Entradas archivadas en Marzo dEurope/Berlin 2005

Miércoles, 30 de Marzo de 2005


Hace algún tiempo que algunos amigos (acompañados de los inevitables oportunistas) de Vicente Aleixandre se han movilizado para evitar que su casa deje de ser la casa en la que habitó el Poeta para convertirse en cualquier otra cosa.
Sentimos una fascinación extraña, yo también, por los lugares, como si el ingenio y la sabiduría impresionase los muros, como si el espíritu de los que los habitaron estuviera todavía allí, como si pudiésemos recobrar por entrar en esa casa la voz de Lorca leyendo o distinguir la silueta de Aleixandre escribiendo, porque el debate está centrado en el destino del inmueble.
Aleixandre puede ser el poeta que más me gusta, pero no tengo claro que yo quiera que se conserve su casa a cualquier precio. A fin de cuentas, ¿debe cualquiera de las Administraciones del Estado (estatal, autonómica o local) pagar a precio de mercado un edificio, por ilustre que fuera su habitante? Y considerando la alternativa ¿sería justo reducir el único patrimonio duradero de sus herederos (puesto que los derechos de autor no lo son) estableciendo alguna carga sobre el inmueble como una declaración de bien de interés?
Si hubiese que elegir, yo preferiría que ese dinero se destinase a dar a conocer la obra de Vicente Aleixandre, y de otros tantos, aunque siempre partiendo de la utópica idea de que ninguna Administración despilfarra recursos.

Se querían
Se querían.
Sufrían por la luz, labios azules en la madrugada,
labios saliendo de la noche dura,
labios partidos, sangre, ¿sangre dónde?
Se querían en un lecho navío, mitad noche, mitad luz.

Se querían como las flores a las espinas hondas,
a esa amorosa gema del amarillo nuevo,
cuando los rostros giran melancólicamente,
giralunas que brillan recibiendo aquel beso.

Se querían de noche, cuando los perros hondos
laten bajo la tierra y los valles se estiran
como lomos arcaicos que se sienten repasados:
caricia, seda, mano, luna que llega y toca.

Se querían de amor entre la madrugada,
entre las duras piedras cerradas de la noche,
duras como los cuerpos helados por las horas,
duras como los besos de diente a diente solo.

Se querían de día, playa que va creciendo,
ondas que por los pies acarician los muslos,
cuerpos que se levantan de la tierra y flotando…
Se querían de día, sobre el mar, bajo el cielo.

Mediodía perfecto, se querían tan íntimos,
mar altísimo y joven, intimidad extensa,
soledad de lo vivo, horizontes remotos
ligados como cuerpos en soledad cantando.

Amando. Se querían como la luna lúcida,
como ese mar redondo que se aplica a ese rostro,
dulce eclipse de agua, mejilla oscurecida,
donde los peces rojos van y vienen sin música.

Día, noche, ponientes, madrugadas, espacios,
ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas,
mar o tierra, navío, lecho, pluma, cristal,
metal, música, labio, silencio, vegetal,
mundo, quietud, su forma. Se querían, sabedlo.

(La destrucción o el amor, 1935)

Martes, 29 de Marzo de 2005


La obra de Graham Greene, que leí en versión de Pemán, supuso para mí contemplar el adulterio, no diré que con una luz nueva porque a la edad en que la leí supongo que ninguna luz había alumbrado para mí semejante cuestión; el adulterio ni me preocupaba, como no me preocupaba el matrimonio, que era una cosa de padres, a la que hubiese supuesto que todo el mundo llegaba, como se llega sin remedio a la edad adulta, de haberme parado entonces a pensar en esa cuestión.
Como conocí al amante complaciente antes que a los defensores de la honra a palos del siglo de oro español, siempre he pensado desde entonces, como Greene, que la postura desairada es la de quien somete su pasión a los horarios y ocupaciones de alguien ajeno a la pareja, lo sepa el tercero en discordia o no. Bueno, para desairada, la postura de ella en «Vivamos un sueño», de Sacha Guitry, pero esa es otra historia. Hace falta mucho deseo para acomodarse a las horas breves y robadas, y mucho amor si es durante mucho tiempo. Pero claro, en la obra de Greene el telón caía justo cuando se establecían las bases del triángulo, con el marido y el amante resignados a compartir a Mary mientras ninguno de los dos ganase la partida, es decir, consiguiese tenerla a tiempo completo, pero mucho más resignado a mi juicio el amante, que no contaba con hijos ni con rutinas para retenerla.

