A mí los gatos me son particularmente antipáticos, y no ya porque los clasifique en mascotas de solterona, que no lo hago al menos de forma consciente, aunque en una obra de Alfonso Paso (por cierto, no lo citéis nunca si tenéis una cierta imagen que mantener) basada en el cuento de la ratita presumida pero situada en una colonia burguesa del Madrid de los años 60, si no recuerdo mal, y con una solterona a la caza de marido como protagonista, su insufrible madre para remarcar lo irremediable del estado civil de Laura, le recomienda que se compre un gato y no le dé más vueltas; no es por esto, digo; es que les tengo manía desde que, cuando era pequeña, se me quedaban mirando fijamente, y yo a ellos, porque nunca he despreciado un reto aunque sea algo tan idiota como mantenerle la mirada a un gato. Claro que los gatos que entonces miraba al menos cumplían la función de mantener una vieja casa sin ratas ni ratones, porque la cercanía del Campo Grande hacía que de vez en cuando pudiesen aparecer por ahí sin ser invitados. Afortunadamente nunca vi ninguno, que luego me enteré que los gatos no «comen» ratones, los «cazan» y juegan con ellos, y me hubiese muerto de asco.
Así como me encantan los perros grandes, aunque no tenga uno, me disgustan profundamente los gatos, y mira que lo siento, porque para mí tengo que un gato soluciona mucho y tendría que formar parte del kit de bloguero, así el día que te levantas menos expansiva puedes hablar de las últimas monerías del bicho, o si te sientes solidaria, puedes comentar como lo recogiste y lo salvaste, y en caso de ser cooperadora o compasiva, pues de la última visita al hogar del gato abandonado.
Yo creo que la gente con gato (se entiende, con gato y que no para de hablar del gato) parece más sensible que el resto, y posiblemente más dulce de lo que en realidad es. Y eso es una suerte.