Palillos

Ya he dicho muchas veces que agradezco a la civilización el invento de los diversos utensilios que sirven para comer sin que las manos toquen los alimentos, porque si algo llevo mal es la molesta sensación de tener los tres dedos pringosos durante una comida; no me parece mal que otros lo hagan, que el prójimo tenga sus dedos, incluso su codo, pringosos, no me afecta si no se empeña en tocarme; aunque curiosamente lo que suele parecer peor ahora es no usar las manos, siempre hay uno en la mesa que tras quitarse la chaqueta y desabrocharse la corbata insta a todos a hacer lo mismo, y a comer con los dedos, como si no hacerlo imposibilitase disfrutar de una comida. A ver si nos entendemos, no es que tapeando en una barra vayas a pedir pala de pescado para las gambas, ahà uno asume las cáscaras en el suelo, los dedos pringosos, las servilletas de papel, el equilibrio con el bolso y el abrigo… me refiero a comer sentado y de la manera más cómoda posible.
Bueno, pues agradezco el tenedor, la cuchara, el cuchillo, la pala de pescado, casi todo lo que se pone en una mesa, excepto los palillos o mondadientes, que sólo con este último nombre tan gráfico ya justifican una prohibición absoluta y una condena eterna. Pero de malo no tienen sólo el nombre, es que además hay quien considera, inducido por el nombre, seguro, que su función es otorgarnos un bonito espectáculo tras la comida, consistente en ver cómo alguien se limpia en público su dentadura.
Y puede que llegue incluso el dÃa en que una de esas parejas cooperantes tan próximas a los monos y que tanto se ven por las playas lo haga a dúo, quitándole ella (en estos casos ella es el sujeto activo, de forma casi invariable) los trocitos de carne incrustados entre los dientes de él (vulgo «paluegos»), igual que le extirpa las espinillas y puntos negros en verano.
Dudaba si escribir esto, porque claro, igual existe sin que yo lo sepa el movimiento de los amigos del mondadientes, pero tenÃa que decirlo.
Asà no:

Asà sÃ:










