Deber de caballeros, cortesÃa de reyes…

Nunca he llegado a entender por qué existe gente que a la hora de fijar una cita tiene siempre que disponer de un arco de media hora; comprendo que cuando uno está trabajando, y queda después del trabajo o de alguna otra obligación ineludible, el que espera sea flexible y vaya mentalizado del posible retraso, pero de ninguna manera puedo entenderlo cuando se va a salir a cenar un sábado con alguien, que habrá tenido horas para arreglarse y llegar puntual. Quedar con ese margen supone bendecir la impuntualidad. Porque al final, todo se reduce a eso, mucha gente es impuntual, y siempre tiene una excusa que cree buena para que disculpes el plantón previo a la cena o a las copas.
En mi ciudad la excusa suele ser el aparcamiento. El caso es que todo el mundo vive a «diez minutos» del centro, es una peculiaridad que tenemos; da igual que te lo diga alguien que vive en Santa Clara, que quien vive en Parquesol rozando Zaratán, que yo no sé como no promocionan el Nuevo estadio como el más céntrico del mundo (el más frÃo ya se sabe), o quien vive en realidad a diez minutos del Archivo de Simancas (no sé yo si es buena idea mencionar que hay un Archivo en Simancas, seguro que a alguien le apetece algún legajo).
Bueno, pues todo el mundo vive a diez minutos del centro, pero aún asÃ, todo el mundo se empeña en sacar el coche por la noche y dar vueltas y vueltas por calles que no fueron trazadas para los vehÃculos intentando encontrar un hueco que no existe, asà que el retraso se va acumulando: primero, porque no tardan diez minutos sino más en llegar cerca del lugar de la cita debido a su fantasiosa medida de las distancias y del tiempo; segundo, porque con el coche todavÃa no dejan entrar en los bares y además no cabrÃan.
Aún asÃ, cuando la pareja de pánfilos aparece una hora (UNA HORA) más tarde de lo acordado, les extraña que se me haya torcido la cara más que a Rosy de Palma y esté deseando comportarme como la Reina de Corazones.









