A fuego lento

Hubo una época en la historia de los hombres en que no tenÃan fuego, era un castigo o un regalo de los dioses, o lo que podÃan sacar de beneficio después de haber sido castigados aprovechando los rescoldos que dejaba un gran incendio. Pasó un tiempo antes de que pudiesen dominarlo, crearlo a voluntad y extinguirlo casi a voluntad, porque hoy seguimos sin poder dominarlo por completo cuando muestra su furia y decide volverse incontrolable, y alguno de los mitos que más me gustan tiene como argumento su consecución por los humanos.
Lo consiguiesen de un modo u otro, lo cierto es que fue uno de los hechos significativos en nuestra historia. En palabras de Eudald Carbonell:
«El fuego tuvo un impacto brutal. El fuego cambió para siempre las sociedades humanas. Cambió la alimentación, cambió el modo de protegerse del frÃo, cambió el modo de comunicarse entre los miembros del grupo, cambió la demografÃa… Lo cambió todo. Fue un progreso fundamental porque permitió otros progresos que a su vez abrieron la vÃa a otros progresos. Fue el punto de origen de una reacción en cadena que ha llevado hasta nosotros.»
Creo yo que todo esto justifica más o menos mi fascinación por el fuego; bien, no hago estas reflexiones cada vez que enciendo una vela, no estoy tan loca, es sólo que busco coartadas para mis «vicios». Claro que como ya hemos quedado en que mis delitos terminaron cuando era pequeña, en lugar de convertirme en una pirómana, me he convertido en una especie adoradora de las velas y de las chimeneas.
Vi una vez un reportaje sobre una cadena que emitÃa constantemente la imagen de una chimenea ardiendo, y por lo visto tenÃa gran éxito en Japón; conmigo no tendrÃa el mismo, porque del fuego me gustan otras cosas, aparte de verlo.
Del fuego me gusta también notar su calor, ningún otro es igual que el del fuego directo, tan inmediato y tan abrasador; me encanta ser iluminada sólo por él, nada más la luz de las llamas en la habitación, que hacen esos juegos de dorados y sombras tan favorecedores sobre la piel; me tranquiliza escuchar su crepitar y, sobre todo, me gusta el olor, especialmente cuando se queman sarmientos o piñas.
A veces pienso que gracias a Dios no tengo una chimenea a mano, si la tuviese, serÃa como Iluminada, la protagonista de «Amor dañino o la vÃctima de sus virtudes», una comedia de Alonso Millán, o drama rural de humor que es como lo llamó el autor, en el que ella, para calmarse, se pasa el primer acto encendiendo la chimenea, despreciando el calor de agosto.
Estoy pensando (otra vez, va a terminar convirtiéndose en costumbre) que si lo que de verdad me gustase fuese el fuego en sÃ, me quedarÃa flipada mirando los quemadores de las cocinas de butano, y no es el caso; tanta reflexión y ahora me toca empezar de nuevo. Bueno, ahora no, otro dÃa mejor.









