejos unos cuerpos que el español medio aceptaba desde el primer vistazo que estaban creados para el pecado.
El cine reflejó inmediatamente esta nueva situación, y creó un tipo nuevo: el paisano cateto, sátiro, frustrado sexualmente, que perseguía suecas por los hoteles y las playas de Torremolinos con la cara y el tipo de José Luis López Vázquez, Juanjo Menéndez, Alfredo Landa, Paco Martínez Soria, Tony Leblanc o Fernando Esteso.
En la España del desarrollo las suecas significaban sexo para el macho hispánico, siempre dispuesto pero sin ocasión por la moral católica y la represión.
Yo pensaba que el mito estaba ya pasado, pero resulta que sólo se ha reconvertido, porque ahora las suecas tienen otra misión sexual: «convertir» gays en heterosexuales. Bien es verdad que ahora hablo de pingüinos alemanes, a los cuales van a tentar con unos ejemplares femeninos suecos a ver si logran que se reproduzcan y dejan de incubar piedras. Aunque no sé yo hasta qué punto van a lograr nada, yo hasta ahora pensaba que no era cuestión de oportunidad, sino otra cosa.
Total, que si el remedio es efectivo, dentro de poco veremos a los pingüinos como Alfredo Landa, corriendo detrás de las suecas. O visto como son los pingüinos, delante.