Todos menos yo

Domingo 20 de febrero de 2005. 16:10 horas. 9º de temperatura y viento racheado, pero dudo que de levante. DÃa despejado (vamos, que hay sol). Los pajaritos no cantan porque se están pegando un atracón con las migas que el vecino guarro pero no identificado tira a la calle, sospecho que no tanto por alimentar a las aves poseÃdo por una especie de conciencia ecologista como por evitarse el barrer la cocina o el comedor, el muy cochino; comparten adoquines varias palomas y un par de pajaros pequeños y grises de esos que hay siempre en las ciudades.
Vestida de joven (no empecemos con las risitas) urbana y concienciada (pero no tanto, por favor, a ver si ahora me vais a imaginar hecha un adefesio; digamos que concienciada pero no daltónica, y limpita) me dirijo a mi colegio electoral para votar. Mientras voy caminando, pienso que es una pena habérmela leÃdo, porque de no haberlo hecho podrÃa votar que sà aplicando la «doctrina Morancos»; debe de ser tan bonito votar con fe, una especie de liturgia, incluso, o quizá venga a ser como rematar una fiesta (la de la democracia, of course) en orgÃa, el colmo.
A la puerta un perro de esos tobilleros, atado con su correa a la verja, aúlla lastimosamente esperando que su dueño termine con el trámite. Entro en el recinto, voy a la mesa que me toca y sin esperar, porque no hay nadie y la fiesta parece que se está quedando en guateque, doy mi carnet de conducir (porque no quiero jorobar más a la pobre gente de la mesa obligándoles a mirar la foto del D.N.I., bastante tienen con pasarse el domingo asÃ); me buscan con dificultad en la lista, porque el abecedario se ve que lo aprendemos y luego no lo usamos mucho, y la señora (no demasiado mayor) encargada de anotar mi nombre tarda cinco minutos en hacerlo, pero al menos no comenta nada sobre su anormal extensión (la del nombre, no la de la señora, que está sentada y muy gorda no parece), lo cual constituye un hecho inédito en mi vida de votante. Aunque no puedo dejar de pensar que conmigo nunca dicen el nombre en voz alta y luego pronuncian «vota» engolando la voz. Con la PrincesadelGuisante no, y con la Princesa de Asturias sÃ. La vida es desigual y me siento discriminada.
Salgo y una vez más se frustran mis expectativas de formar parte de un sondeo, no me sondean jamás, nunca me han preguntado si voy a votar, si he votado, o qué he votado, no soy ni audiencia para los medios (tampoco me preguntan jamás que veo, escucho o leo) ni electora para las encuestas preelectorales, ni dato para los sondeos a pie de urna; pese a que hoy llevo la cara de simpática puesta por si veo algún abnegado entrevistador, nadie está preguntando nada, no aparece ninguno con su carpetita dispuesto a preguntarme, asà que aprovecho para tomar un café con la MadredelaPrincesadelGuisante y el HermanodelaPrincesadelGuisante en la ciudad adormilada.
Llega la noche y descubro que además de no servir para posar en el Vogue, soy peor en matemáticas de lo que yo creÃa, porque esa simpática señora que ocupa la vicepresidencia de cuota dice, mientras parece que intenta detener la huida de sus huesos, que el 76,73% de los españoles ha dicho que sà al texto; luego veo asombrada como lo repiten algunos medios… y yo pensaba que eso, que son los sÃes en efecto, venÃa a representar como un 32% del electorado llamado a votar; o sea, que si me hubiese tocado decirlo a mÃ, hubiese dicho, suponiendo que quisiera meterme en semejante berenjenal, que la Constitución Europea era aceptada por casi el 32% de los españoles, y rechazada por el 7%, pero claro, yo soy de letras y sólo sé manejarme a base de reglas de tres. Porque si pensamos en los electores, casi el 58% no ha ido a votar, y digo yo que ese 58% son españoles con derecho a voto también, pero no han dicho ni sÃ, ni no, ni todo lo contrario.
Aunque también he hecho una obra de caridad, porque he visto a Llamazares tan feliz atribuyéndose el miserable porcentaje de los que hemos dicho que no, que para qué sacarle de su error explicándole que a veces puede coincidir el voto pero en absoluto el planteamiento; lo que no sé es la celebración que va a montar este muchacho el dÃa en el que por fin no tengan representación en el parlamento, ese dÃa tira la casa por la ventana celebrando la victoria definitiva.
En realidad, como he ido a votar, pueden contarme entre los suyos Zapatero, Rajoy, y alguno más; como he votado que no, Llamazares y los payasos marginales que mandan en Cataluña; incluso los protoasesinos del PaÃs Vasco. Entiendo que a los polÃticos les gusten tanto las elecciones y los referendos, aunque sean una pantomima no vinculante, porque una vez más han ganado todos. Menos yo, que con mi famoso ojo clÃnico ni siquiera me aproximé a los resultados en la porra que propuso el Camarada Bakunin.