MARY._ No quiero elegir. No quiero dejaros a ti y a los chicos.
VÍCTOR._ No digas eso. Esas cosas no se dicen. Pasan. Pero no se dicen. Yo no te pongo condiciones. Pero esto sin palabras. Lo malo son las palabras… Sé que me llamarán, con burla, un marido complaciente.
MARY._ ¿Y él?
VÍCTOR._ Él tiene que ser también complaciente. Eso no se lo afearán con burla. Porque así es nuestro mundo. No ven que el tercero cede mucho más. Porque yo me quedo con la mejor parte: la casa, los hijos, la vejez, la tristeza. Vosotros hablaréis de vida. «Toda la vida», «mi vida entera»… Pero algún día veréis que la vida es eso que se quedó de este lado mío, gracias a un dentista simple y un poco ridículo.
Cuadro Segundo del Acto Segundo

Siempre me ha parecido que la situación de Carlos y Camila fue esa al principio, un adulterio consentido por el marido, y que hubiesen podido seguir así eternamente, pero se les ocurrió llegar a la perfección buscando una bobita (lo siento, nunca sentí el hechizo ladyDi) para cuadrar el triángulo, y terminaron expuestos al juicio del público, con lo mal que se llevan los cuernos, consentidos o no, ante el mundo. Resulta que ahora esa pareja de maduros fogosos que forman Carlos y Camila tiene un requisito más para contraer matrimonio el mes que viene: él tiene que pedir perdón al exmarido de ella por el adulterio continuado, y ese sí que es un desenlace imprevisto, nunca hubiese imaginado yo al amante complaciente disculpándose con el marido.
Luego dirán que la monarquía no se acerca al pueblo, si está ya instalada en la burguesía más tradicional… Un adulterio decente, que lo hubiera llamado Jardiel.

Lunes, 28 de Marzo de 2005

Hace algún tiempo decidí lanzarme sin complejos a predicar el buen gusto (el mío, reitero, ya he dicho que sin complejos), a difundir el estilo desde la bitácora, oye, que cada uno la tiene para lo que quiere. En realidad sospecho que es porque después de durante algún tiempo haber querido ser la que gateaba por la barra del bar enfundada en el vestido rojo (sin emborracharse previamente, que es lo que tiene mérito), pasé a desear ser la comentarista de estilo de alguno de esos programas en los que la presentadora sale en la cabecera mostrando diversos perfiles a cámara lenta, con un culto a la personalidad que ya querría para sí cualquier totalitarista de los que aún quedan.
Para comentar la moda no creo yo que sirviese, porque mi natural sobriedad me impide la exuberancia de adjetivos necesaria para convertir el vestido de una modista en la creación de una diseñadora, eso es un trabajo que requiere más imaginación, y encima en esos programas suelen preferir que lo haga alguien calvo y gay como el propio diseñador tipo, lo cual no deja de ser una paradoja, que el dictado de la moda lo hagan unos señores a los que las señoras no les gustan, o sólo les gustan cuando se parecen sospechosamente a un efebo de la Costa Azul, así vamos, que no nos limamos las caderas de milagro (de milagro, y porque tiene pinta de doler).
Descartado entonces que yo pueda sin padecer construir fluidamente frases del tipo «el drama y la fiesta se fusionan para hacer rozar los tobillos o descubrir las rodillas» si lo que quiero decir es que Fulano ha presentado faldas cortas y largas, y viéndome incapaz de llamar «columna de raso negro» a un vestido, por mucho que lo firme Lagerfeld, pensaba que lo natural tendría que ser aspirar a informar a las habitantes de Orejilla del Sordete (y que no se ofenda nadie de Orejilla del Sordete, lo pongo a título de ejemplo) de lo ideal que es recorrer la rue Rivoli, la rue Cambon, la place Vendòme, viajar a cuenta del programa para ofrecerme como conejillo de indias en todo tipo de masajes y tratamientos, recomendar la mejor maison de beauté y el mejor balneario, en fin, ese tipo de cosas.
Yo sospechaba que había que empezar por lo básico, así que ya me dediqué en su momento a los calcetines y a los mondadientes, pero no sabía que había que ir más allá, no lo he descubierto hasta el viernes, justo cuando volvía toda pía de ver el pregón para el Sermón de las Siete Palabras (otro día lo cuento, que en Valladolid también tenemos Semana Santa, aunque en la tele no lo sepan o lo sepan poco).
Regresaba a casa, en medio del silencio de la ciudad, la mitad de los habitantes y todos los turistas en la Plaza Mayor, asistiendo al Sermón o rondando cerca, y la otra mitad con el ritmo cansino de los días de fiesta, sin haber salido aún de su casa, cuando al acercarnos a una callecita estrecha, ya muy cerquita de mi portal, escuchamos un ruido sospechoso: «crick, crick, crik». Al entrar en la calle, el ruido cesó, y no había nadie más que un hombre de cuarenta y tantos años en el balcón del primer piso, por discreción tampoco miramos mucho. Pero justo cuando le rebasamos, volvimos a sentir el ruidito «crick, crick, crick», y claro, nos dimos la vuelta para mirar al único ser vivo que había en ese momento allí, aparte de nosotros. Todavía tiemblo al recordar lo que vi. El sujeto estaba ¡¡¡cortándose las uñas!!! con un cortauñas, claro, en el balcón, asomaba los deditos, y los despojos caían directamente sobre la acera. Aunque volvíamos con la cámara de fotos, nos dio hasta apuro sacarla, y además, el hombre estaba en un primero, si apunta bien nos da con una uña en el ojo, así que no hay fotos, para suerte vuestra.
Para que no queden dudas por si el vecino lo lee: las uñas se las corta uno a solas, como mucho puede usar el pulidor para abrillantarlas delante de alguien de confianza con quien se vea obligado a vivir.
Sí, sí, podía haber sido peor, podían haber sido las uñas de los pies, o que hubiese cogido a su pareja en lugar de un cortauñas y que la pareja se las fuese cortando a mordiscos, no sé, si me pongo a imaginar, seguro que doy con cosas más asquerosas, pero de lo que yo he visto en mi vida, eso es lo más guarro sin duda alguna.
Porque lo de mear desde el trampolín, la verdad es que no lo he visto.

Jueves, 24 de Marzo de 2005

Como poco a poco me voy desnudando, os estaréis dando cuenta a nada observadores que seáis de las muchas carencias que me adornan, y ya puesta, hoy voy a confesar otra: no sé utilizar una olla exprés.

Bueno, diréis, eso se soluciona leyendo unas instrucciones. Pues sí, pero como todo en la vida, hay un motivo para que la olla exprés sea una desconocida para mí.
Retrocedamos en el tiempo, hasta un Jueves Santo (día del Amor Fraterno) de hace muchos años; respetando la vigilia, la MadredelaPrincesadelGuisante hacía algo por la cocina mientras el potaje tradicional seguía su proceso en una olla, con sus garbanzos, sus espinacas, sus castañas pilongas… No sé qué hacíamos el resto, supongo que cada uno se entretenía como podía porque tampoco la Semana Santa era una verbena, cuando sentimos una explosión, fuimos corriendo a ver qué había pasado y encontramos que la olla se había rebelado de la forma más aparatosa posible. Nadie sabe lo que cunde un potaje para cinco cuando se reparte por las paredes, es impresionante, aquellas espinacas colgando de la lámpara, de los armarios, y esencialmente de la MadredelaPrincesadelGuisante que parecía exactamente un sauce llorón, los garbanzos en el paso inmediatamente anterior a un puré, por todos los rincones…
Afortunadamente, lo único que rompió la tapadera de la olla al salir despedida fue una baldosa, pero desde entonces, es un utensilio proscrito en nuestras casas, por lo que jamás he aprendido a manejarlo. Seguimos comiendo cocidos, potajes, alubias (no mucho, es verdad, pero sí de vez en cuando), aunque elaborados al modo tradicional, es decir, cociendo lentamente, sin estresarlos.
De todas formas, este Jueves Santo no hay potaje, ya lo habrá mañana, porque hoy, en plan reina de la casa, elijo yo la comida, que para eso celebramos que en esta fecha, hace muuuuchos años, nací, y el potaje no pega mucho con el champagne (entonces yo creo que no había ni cava, y si lo había, no se bebía) al que me aficionaron desde muy temprano, ni siquiera en plan fusión nouvelle cuisine.
Como no hay foto aún de la celebración de este año, pongo una un poquito anterior, no es que os vaya a servir mucho para saber como soy, pero sí para saber como fui.

Miércoles, 23 de Marzo de 2005

la senda es peligrosa…

Yo espero vacaciones tras vacaciones que la DGT adopte esta bonita canción como fondo de su campaña, pero nada, prefieren cosas más modernas y luego dejan suelto al director general para que dé un titular:

«Ahora, cuando un conductor vea que se le ordena parar desde uno de estos coches pensará: la he cagado», dijo el director general de Tráfico, Pere Navarro.

Alguno dirá: pues es verdad que pensamos eso si la guardia civil nos da el alto tras cometer una infracción. Vale. Seguramente. Pero ¿por qué ese empeño en decir todo lo que pasa por nuestra mente? ¿Acaso no decimos «voy al cuarto de baño» cuando vamos a cumplir alguna necesidad básica? ¿tenemos acaso que informar a quien comparte casa o un café con nosotros de lo que vamos a hacer allí?

Supongo que el origen del asunto tiene que ver con la cantidad de niños y ancianitos que un político tiene que besar en campaña, que uno está tan tranquilo y de repente llega un militante y le pone una criatura encima, pasándosela por el traje como los devotos pasan a sus hijos por el manto de una Virgen. Eso tiene que marcar.

No sé si siempre ha sido así, porque yo no recuerdo los modos de la democracia orgánica, y ya todos los políticos que he conocido son estos de la democracia sin adjetivo (afortunadamente, porque a la democracia los adjetivos le sientan tan mal que la desnaturalizan por completo). La verdad es que cuando una lee los diarios de sesiones de principios del siglo pasado, hasta las amenazas de muerte a la oposición estaban mejor formuladas, con un lenguaje más cuidado. Ojo, que no estoy prefiriendo una barbaridad bien dicha a una ordinariez sobre cualquier cosa, no es lo uno o lo otro, digo yo que también se podrá trabajar para los ciudadanos, o por Dios, la Patria y el Rey si es que queda alguno, cuidando el lenguaje y no suponiendo que lo único que entendemos todos es el lenguaje de cantina (y cantina de cuartel, que debe de ser más, por tradición). Pero es que se empieza mutilando la «de» de los participios (cuidao, votao, estropeao, aunque igual eso es hecho diferencial de algún lugar), y se termina diciendo «la he cagao». Manda güevos.


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